Ni Rodriguez Zapatero, ni casi ninguno de los componentes del Gobierno que preside, tienen edad para haber estado entre los jóvenes de las diversas nacionalidades que se dieron cita en París en mayo del 68. Pero sí estuvieron algunos de los que serían después ministros en los primeros gobiernos del PSOE. Toda aquella juventud rebosante de dinamismo y sesibilidad social gritaba: "No queremos un mundo en el que la certeza de no morir de hambre se combine con el riesgo de morir de aburrimiento".
Esta utopía juvenil la percibo en el optimismo del actual Gobierno, que nos sorprende cada día con nuevos proyectos políticos dentro y en el exterior, implicándose en el mundo global que entre todos hemos de rescatar de las garras de los señores de la guerra y traficantes con vidas humanas.
Sin embargo, este aire esperanzador se ha apagado, o se ha vuelto en su contra, en los hijos jóvenes y menos jóvenes de aquellos que gritaban entusiasmados en París dispuestos a cambiar el mundo. ¿Es que no llevan su misma sangre en las venas? Claro que la llevan.
Ya se sabe, el empuje tecnológico que irrumpió con fuerza en la sociedad ha introducido cambios con los que no cantábamos y todos hemos quedado descolocados. Los sicólogos y sociólogos lo explican diciendo que es el medio en que nos movemos el que hace a la persona y no al revés. Los jóvenes, siempre más vulnerables, han quedado atrapados en el móvil,la pantalla del televisor, del ordenador e Internet, el mercantilismo consumista y sexista y han sido alienados.
Su rasgo más sobresaliente es la indefinición, sobre todo en lo que a la política se refiere. La participación en la vida pública, que entusiasmaba a la generación anterior, produce rechazo en la actual.
Es preciso reflexionar sobre esto y prestar atención al proyecto del Gobierno de implantar la asignatura Educación para la ciudadanía en las escuelas. Es un gran acierto, porque es la mejor manera de atajar el mal desde la raíz.
Si bien es verdad que la idea es fraguó en Europa, porque como explica la ex_ ministra S. Segundo en el Prólogo al libro Una educación de la calidad para todos y entre todos, el Gobierno no hace sino seguir los objetivos que se ha planteado el sistema educativo europeo.
Entre ellos se encuentran la mejora de la calidad y la eficacia de los sistemas de educación y la promoción de la ciudadanía activa. Nuestra educación, insiste M.J. San Segundo, se incorporó decididamente a este proyecto.
Y yo por mi parte pienso que el sistema educativo europeo incorpora la doctrina del Vaticano II al respecto y me congratulo por ello. Puede verse detenidamente el documento Gaudium et spes.(GS 75, 6).
Volviendo a la indiferencia juvenil, hemos de preguntarnos si eso se debe al tránsito hacia otra civilización que se está produciendo o es un mal endémico que padecemos todos los europeos y particularmente los españoles. Yo creo que es lo último y tenemos suficientes testimonios y motivos para cerciorarnos de ello.
En primer lugar, la historia nos dice que éste es un defecto nacional que arrastramos desde hace mucho tiempo. Ortega lo denunció en los siguientes términos: "Me conformo con que nuestros abuelos no nos hayan legado riquezas, pero les acuso de que no nos hayan dejado en herencia ni ideas ni virtudes públicas".
Nuestro gran pensador considera la política una virtud pública en la que todos los ciudadanos nos tenemos que ejercitar, si queremos que nuestra vida logre la expansión y plenitud a que está llamada.
Los españoles debemos superar nuestro apoliticismo, aprovechanco el interés que el Gobierno de Rodriguez Zapatero muestra por ello, para que lleguemos a ser un pueblo adulto que participa responsablemente en su propia historia.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia