Que todos sean uno
09.05.08 @ 10:09:46. Archivado en Migraciones
Cada año entorno a Pentecostés se oye este grito de unidad entre todas las confesione s cristianas sin que se haga realidad después de muchos siglos. El escándolo que esto significa para el mundo llevó a Juan XXIII a decir: No nos detengamos en discutir quien tiene la razón y quien no, simplemente unámonos.
Más tarde Juan Pablo II escribe la encíclica Ut unum sint, Que todos sean uno,en la que parece oírse el eco del Pastor de Galilea, que sacrificó su vida haciéndose Cordero que se deja matar y puerta abierta para que entren por ella los que quieran seguirle.
El Papa polaco escribió esta carta encíclica con vistas a dar un paso decicido en busca de la unidad perdida. La comienza pidiendo perdón "por las injusticias infligidas a los no católicos en el curso de la historia". Y otorga el perdón de la Iglesia católica a los que han hecho sufrir a sus hijos.
A continuación propone que se estudie cómo era ejercido el primado de Pedro en el primer milenio del cristianismo antes de que se produjera la ruptura. Lo hace posiblemente con la intención de volver a él.
Según un portavoz de la Iglesia evangélica,"Juan Pablo II sabiendo hasta qué punto el papado es un obstáculo en el camino ecuménico, parece implicar a las Igle sias en la búsqueda de un ministerio de unidad reconocido por unos y por otros".
La situación actual de ruptura no debe permanecer más tiempo en el contexto de tolerancia en que nos movemos hoy: por encima de odios de raza y de projuicios de credos ha de imperar la unidad de los pueblos. Y como paradigma entre ellos, un solo pueblo de Dios con Cristo único Pastor.
Los cristianos somos todos miembros del mismo cuerpo de Cristo con distintas funciones ciertamente, pero ningún miembro puede prescindir de los restantes del cuerpo. Sean católicos, ortodoxos o protestantes, todos forman las piedras que hacen posible el mosaico de Cristo. Cuando no es así y las piedras permanecen separadas se convierten en piedras de escándalo, incluso de tropiezo en los pueblos.
A los cristianos de distintas confesiones se nos exige, más que a nadie, ser tolerantes unos con otros y con los demás hombres y mujeres. La tolerancia es la virtud propia de toda alma robusta, pero con nuestra renuncia histórica al diálogo y nuestro desencuentro permanente, le hemos hecho un flaco favor al alma de los cristianos que aparece muy debilitada.
La dispersión de fuerzas en la Iglesia influye también muchas veces en el desgarro social que sufre la sociedad en su conjunto: la polític, la economía o la cultura de un pueblo se resienten cuando la fe que lo sustenta no está bien trabada.
No nos detegamos más, unámonos de una vez. La teología surgida del Vaticano II así lo ha hecho.
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Francisco Margallo
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