Curso sobre la teología de J Ortega y Gasset III
Capitulo Primero
Filosofía del lenguaje
El prototipo del lenguaje lo pone Ortega en la relación entre un hombre y una mujer que se aman. Lo que los amantes hacen mayoritariamente es hablarse, aunque entre ellos haya también caricias y miradas, que es otra forma de seguir hablándose. Los que de verdad se aman viven en un diálogo permanente.
Pero hablar, el lenguaje, no es creación de ninguno de los amantes. La lengua en que conversan existía antes que ellos y fuera de ellos en su contorno social, desde niños se le ha ido inyectando al oír lo que las gentes dicen. La lengua, que es siempre lengua materna, no se aprende en gramáticas y diccionarios, sino en el decir de la gente. Las palabras no son palabras más que cuando son dichas por alguien a alguien.
Sólo así, como acción viviente de un ser humano sobre otro ser humano cobran realidad verbal. Y como los hombres entre los que las palabras se cruzan son vidas humanas y toda vida se halla en una circunstancia o situación determinadas, la realidad palabra "es inseparable de quien la dice, a quien va dicha y de la situación en que esto acontece". No tomar así la palabra es convertirla en pura abstracción (El decir de la gente. Hacia una nueva lingüística VII, 233-242)
1. Fenomenología de las palabras
Siguiendo lo que podemos llamar la fenomenología orteguiana de las palabras, digamos que él distingue entre hablar y decir, como para evitar el abuso y desperdicio que se ha hecho de ellas. Y, sobre todo, para resaltar que el verdadero significado de las palabras es el que tiene cuando son dichas.
Es preciso observar también que en la acción de hablar, de comunicarnos verbalmente, el lenguaje es uno de los ingredientes, no el único; es un texto que para ser entendido necesita siempre de ilustraciones. "Estas ilustraciones consisten en la realidad viviente y vivida desde la cual el hombre habla; realidad por esencia inestable, fugitiva, que llega y se va para no volver.
De todo lo cual resulta que el sentido real de una palabra no es el que tiene en el diccionario, sino el que tiene en el instante. Por eso, tras veinticinco siglos de adiestrarnos la mente para contemplar la realidad sub specie aeternitatis, tenemos que comenzar de nuevo y forjarnos una técnica intelectual que nos permita verla sub specie instantis" (Diccionario y circunstancia VI, 55).
Ortega distingue, decíamos, entre hablar y decir. En el hablar, que es más superficial e intrascendente, la palabra está degradada o muerta por el uso social que nos la ha impuesto. En cambio, es en el decir donde surge la palabra genuina y vital. Por tanto, el decir es un estrato más profundo que el hablar y a él debería dirigirise hoy la linguística.
Es cierto que se inventan nuevos modos de la lengua, pero los que tiene ya no satisfacen. E insiste en que el decir es el anhelo de expresar, manifestar, declarar, es una actividad anterior al hablar y a la lengua que el uso ha impuesto.
Uno de los inconvenientes de no partir del decir es que se considera el lenguaje como la expresión de lo que queremos comunicar y manifestar, siendo así que una parte muy grande de lo que queremos manifestar y comunicar queda inexpreso en dos dimensiones, una por encima y otra por debajo del lenguaje. Por encima, todo lo inefable. Por debajo, lo que por sabido callamos.(El decir de la gente: la lengua. Hacia una nueva lingüística VII 248-249).
Como ha observado uno de sus mejores comentaristas, Pedro Cerezo, Ortega ha trasladado a la conducta lingüística las dos modalidades características de la vida humana: la inautenticidad y la autenticidad. Es decir, la conducta del mero usuario, donde la lengua se habla, y la del innovador que hace hablar a la lengua o la pone en trance de decir.
"En el primer caso, la palabra es un producto anónimo, desalmado, tomado pasivamente de la institución de la presión sociológica de los usos lingüísticos; en el segundo, en cambio, la palabra está internamente animada por una intencionalidad surgiente, o, como prefiere decir Ortega, por una expresa voluntad de decir".
Con su radicalismo característico el filósofo ha definido el diccionario como cementerio semántico, lleno de residuos y despojos. Con esa lúgubre imagen lo que quiere decir es que no basta el diccionario para revelarnos su significado.
Lo característico del decir es una conducta activa en un compromiso con la realidad. Quien dice algo se hace responsable de lo dicho ante los demás. Lo contrario sería mero hablar por hablar. El hombre tiene mucho que decir, porque tiene mucho que hacer, su vida es un quehacer y una de sus tareas básicas es interpretar toda esa realidad de su vivir en una circunstancia determinada.
No obstante, todo decir es deficiente, porque no logra expresar toda la experiencia vivida. No hay, por tanto, ningún decir que diga lo que pretende, sólo dice una pequeña fracción. Pero queda impregnado de su exuberancia y se beneficia de la semántica subterránea, que le revierte del mundo de la vida (No hay propiamente historia de las ideas VI, 390 y P. Cerezo, oc., 407). En definitiva, las palabras, como la vida misma, son en parte irracionales y paradógicas. De ello tratamos en los próximos epígrafes.
2. Irracionalidad de la lengua
La vida humana en su verdad última es radical soledad. El amor de los amantes a que se ha referido Ortega anteriormente, lo que hace es canjear dos soledades o entremezclar dos intimidades, como dos venas fluviales que funden sus aguas. Los amantes entienden bien que para comunicarse sus sentimientos tienen que decir esas u otras palabras semejantes.
Pero no entienden por qué su sentimiento se llama amor y no de otra manera. En realidad si le llaman amor es porque lo han oído decir a dos que se aman, pero no por ninguna razón que encuentren en la palabra amor. Así que "la lengua es un uso social que viene a interponerse entre los dos, entre las dos intimidades, y cuyo ejercicio o empleo por los individuos es predominantemente irracional".
De ahí que nuestro autor considere paradógico y hasta cómico que llamemos con las palabras racional y lógico a nuestro comportamiento más inteligente, puesto que esos vocablos vienen de ratio y logos que en latín y griego significaron originariamente hablar, es decir, una faena que es irracional la mayoría de las veces.
Es cierto que entendemos más o menos las ideas que queremos expresar con lo que decimos, pero no entendemos lo que significan esas palabras dichas por nosotros mismos. Es algo extraño, porque es una acción humana que ejercitan los hombres y las mujeres con plena conciencia, e inhumana porque los actos de hablar son mecánicos (El decir de la gente: la Lengua. Hacia una nueva lingüística VII, 233ss; El decir de la gente: las opiniones públicas, las vigencias sociales. (El poder público Ib., 259ss)).
PD. Recuerdo que este curso sobre Teología de Ortega aparece los martes y jueves. Esta es la tercera entrega. ¿Os parece que el tamaño del texto que mando cada día está bien o desearíais que fuera mayor, más pequeño o está bien? Decidme. El resto de los días escribo un artículo de opinión. Espero que difundais el blog. Un saludo
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JMS, tú hoy predicas con el ejemplo. Yo voy a hacer lo mismo. Como hacen la gran mayoría de los lectores, que según me ha comunicado el técnico de control, suman una media de 150 al día. De vez en cuando algunos deberían participar públicamente para enriquecer un diálogo constructivo. ¡Animo!
Cuanto más se hable, menos se dice,
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia