
Evangelizar liberadoramente I
Camilo Torres fue sociólogo, profesor de la materia en la Universidad, sacerdote y buen pastor. Ates de enrolarse en la guerrilla, estdió, oró, consultó, evaluó, probó mil recursos de opinión pública, de movilización, de organización popular, colaborando incluso en programas oficiales de educación, de corporativismo y de reforma agraria. La guerrilla y la muerte fueron el desenlace lógico de un caminar con ilusiones y yerros posiblemente, pero, a mi modo de ver, heroicamente honesto...
Sociólogo colombiano y hombre de Iglesia, Camilo hizo un amplio y severo diagnóstico de la sociedad y de la Iglesia de Colombia, de la jerarquía, del clero colombiano, ajeno, según él, a las exigencias de la justicia social. Lo que le mereció amarga réplica, venganza póstuma, del más conceptuado clero de la Colombia catolicísima. De las "25 familias millonarias", la oligarquía colombiana, que ya se transformó en vértebra y novela del país, y que nunca podría perdonar la traición de clase de un Estrepo, hijo de la burguesía bogotana.
Del diagnóstico, seriamente fundado en estudios, en contactos con la realidad, en perseverante trabajo de organización popular, surgió la decisión de Camilo. Había de romper, "abandonar nuestro sistema de vida burguesa", para estar "con los pobres y como pobres", "confiar en los valores del pueblo". Hacer la revolución. Porque "todo reformismo tibio será sobrepasado" y "solamente mediante la revolución se puede realizar el amor al prójimo"...
Su fe se turnó urgencia práctica. Su cristianismo se hizo tarea práctica. Como cristiano, Camilo era un humanista integral, sin dicotomías, un humanista de la persona y de la sociedad. El Hombre se hizo en él pasión, la pasión de su vida. Como entendía que lo había sido en la vida del propio Cristo Jesús; "sin el hombre Cristo sería un redentor inútil". Camilo quería, quiso, "realizar en toda su extensión las aplicaciones, psicológicas, sociológicas e históricas de la encarnación de Dios con todas sus consecuencias".
Para él, siempre sacerdote, el sacerdote ha de ser "un profesional del amor, a tiempo integral". "Descubrí el cristianismo como una vida centrada totalmente en el amor al prójimo; percibí que valía la pena comprometerse en este amor, en esta vida, y por eso escogí el sacerdocio para convertirme en un servidor de la humanidad". Si proclamaba que solamente mediante la revolución era posible realizar ese amor al prójimo", es porque él exigía _generoso, impaciente_, que ese amor fuera "eficaz". "El problema para el cristianismo se presenta en términos de caridad eficaz, o sea, en términos de aquello que constituye la primera prioridad del apostolado en el mundo moderno y de los países subdesarrollados.
Comprendí que en Colombía no se podí realizar este amor simplemente por la beneficiencia, sino que urgía una revolución con la cual este amor estaba muy vinculado". "La revolución, repetía Camilo, es un imperativo cristiano".
Los estudiantes, que Camilo conocía de cerca, con quienes convivió en dialéctica amistad, y todos los impacientes, nuevos o viejos, siempre un poco estudiantes a la hora precisa de actuar, podríamos recoger el consejo que el joven maestro diera solemnemente, en el reciento de la Universidad de Bogotá: "La revolución no se hace tirando piedras a la policía o quemando un carro"..."Es necesario que la convicción revolucionaria del estudiante lo lleve a un compromiso real, hasta las últimas consecuencias".
Y añadía con espíritu de ascética revolucionaria: "la pobreza y la persecución no se han de buscar. Pero en el actual sistema, son las resultantes lógicas de una lucha sin cuartel contra las estructuras vigentes. En el actual sistema son los signos, que autentican una vida revolucionaria".
Todos los que pretenden ser aliados honestos del pueblo; los grupos, fácilmente divididos entre sí, por ese don peculair de las izquierdas que juegan a dividirse para ser vencidas; y cuantos soñamos con una revolución verdaderamente eficaz, deberíamos desear siempre, con Camilo, ser aceptados como "servidores de las mayorías"; trabajar para que la "clase popular se unifique, se organice y decida", no olvidar nunca que la revolución se hace a base de hechos y esos hechos el pueblo es quien lo realiza".
