Domingo
07.09.08 @ 10:00:47. Archivado en Evangelización

Evangelizar liberadoramente I
Violencia-Noviolencia
No acabo de saber cómo pronunciarme respecto a la Violencia-Noviolencia. Confieso que no me gustaría hablar ni de Violencia ni de Noviolencia. Me gustaría más que se hablase de, como programa, de Justici, de Libertad, de Amor. Y que cuando se hablase de Violencia o Noviolencia, se fulminase primero la Violencia mayor que está ahí, institucionalizada, oficialmente justificada, diplomáticamente tolerada y dialogada, y provocando, por reacción tantas otras violencias bien menores. Eso de la "espiral de la violencia" de que habla el querido Dom Hélder.
Me gustaría que no se “violentase” ni el pétalo de una flor. Soy alérgico a la violencia , por temperamento y por Fe. Creo en el Amor universal de Dios, Padre de todos los hombres; creo en el Mandamiento Nuevo de Jesús, creo en el perdón de los enemigos y, por eso mismo, en el Amor de todos a todos y en el Amor fraterno que merece cada hombre singular. Y puedo asegurar que esta Fe en la Caridad me viene costando mucho sufrimiento.
Pienso que nunca he “odiado” a nadie; nunca me he alegrado de la muerte de nadie; nunca he deseado “mal” a nadie. He deseado, eso sí, más de una vez que fracasen ciertas empresas o planes o gobiernos o poderes. Y lo deseo. Y muchas veces he sentido una desolada ira. El 29 de octubre de 1969, escribía en el Diario:
“Estoy acumulando una cantidad infinita de desprecio, de ira contra esa política explotadora, autocéfala…Si no sé hacerlo no puedo, si no logro hablar, si no consigo hacer de mi vida un testimonio, dame, Señor, por lo menos la gracia “mínima” de libertar a alguien con mi muerte…”
Uno tiene, entre otras, esta pasión de la ira. Pienso que ella puede ser incluso un exasperado “sacramento” de mi amor al prójimo. Modestia de mi ira aparte, las iras de los Profetas , la ira de Jesús , fueron a su tiempo y a su modo un sacramento del celo de la gloria de Dios y de la dignidad del hombre que a ellos les abrasaba.
Reconozco que cierta ira pueda ser tanto fruto del hígado o del cansancio como expresión de la impotencia social de resolver las tragedias que estallan a los ojos de uno, o reacción ante la pasividad y la “independiente” coexistencia de los grandes y las instituciones.
De todos modos, no sé muy bien qué decir, en la praxis, para quien sufre la opresión en su carne y en su causa:
“Estoy pensando –repensando- estos días en la actitud de lucha social que sería verdaderamente cristiana y, por lo mismo, realista y veraz. No digo “eficiente”, en términos de eficacia técnica o lucrativa (o inmediatista ). Sé que es una lucha en el tiempo y para la escatología. Sigo pensando que la “violencia” y la “no-violencia” son expresiones desencarnadas, la Justicia y el Amor definen más plenamente la verdadera actitud cristiana de una vida comprometida en la renovación del mundo.
Hablar de “no-violencia” siempre se parece un poco a hablar de “no-guerra” con relación a la paz. Se dice “no-violencia” con relación a la “violencia”. Se debería decir “justicia” y “medios justos” . ¿Cuáles? ¿Cuándo? ¿En qué medida? Este es el problema de conciencia de cada hora y de cada individuo. Lo cual no significa que no pueda ser también doctrina general, criterios básicos de la Iglesia.
Tal vez falta revisar y definir mejor la moral de la legítima defensa. Yo sé muy bien a qué atenerme si se trata de mi defensa personal. Morir es una fácil solución, quiero decir que es clara para ser asumida personalmente. Ya es menos clara para ser impuesta o pedida a un padre de familia o a un pueblo. ¿Habrá de pensarse en ”martirios” colectivos? No sé…Los teólogos han de meditar mucho todavía acerca de la “Teología de la Revolución” (y la “No-violencia”). Y los “violentos” y los “no-violentos” y los “ni-una-cosa-ni-otra” hemos de dialogar mucho todavía.
“Si quieres la Paz trabaja por la Justicia”. Esta, en todo caso, es una fórmula válida”. (Diario, 7 de junio de 1972).
Lamento la existencia de las guerrillas, admito la ¿utópica? generosidad de muchos guerrilleros, pero, sobre todo, condeno inexorablemente las causas que provocan la guerrilla. Y, en principio, me parece más digno un guerrillero que un dictador.
Dios sabe cuánto he buscado la paz:
“La Paz pedida siempre.
La Paz nunca lograda.
La extraña Paz divina que me lleva
Como un barco crujiente y jubiloso.
La Paz que doy, sangrándome de ella,
Como una densa leche…”
Y, sin embargo, he escrito también, en estos días de conflictos (de injusticia, de persecución y de represión), que el propio nombre de la Paz me sabía a inercia, a complicidad interesada, a angelismo. De hecho, con demasiada frecuencia la paz es sinónimo del Orden establecido, cuando solamente la Justicia es el nombre antiguo y nuevo de la Paz. “Paz, paz, paz, y no hay paz”, dice el Señor, porque no hay Justicia.
¿Puede alguien ser binaventurado por buscar la Paz, si no la busca con una abrasada sed de Justicia? Ya sé que Cristo habla de aquella Justicia que es la Gloria del Dios vivo,¡pero que es también la gloria del hombre vivo!; como que habla del Primer Mandamiento,¡que es también el Segundo! Sé que "nadir puede hablar de Justicia si no es él mismo justo": ¿podría hablar de Paz aquel que no se desvive por constituirla en la Justicia?
Creo que "El es nuestra Paz". Y al El me atengo en última instancia, mientras en primera instancia me ensucio las manos y me enturbio y agito el corazón en el barro y en el llanto de la cotidiana lucha por la Justicia de tantos hermanos. "Lucha y contemplación" es el tema de ese Concilio de los jóvenes que se abrió, un agosto, al socaire de Taizé. Felipe, un muchacho de 22 años que vive entre los gitanos de Grenoble, lo comentaba así: "La lucha es un medio. El fin es el encuentro con Dios, pero ese encuentro es imposible sin la Justicia".
"Para los comunistas, dice Ernesto Cardenal, en el prólogo amazónico con que se ha dignado honrar mis poemas últimos, Dios no existe, sino la Justicia. Para los cristianos, Dios no existe sin la Justicia".
Pedro Casaldáliga
Al acecho del Reino.
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