Peculiaridad del extremismo cristiano XXI
Continuamos exponiendo el extremismo y la desesperación cristiana de la alta edad media que iniciamos el jueves pasado. Ortega lo explica de este modo: el cristianismo ha entendido, en un sentido positivo, que la vida humana en su propia esencia no es otra cosa que desesperación.
Es decir, el hombre es una realidad que no puede valerse por sí misma y "desesperar es sentir que somos constitutiva impotencia, que dependemos en todo de algo distinto de nosotros". En cambio, la perspectiva en que el hombre se mueve normalmente le hace creer que con la naturaleza a su disposición se basta para que su vida sea algo positivo.
Este es un error radical del que hay que curarse, dirá comentando la definición de pecado de San Agustín en La ciudad de Dios. No olvidemos que estamos en el siglo IV. Para el santo de Hipona, es pecado que el hombre se crea principio de su ser y hacer.
Por consiguiente, en el cristianismo que san Agustín representa, el hombre confiado en sí y que aún espera algo de sí, es esencialmente pecador. En cambio, procede correctamente cuando reconoce que no puede vivir con verdadero sentido desde sí mismo, cuando descubre su dependencia del poder superior de Dios y decide vivir desde Él.
Abundando en el tema, añade: el hombre no puede encontrar la verdad con su razón, sólo puede recibirla por revelación, en la que el hombre no pone otra cosa que el buen deseo, lo demás lo pone Dios (Esta negación de la razón se llama hoy fideísmo).
Y así en todo lo demás: el hombre, al reconocerse como lo que es -nada-, hace de sí un vacío que Dios llena. De este modo el cristiano convierte por una dialéctica automática la desesperación en salvación.
Su nueva perspectiva le hace ver que esta vida que vivimos no es la verdadera realidad de la vida, sino un error de óptica. "Es sólo la refracción en el tiempo de nuestra vida eterna". Y es preciso vivir en consecuencia, no dando importancia a los actos intravitales y referirlos siempre a nuestra absoluta vida en Dios.
"El hombre, como ser natural frente al mundo natural ha muerto, y le va a preocupar sólo la dimensión sobrenatural, el sentido absoluto de sus actos. Se queda, pues, el hombre solo con Dios. Desatiende el mundo, que es sólo un estorbo para las relaciones del alma con Dios, y si mira a él es para verlo como puro reflejo de lo divino, como símbolo o alegoría.
Un hombre así despreciará la ciencia. Por dos razones: porque se ocupa en serio del mundo, que no lo merece, y porque supone confianza del hombre en su razón natural, lo cual es, por lo menos, tendencia al pecado, a vivir centrado en sí. La vida del cristiano es teocéntrica, y el mundo para él es, por lo pronto, el trasmundo sobrenatural".
La reflexión sobre el extremismo como forma de vida la concluye Ortega diciendo que el extremismo cristiano, como todo extremismo, va a tener que pactar, porque esa negación de lo intrahumano es una exclusión arbitraria. La misma naturaleza reclama los derechos que como realidad posee y, poco a poco, va a irse interponiendo de nuevo entre el hombre y Dios.
Así lo ha reconocido el católico francés Gilson en su libro L'esprit de la philosiphie médiévàle que maneja Ortega. "A partir del siglo XIII el universo de la ciencia -se entiende la puramente humana- comienza a interponerse entre nosotros y el universo simbólico, divino -de la alta Edad Media". Esta va a ser la crisis renacentista, que va a separar de nuevo al hombre de Dios.
Y cuando Galileo y Descartes descubren un nuevo tipo de ciencia, de razón humana, que permite predecir con exactitud los acontecimientos cósmicos el hombre recobra la fe y la confianza en sí mismo. Vuelve a vivir desde sí, más que nunca en la historia. Eso ha sido la Edad Moderna -el humanismo" (Sobre el extremismo como forma de vida V 119-121).
Concluimos estos epígrafes sobre los extremismos diciendo que la negación tan radical del mundo, que hace el cristianismo medieval descrito, no tiene cabida en el humanismo político que la nueva teología surgida del Vaticano II ha asumido con total decisión.
Esta será la conclusión final de este trabajo. Pero ahora vamos a ver el desarrollo del cristianismo en la historia tal como lo ha visto Ortega en el estudio minucioso que ha hecho sobre él.
Evolución del pensamiento cristiano: diversas etapas
Para todo hombre-mujer su propia vida es la realidad radical, lo único que tiene y es. Pero desde que nace se encuentra, sin saber cómo, que tiene que existir en una circunstancia determinada. Esta circunstancia en que tiene que estar, y que es tan importante en el pensamiento de Ortega, es su contorno material y social, es decir, la sociedad en que vive.
Ahora bien, aunque esa circunstancia es algo distinto, extraño o ajeno a él, estar en la circunstancia no puede reducirse a estar pasivo en ella, al contrario, vivir es tener que hacer algo para que la circunstancia no le aniquile. Por tanto, su vida es constitutivamente problemática, una gran dificultad a resolver de manera permanente. La vida le ha sido dada, no se la ha dado él a sí mismo, pero la tiene que hacer él, porque no se le ha dado hecha.
Por consiguiente, el hombre tiene que hacerse ideas sobre su circunstancia, interpretarla, para decidir cómo realizar cada uno su vida. Además de esto, estar sumergido en la circunstancia consiste en creer algo sobre ella. El hombre, afirma muy convencido Ortega, está siempre en alguna creencia, vive entre las cosas desde ella.
Por eso considera un error de la época moderna creer que el ser primario del hombre consiste en pensar o que su relación primaria con las cosas es de carácter intelectual. Este error es el idealismo y muchas de las crisis actuales que padecemos son fruto de aquel error. Y es que el ser humano no consiste en pensamiento, éste es un instrumento, una facultad que posee lo mismo que tiene un cuerpo.
El hombre, pues, encuentra formando parte de su circunstancia el sistema de creencias de la sociedad en que vive, y no le queda otro remedio que impregnarse de ellas o combatirlas. Pero el hombre tiene que contar con las creencias de su tiempo y esta faceta, como otras muchas de su circunstancia, es precisamente la que hace de él un ser histórico, que quiere decir que el hombre no es nunca un primer hombre, sino siempre un sucesor, un heredero, un hijo del pasado humano.
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Alucinante lo que escribes.ZP es personaje sin estrato ético.Aborto,eutanasia,laicismo ateo son sus ofertas...y vienes tú a defenderlo.Tu cristianismo está al nivel de mi ztperismo
Decirte simplemente, JMS, excelente tu aportación al club de lectores. Te lo agradecemos mucho.
La circunstancia humana es un tabique que nos sitúa encerrados en el espacio. A medida que actúa, el hombre se desliza por la historia del tiempo que es como una bóveda que lo ata a la esfera espacial. Tiempo y espacio, para Kant, son los límites apriorísticos en que la inteligencia está encerrada. Abrir ventanas en el tabique y en los ulteriores tabiques que van apareciendo, y proyectarse en el tiempo recordando el pasado, decidiendo el presente e imaginando el futuro, nos constriñe a vivir en la inexorable circunstancia de la que no podemos salir sino por el orificio de la muerte. Y después, qué? La razón nada sabe, pero abundan creencias más o menos razonables que abren el portillo hacia ese futuro sin futuro!
Miércoles, 30 de mayo
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