La cultura suaviza los extremismos XX
Normalmente el hombre en toda su historia ha aceptado con cierta satisfacción la vida integral en sus diversas manifestaciones y asuntos que la componen. En este sentido, "la cultura no es sino la fórmula armónica que logra hacer frente a todas o casi todas ellas".
Las dimensiones de la vida y los asuntos que nos plantea no pueden desatenderse, porque son inexorables realidades. Por tanto, la solución verdadera es la que las integre a todas ellas. La cultura es, para Ortega, "una forma de integración y una voluntad de aceptar lealmente todo lo que, queramos o no, está ahí constituyendo nuestra existencia".
La cultura en cuanto henchimiento y elaboración de todo lo auténticamente humano es una tarea de integración de todo lo que constituye la existencia de los seres humanos.
Pero en un momento dado el hombre reniega de la cultura vital por considerarla compleja y siente asco de la integridad de una vida que le parece vacía. Como consecuencia se separará del conjunto de ella y se aferrará a una pequeña porción en la que encerrará la totalidad de su vida.
Eso es para este hombre desorientado lo importante, lo demás lo considera despreciable. Es decir, el hombre se va del centro de la vida a alguno de sus extremos, negando el resto. Al impulso de integración que es la cultura, sucede, pues, un impulso de exclusión.
Y en esa misma desorientación cultural seguimos, porque hemos vaciado la cultura de la rica gama que nos ofrece toda la actividad humana y la hemos reducido a la parte lúdica y folclórica. Incluso la hemos convertido en una mercancia más de la sociedad consumista.
Dicho todo esto, estamos ya en disposición de comprender que extremismo es vivir una parte del área vital y renegar del resto. Por tanto, el hombre que se limita a una sola cuestión de la vida, colocándose en un extremo de ella, hace extremismo.
Entre las cuestiones inexorables de la existencia humana que se han abandonado mucho y que señala Ortega, están las que se refieren a la justicia social y a la ciencia, aunque no son las únicas. La cultura moderna no las ha atendido debidamente.
Tal vez porque el hombre se siente incapaz de afrontarlas, como tampoco ha conseguido hacer frente a otros problemas de la vida orgánica, los biológicos por ejemplo. Pero no por eso ha de poner la cultura en un extremo o lugar periférico, sino todo lo contrario.
Cuando el hombre se limita a una sola dimensión de la vida y abandona todas las demás, corre el peligro de combatir desde ella el resto de la realidad humana, negará la ciencia, la moral, el orden, la verdad. Hay hombres, dice, que se han dejado matar muchas veces por defender su obsesión y ficción.
El hombre tiene una capacidad de histrionismo que llega al heroísmo. El que no halla solución en la perspectiva normal de la vida, busca un escape en lo excéntrico, en lo extremo y, además de manera arbitraria, porque le acompaña siempre la sinrazón; ser razonable es renunciar al extremismo.
Ahora bien, cuando los hombres no saben hacer frente a estos extremismos es que han perdido la confianza en la cultura y todo entusiasmo hacia ella. En algún tiempo, aclara Ortega en su favor, se creyó que la repulsa del extremismo denotaba ser conservador, pero hoy se ha visto que el extremismo es indiferentemente avanzado o reaccionario.
En su caso lo explica así: mi respulsa al extremismo no procede de que yo sea conservador, que no lo soy, sino de que he descubierto en él un sustantivo fraude vital (Sobre el extrenismo como forma de vida V, 111-117).
Peculiariedad del extremismo cristiano
El cristianismo, en su iniciación y en sus formas más rigurosas, es también un extremismo. Es más, sólo se puede entender su génesis cuando se ha entendido el modo vital del extremismo y precisamente por esta razón Ortega se ha detenido largamente en su análisis.
Este es el resultado de su arduo trabajo: también el cristianismo, como un extremismo más, consiste en destacar y aislar una sola dimensión de la vida que el hombre antiguo había desatendido.
Al reparar en cuál es esa dimensión se advierte que tiene unos caracteres peculiares, únicos en cierto modo, lo que le colocan fuera de concurso y explican que sólo este extremismo cristiano llegase a perdurar.
Que no es lo mismo que triunfar, matiza Ortega, porque triunfar no es posible en ningún extremismo sino en la medida en que va dejando de serlo. Así es en el caso que nos ocupa.
Pero el cristianismo empieza por diferenciarse de todos los
desesperados de su tiempo en que es más radical que todos ellos y el único consecuente con su desesperación (Ibid., 117).
No obstante, conviene no perder de vista que estamos asistiendo a una exposición del cristianismo de la alta Edad Media, aunque en la descripción que hace Ortega de aquella época se perciben algunos aspectos que encontramos todavía en la nuestra; una prueba más de que las edades de la historia cabalgan unas sobre otras.
(El próximo martes continuamos desarrollando este tema)
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La cosa esta en, como muy bien dice usted, no ser muy radical...
Ir más por Vattimo, a fin de cuentas...
Y es que el absoluto, más allá de que pueda intuirse desde la Historia o no, no cabe en ella...
Son ideas embrionariamente en Santayana sobre todo; también en Ortega, Vattimo...
Miércoles, 30 de mayo
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