El mito de la serpiente que engañó a Adán y Eva en el paraíso, se ha superado con creces en el el mito real de la quiebra del cuarto banco norteamericano Lehman, que ha hecho temblar a Wal Street con la mayor bancarrota de su historia. Su caída arrastró a las Bolsas europeas, todas en números rojos ayer, excepto Madrid. Es uno de los frutos amargos que produce la Globalización, sobre la que quiero reflexionar detenidamente.
Con esta palabra mágica, muy recurrente, hoy se quiere expresar la internacionalización de los mercados finacieros, la movilidad de empresas y sociedades, la libre circulación de mercancías y la mundialización de la cultura y la información. Un verdadero caos político y social.
Las opiniones entorno a este gigantesco fenómeno son múltiples. Unos la ven como un nuevo horizonte que se ha abierto cargado de promesas. Otros la aceptan sin más como algo irreversible con lo que hay que contar ya. Los más pesimistas, entre los que me encuentro, la vemos como un fenómeno que encierra muchos peligros, por el mecanismo totalitario, impositivo e insolidario que está manifiestando.
En todo caso, no es razonable que los medios de comunicación y otras instancias presenten la globalización ante la opinión pública como algo derivado de la evolución tecnológica o exigido por necesidades económicas, que justifiquen determinadas medidas políticas e ideológicas. Y sería muy lamentable hacer creer que frente a los mercados globalizados se hace imposible toda acción reguladora de tipo financiero o político.
Esa es la opinión de los globalistas más radicales que dicen: "ya no podemos controlar o dirigir las economías nacionales e internacionales hacia objetivos socialmente deseables" ..., con el argumento moral de que la libre competencia maximiza idealmente el bienestar de todos. Frente a la evidencia contraria de los hechos se afirma que con una globalización abandonada a sí misma se sirve mejor al bien común global que con otra regulada democráticamente, y que por eso aquella es preferible moralmente a esta.
Hemos de saber todos que los conceptos predominantes de una época son ordinariamente los de aquellos que dominan en ella. Por lo que un pensamiento razonable, que debe ser crítico, ha de cuestionar esos conceptos. Y este es el primer paso a dar para abrir horizontes que posibiliten la solidaridad que se oponga a los que condenan hoy día a la miseria y la exclusión social a muchos seres humanos.
La paradoja de un sistema que todo lo engloba e integra en su marcha, exluyendo al mismo tiempo, económica, política y culturalmente, a buena parte de la población mundial, desenmascara por sí misma el carácter ideológico e injusto que encierra la globalización. De ahí que muchos movimientos cristianos y ONGs de solidaridad se hayan alzado contra ella en defensa de los países excluidos (Foro Ignacio Ellacuría). Nosotros por coherencia cristiana estamos llamados a adherirnos o apoyar, al menos, a estos movimientos, porque el Evangelio está al lado de los pobres. Lamentablemente muchas veces los criticamos, porque ponen al descubierto nuestra irresponsabilidad.
En definitiva, la globalización es un fenómeno fundamentalmente económico. Un proceso complejo y oscuro, que trata de internacionalizar el capital, buscando espacios económicos sin barreras, apoyado en el libre comercio, la competencia y el soporte científico-tecnológico (Petralla). Las transnacionales son la forma organizativa de este tardo-capitalismo, que se desarrolla a partir de la Segunda Guerra Mundial en Europa, Estados Unidos y Japón (Albarracín. Actualmente se hallan en fuerte proceso de concentración, cuyas consecuencias sufren los trabajadores con despidos masivos.
No obstante, hay que reconocer que la globalización aporta algún que otro beneficio a la humanidad, porque no hay nada absolutamente malo ni absolutamente bueno. Como ejemplo de estos beneficios se suele presentar, aquí en nuestro país, el caso de un obrero que, sepultado bajo los escombros de un edificio que se desplomó, quedó con vida y se salvó gracias al teléfono móvil que le permitió comunicarse con el exterior. Pero la globalización no será lo que dice ser hasta que sus beneficios lleguen también a los países en vía de desarrollo. Tiene, pues, un buen trecho que recorrer y entre todos hemos de hacer lo posible para que esto sea real pronto.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia