Cap IV (Continuación
Dualidad de la vida humana
Lo más significativo de cuanto venimos diciendo es que la estructura de la vida cristiana no reviste ya la rigurosidad antigua de estar en la pura fe cristiana.
Por vez primera se advierte que el hombre europeo viene del cristianismo en lugar de estar en él. Este hombre del siglo XV ha sido cristiano ¿Significa esto que lo haya dejado de ser? se pregunta Ortega y responde rotundamente: En absoluto, lo que hemos sido ayer lo seguimos siendo hoy, pero en el modo del "sido". Lo que fuimos ayer marcó de tal forma nuestro ser que aún no se ha borrado el contorno de su figura. Cuando el contenido de ayer se volatiza queda en nosotros, indeleble, la marca primera.
Por tanto, el pasado continúa en el presente, forma parte de él. Si al hombre europeo le hubiera faltado la experiencia radical del cristianismo, sería muy distinto de lo que es en este momento histórico que vivimos aún en nuestros días. Muy gráficamente nos dice que cuando bajamos al pasado descendemos a los sótanos de nuestra propia actualidad (Renacimiento y retorno V, 151).
En el Renacimiento se constituye la vida humana en una dualidad de raíz que ha sido la desdicha y la impureza de la Edad Moderna y que no ha sido aún eliminada en nosotros: se vive por partida doble, de la fe y de la razón, sabiendo que una y otra responden a principios antagónicos.
En lo que a las edades Moderna y Contemporánea se refiere es indiferente la distinción entre cristiano o ateo, porque el cristiano de estas edades tiene que ser forzosamente también racionalista y naturalista, sea cuales sean los subterfugios utilizados para encontrar en su intimidad la supervivencia de su fe.
Y viceversa: el ateo moderno y contemporáneo tiene una zona importante de su vida a la cual no llega la razón ni el naturalismo; la ve y la siente en sí, aunque luche por negarla y cegarse para ella. "Es decir, cree sin contenido concreto de creencia, vive una fe deshabitada y en hueco".
La dualidad y disensión entre la razón y la fe la llevamos tan dentro las personas no religiosas y los católicos que no la percibimos fácilmente. Sin embargo, es la que nos impide colocarnos en la posición del puro hombre medieval, del puro cristiano con una vida unitaria. El católico de hoy con todo su fervor está sumergido en el mundo actual naturalista, ese mundo lo lleva dentro quiera o no.
Su diferencia con cualquier otro hombre es meramente accidental. Habita en el racionalismo, lo que pasa es que emplea una parte de sí mismo para negarlo. No luchemos contra el destino, porque es inútil, dice ortega. El destino del hombre moderno y contemporáneo consiste en tener que llevar consigo esa dualidad íntima y tener que atender al doble imperativo de la fe y la razón.
Para probar esta tesis saca a colación el discurso que escuchó a un ministro socialista, que decía en uno de sus párrafos: "La legión socialista, esta nuestra, cada día en mayor cohesión por ese nuevo espíritu religioso, casi ya tan fuerte como el cristianismo, se llama solidaridad obrera..." ¿Cómo es que este párrafo, se pregunta Ortega, con la exaltación tan de epístola a los corintios, surge por escotillón en el discurso de este hombre tan denodada y ruidosamente ateo? ¿Qué falta le hace sacar a colación religión y cristianismo? ¿Por qué no lo refiere a la economía política y al socialismo?
Sin embargo, nuestro filósofo-teólogo no lo considera pura retórica, sino que percibe en ese discurso la confirmación de su tesis de la dualidad fe y razón que impregna la vida del hombre europeo, tal como la está analizando.
A continuación el ministro socialista refiere que siendo niño vivió en los barrios de Bilbao: "Y allí, en ese ambiente, se fue formando mi espíritu y, repasando los tristísimos recuerdos de una infancia desvalida, me hice, no sé si de pronto o lentamente, como se constituyeron las formaciones espirituales más recias, me hice el propósito, me tracé el designio de servir de por vida a todos los desvalidos, a todos los miserables, entre los cuales me encontraba y con los cuales tuve siempre grandes lazos espirituales".
Esto, dice categóricamente Ortega, es esencial cristianismo, porque si no hubiera existido el cristianismo, no se le habría ocurrido a este hombre dedicar su vida a lo que la entregó. Eso de tener que entregar la vida entera a algo, dice en sintonía con los teólogos de más actualidad, es la averiguación fundamental del cristianismo, que indeleblemente se ha grabado en la historia y en los seres humanos.
El hombre antiguo ignoraba eso, para él la vida recta consistía en aguantar con dignidad los golpes adversos. Esto precisamente era el estoicismo, la vida como aguante de Séneca. Desde la aparición del cristianismo incluso el hombre ateo sabe que la vida humana debe ser entrega de sí misma, lo quiera o no.
Y aquí cita el Nuevo testamento: el que pierde su vida es el que la gana. Esto es: "da tu vida, enajénala, entrégala, entonces es verdaderamente tuya, la has asegurado, ganado, salvado". Y esta concepción de la vida como dedicación a algo, como misión y no como uso de algo que nos ha sido dado ya hecho, tiene un reverso: que la vida es en esencia responsabilidad de sí misma. A este propósito se pregunta una vez más Ortega: "¿Quien sino el cristianismo ha hecho este descubrimiento de la vida como consistiendo en responsabilidad?" (Ibid.,151-155).
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia