Dios laico y virtudes públicas en Ortega
08.05.08 @ 10:00:36. Archivado en Filosofía de Ortega, Migraciones
Curso sobre la teología de José Ortega y Gasset II
Introduccion 2
También hay que recordar la crítica que hace el mismo Ortega al acaparamiento de Dios que hacen las distintas religiones, sin darse cuenta de que "Dios es también asunto profano" (Dios a la vista II, 493) o que "no hay cosa en el orbe por donde no pase algún nervio divino: la dificultad estriba en llegar hasta él y hacer que se contraiga" (Meditaciones del Quijote I, 322).
Además de todo esto, Ortega insiste mucho en que hay que tener presente al sujeto receptor del mensaje, cosa que se olvida con mucha frecuencia al hacer teología:
"Presumir que la especie humana ha querido y querrá siempre lo mismo que nosotros sería una vanidad. No, dilatemos bien a lo ancho nuestro corazón para que coja en él todo aquello humano que nos es ajeno. Prefiramos sobre la tierra una indócil diversidad a una monótona coincidencia" (Ibid., 375-376).
Con esta amplitud de miras se hace teología hoy, al estilo de Pablo. Al no conocer a Jesús directamente, como los demás apóstoles, escribe Ortega, Pablo tuvo que pensarle, tuvo que reconstruirle con lo que le iban diciendo los que le conocieron. "De recordar a Jesús como San Pedro a pensarle como San Pablo, va nada menos que la teología.
San Pablo fue el primer teólogo; es decir, el primer hombre que del Jesús real, concreto, individualizado, habitante de tal pueblo, con acento y costunbres genuinas, hizo un Jesús posible... apto, para que los hombres todos, y no sólo los judíos, pudieran ingresar en la nueva fe.
En términos filosóficos, San Pablo objetiva a Jesús. Se me dirá que, en el camino de Damasco, Jesús se reveló a San Pablo. Ciertamente; camino de Damasco llegó a madurar la labor reconstructiva, que tiempo hacía ocupaba la mente del apóstol, y allá, cerca de Dareya, a la hora de un mediodía, consiguió elevar los datos sueltos a la unidad de un carácter, y, súbitamente, se le reveló Jesús en la perfección de su ser" (La visión de la historia.-San Pedro y San Pablo I, 155 y 157-158).
San Pablo tiene conciencia de la paradoja y el carácter subversivo del cristianismo. Por eso, no predica la buena nueva como cosa razonable, porque en tiempos de crisis, colige Ortega, predicar cosas razonables es perder la partida. Pero Pablo la predica y la recomienda con todo el aire de locura y absurdo que tiene, porque es un extremista.
Y para probar esta afirmación, saca a colación la epístola primera del mismo apóstol a los corintios donde dice: "Porque la palabra de la cruz, a la verdad, locura es para los que perecen: mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es virtud de Dios". Escuchen cómo este hombre vuelve el mundo del revés: "Porque escrito está: Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé la prudencia de los prudentes".
Ortega se pregunta ¿un alto burgués del Imperio que oyera leer esto qué pensaría? Pues que era un subversivo. "Y, sin embargo, eso que predicaba -el cristianismo- fue luego el más firme sostén de la sociedad (En el tránsito del cristianismo al racionalismo V, 93, 105-106).
Hoy muchos teólogos han comprendido que no se puede seguir leyendo los manuales teológicos, por venerables que estos sean, de espalda a los signos de los tiempos y a la problemática del mundo actual. Se han puesto, pues, en camino para hacerse encontradizos con todo lo que la nueva cultura aporta, porque también ella forma parte de la única historia de salvación.
Es, además, un imperativo bíblico hacer nuevas todas las cosas, para que surja el hombre nuevo que quiere el Evangelio en cada momento. Lógicamente en este proceso dinámico el lenguaje tiene mucha importancia, porque no se puede seguir presentando la teología como un manual de abogacía, ni como un repertorio dogmático heredado de nuestros antepasados, que hay que conservar inmutable, según la crítica hecha por Unamuno, como hemos adelantado ya.
En sintonía con el Concilio Vaticano II, hay que decir que la teología tiene como fundamental preocupación servir a la vida y que cuando la teología sirve, diaconiza a la vida, no hace sino entrar en la corriente profética y evangélica. Por eso en el presente trabajo presto mucha atención con Ortega a la vida entorno, a la vida pública.
De esta manera se supera el peligro permanente en la historia de la teología y de nuestra propia fe de reducir esta al ámbito puramente personalista o individual. Porque si bien es cierto que la fe la inicia la inspiración divina en la conciencia inalienable de cada uno, también lo es que la fe adquiere su mayor expansión cuando prende en la vida pública del hombre, en la que este alcanza su plenitud humana.
Los creyentes, como cualquier hombre o mujer, no son islas ni monjes, sino animales políticos. Lo que quiere decir que viven en sociedad con otros hombres y mujeres formando parte de unas instituciones que conforman su vida y en las que ellos a su vez influyen para humanizarlas. De ahí que en nuestra reflexión ocupen un lugar central las virtudes públicas, entre ellas la política, informándolo todo, como informa hoy la vida de la sociedad.
No debe extrañar esta incursión de la teología en la política y viceversa, si tenemos en cuenta que el cometido de la teología es que la fe cristiana fluya hacia la vida social en la cual ha de encarnarse en plena solidaridad humana. De ahí que la teología deba estar en una continua búsqueda de caminos nuevos, que faciliten el encuentro con Dios en la vida cambiante de los pueblos y la liberación de todos los oprimidos en ellos.
Esta última es la característica primera y fundamental del Dios bíblico y cristiano. Para realizar esta tarea la teología misma necesita ser liberada de la cárcel dorada en la que vive cautiva. Lo mismo hay que decir de la política, retenida por los políticos profesionales, alejados muchas veces de las inquietudes ciudadanas.
En función de nuestra responsabilidad en la vida pública está la propia libertad, a la que todos aspiramos. Pero, cuando una y otra no están bien sincronizadas, no se entiende la libertad y parece como si se quisiera abdicar de ella; o bien se pretende una libertad que más bien parece estar contra el sentido común. De ahí la tentación de reducirla al ámbito interior, en contra de la más genuina tradición cristiana.
Vehiculando este trabajo está la obra de José Ortega y Gasset desconocido todavía por muchos en su faceta teológica. Cumple así la filosofía una vez más la función de servir a la teología, prestándole el lenguaje, cosa que Ortega hace muy bien, porque manifiesta una indudable vocación teológica. Pero estos temas, insisto no los tiene localizados en un lugar concreto de su obra, sino que están difuminados en toda ella, casi en cada página, como alma oculta que la vigoriza.
(Terminamos así la introducción del curso, el próximo martes comenzamos el capítulo primero. No lo olviden el curso aparece martes y jueves, pero el resto de la semana escribo tambien artículos de opinión y el domingo pongo una reflexión religiosa a modo de liturgia)
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Francisco Margallo
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