El Blog de Francisco Margallo

Dios laico y virtudes públicas en Ortega

06.05.08 | 09:00. Archivado en Filosofía de Ortega, Migraciones
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Curso sobre la teología de José Ortega y Gasset I

En vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual, y como las riberas independientes se aunan en la gruesa vena del río compomgamos el torrente de lo real.

(José Ortega y Gasset Tomo II, 19)

Introducción 1

A no pocos les puede resultar extraño que se hable de la faceta teológica de Ortega y, sin embargo, Dios y el tema religioso en general afloran en su obra, entre los miles de páginas que la componen, como alma oculta que la vigoriza desde dentro

Yo percibo en ella una gran influencia de la
prestigiosa Escuela alemana de Tubinga (Tübingen), que estaba en auge durante su época de estudios en Alemania. Existían en esta ciudad dos facultades de teología una católica y otra protestante. La teología de la universidad católica sería decisiva unas décadas después en el Concilio Vaticano II, con uno de sus máximos representantes, Arnol, en el aula conciliar.

Eso explicaría la semejanza que se percibe entre la vena teológica de Ortega y la doctrina del Concilio, particularmente de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en en mundo actual (Gaudium et spes), como veremos a lo largo de este trabajo más detenidamente.

Es sabido que la filosofía era considerada por la Escolástica procedente de las escuelas monásticas medievales servidora de la teología, ancilla theologiae la llamaban los escolásticos representantes del pensamiento occidental.

En el caso de Ortega, su filosofía cumple hoy a la perfección este papel en su sentido más noble, proporcionando a la teología el lenguaje adecuado para poderse comunicar con el hombre laico o secularizado de nuestro tiempo. Esto lo veremos en el capítulo primero.

El hombre actual es incapaz de comprender el lenguaje metafísico abstracto y, por lo mismo, el lenguaje religioso. Si la teología quiere comunicarse con él y transmitirle su mensaje, ha de hacerlo desde su irrevocable laicidad o secularidad, porque es el único lenguaje que este hombre entiende. Ahora bien, nadie debe escandalizarse ni rasgarse las vestiduras, puesto que la laicidad no lleva aneja la increencia.

Pero ocurre que durante siglos se ha ejercido la teología en clave de abogacía, según la crítica que le hizo Miguel de Unamuno. Había que partir de unos dogmas dados de antemano, que el teólogo tenía que defender a toda costa, en lugar de partir de los hechos, de los datos que la realidad nos ofrece, como hace el método científico.(M.de Unamuno, Obras Selectas, Madrid 1977, 324-325).

Hoy, con la vuelta a las fuentes que ha propiciado el Concilio Vaticano II, se vuelve al contacto directo con la revelación bíblica, leída a la luz de los signos de los tiempos, es decir, de la historia que viven los hombres en todo momento, historia en la que Dios se revela con preferencia a otras formas y lugares.

Esta atención a los signos de los tiempos, que Juan XXIII acuñó en una frase feliz y que se ha valorado mucho desde entonces, ha ampliado el campo teológico tradicional. De ahí que podamos hablar hoy de la teología de Ortega.

Efectivamente, después de muchos siglos de hacer teología en un ámbito sacral y dogmático muy delimitado, llegó un momento en que ésta no era más que repetición de fórmulas arcaicas, que no despertaban ya interés alguno. Ante una situación así hay que concluir, parafraseando a nuestro filósofo-teólogo: Cualquier cosa es preferible al monoideísmo que se ha inveterado en los usos teológicos eclesiásticos (J. Ortega, Obras Completas, Madrid 1983, I Observaciones, 164

Ante el rechazo que alguno pueda sentir al oír hablar de Ortega como teólogo, hay que recordarle, como ya indiqué, la atención prestada por el Vaticano II a la historia que vive la humanidad en la actualidad y añadir que nuestro autor ha tenido un lugar destacado en ella, porque ha sido uno de sus analistas más preclaros.

Por lo que yo, atribuyéndome la defensa del nuevo teólogo, me atrevo a usar una vez más sus mismas palabras para su incorporación y la de otros muchos al ejercicio teológico:

Sea hospitalaria nuestra inteligencia y enseñémosla a gozarse, cuando a nuestra puerta llama un extraño, una idea o emoción con que no contábamos. La inercia puede inducirnos a contentarnos con el trozo de vida que nos es habitual, porque nos hace creer fácilmente que no hay más realidad que la presente ante nuestros ojos."De nada, como de esta inclinación, debe desconfiar quien aspire a hacer de sí mismo un delicado instrumento de humanidad" (Ideas sobre Pío Baroja, II, 77).

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PD. Este curso aparecerá martes y jueves.
Es el borrador de un libro que tengo preparado sobre el tema. Espero que alguna editorial se interese por él y lo publique.
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2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Francisco Margallo [Blogger] 06.05.08 | 19:24

    Qué buena síntesis has hecho,JMS, de la figura de Ortega y su obra vitalista cien por cien, que no se pierde en abstracciones. Es un gran analista de cuanto acontece en la vida entorno y más allá. Al mismo Dios le ve metido en la vida de los pueblos, un Dios laico, popular (laos=pueblo). Y qué imágenes emplea tan impactantes:"no hay nada en el orbe por donde no pase algún nervio divino". Recuperemos a Ortega que nos va a enseñar mucho de todo lo humano y lo divino.

  • Comentario por JMS.- 06.05.08 | 15:45

    Muy buen planteo para el curso. La teología, como todas las otrologías debe buscar su lugar en el puzzle de la coherencia vital y, para eso, J.Ortega y Gasset es el mejor guía que conozco; es hombre de síntesis que no se pierde ni en abstracciones ni en ensoñaciones.

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