Incluso los militares menores, los soldados, podrán aprender de Camilo, y con qué benéficas consecuencias, para nuestra América drásticamente militarizada, que ellos, paradógicamente, no son más que "campesinos y obreros uniformados", hijos del pueblo a quien dispersan y disparan y prenden o matan...
Los cristianos podemos, debemos recoger de la misa prohibida de Camilo Torres _sacerdote, profeta y mártir_ la antigua y nuva lección que el Señor Jesús dejó en testamento a sus discípulos: amar al prójimo eficazmente, ir, en este amor, hasta el extremo de dar la propia vida.
(EDP, 224)
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Mientras transcribía este texto de la vida de Camilo Torres hecho misa toda ella, que relata Pedro Casaldáliga, sigo un reportaje de TV sobre la venta de riñones de muchos ciudadanos iraníes, para poder sobrevivir a causa del sistema injusto que se ha instalado en el mundo, que está demandando la revolución que Camilo Torres y tantos otros soñaron.
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Qué religión puede ser honestamente confrontada con una revolución social? Dicho de otro modo: la religión, ¿puede ser también revolución? O aún más: ¿puede dejar de ser revolución la Fe cristiana?
Bien entendida esa afilada palabra "Revolución". En Europa, en el tristemente real Primer Mundo _que no debería existir, para que hubiese sólo un mundo, humano, en identidades libres y complementarias_, es muy posible que la palabra "Revolución" espante o desencante. ¡Tanta revoluciones se orientaron dramáticamente hacia la muerte, traicionando la llama y la sangre! Hecha esta concesión histórica, si los patricios europeos todavía me permiten la ingenuidad cristiana, me atrevería a proclamar que la Revolución de la que yo hablo es, nada menos que la conversión de la Sociedad: la transformación radical de las estructuras, que oprimen y subyugan, cuando deberían liberar humanamente e interrelacionar en fraternidad.
La revolución non es un mito, ni el mito quimera; por lo menos no lo es para nosotros, los hijos de la Amerindia. La Revolución no es un mal. Las banderas de la Revolución que nosotros todavía empuñamos ingenuos, utópicos, ¡evangélicos_ caen del lado de la vida y de la esperanza de los Pobres, "los condenados de la Tierra", los preferidos del Padre".
(Del Prólogo a las ediciones estadounidense y alemana del libro de Fray Betto "Fidel y la religión).
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Fundación "La vida para todos"
Ayuda a Africa, Benin
Bagara Yéhbirma Herman
Seminarista teólogo en Santander
Tlf 687332163
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Uno puede desde la comoda silla de su casa evaluar las razones, pero en la Latinoamerica en que vivia Camilo, la guerrillas, se parecian muchos a los guerrilleros gauchos de los movimientos independetistas...peleando con la tirania, era un momento y un lugar de la historia en donde se estaba con el oprimido o con el opresor y si bien, personalmente siempre crei y creo en la lucha desde la acción politico, respeto a un hombre, que pone toda la carne en el asador, por lo que cree...los comodos, que pontifican y se cruzan de brazos...ya los menciona Ap.3,16.- Gabriel
¿Un cura que coje las armas?, vamos, igualito que Jesus.
Solo Casaldaliga podia alabarlo.
Una cosa es intentar hacer eficaz el amor; otra cosa distinta que la vía revolucionaria sea eficaz para realizar el amor. Esto último más bien no es así, como se nota en Colombia (donde el ELN al que perteneció Camilo todavía extorsiona, secuestra y mata) o en el Irán donde se venden riñones, que no es precisamente un país sumergido en el orden mundial, sino una teocracia nacida de otra revolución sangrienta. No hay heroísmo de la voluntad que compense la falta a los deberes de la inteligencia. No se engañe, amigo Margallo, Camilo estaba equivocado aunque fuera un santo.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia