El teólogo alemán Walter Kasper, hoy cardenal en el Vaticano al frente del dicasterio sobre Ecumenismo, refiere cómo la teología neoescolástica que precedió al Concilio Vaticano II distinguió demasiado entre el futuro de Dios en el más allá y el futuro intramundano, degenerando en un dualismo poco cristiano.
La realización del ideal del cristianismo en el mundo, aquí y ahora, pide no sólo una fe adulta sino tambien unidad en torno a unos valores éticos, sociales y políticos en una opción humana de compromiso. Lo que significa que la utopía evangélica de las bienaventuranzas está muy viva y quiere emerger en la sociedad que nos toca vivir, para infundirle una especie de alma oculta que la vivifique desde dentro.
También filósofos como Bloch y anteriormente Horkheimer y Marcuse han reahilitado el concepto de utopía ante el temor de que con su desaparición desaparecan igualmente la fantasía humana y la misma libertad. Frente a esto todo positivismo político y científico, por moderno que parezca, no es más que una ideología conservadora del orden establecido y una amenaza para humanidad.
El ideal de la esencia humana, tal vez por las zancadillas que se le han puesto por todas partes a lo largo de la historia, no ha llegado a ser aún lo que está llamada a ser. Del mismo modo el mundo cósmico que nos circunda está movido por un impulso hacia lo nuevo. En ambos existe este impulso, que en el hombre como sujeto de la historia se ha llamado esperanza.
El hombre vive en tanto en cuanto aspira y proyecta, en tanto en cuanto espera. Ahora bien, el primer paso para que la esperanza cristalice es saber leer la realidad del mundo y ser capaces de imaginar alternativas a la situación actual. En definitiva, imaginar un mundo mejor es condición ineludible, para que se haga real ya el mundo nuevo contenido en la expresión bíblica del Reino de Dios.
El que fuera profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, Juan Alfaro, que ha estudiado a fondo la obra de Bloch, nos ha hecho saber que, a diferencia de Marx, quien concebía la religión como alienación y consuelo de los débiles, Bloch ve en las religiones, particularmente en la judeocristiana, la expresión viva "del ser del hombre como éxodo de esperanza". Y el jesuíta define a Bloch como el filósofo de la esperanza, porque su filosofía es el mayor intento acerca del esperar humano hecho por el humanismo marxista.
La desesperanza, mantiene Bloch en opsosición a la angustia de Heidegger, es algo insoportable para el hombre. La dignidad de la persona humana, así como los ideales de libertad, fraternidad y amor superan con creces en Bloch a las mejores intuicinoes de Marx en su juventud.
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Sí, Jovi, la esperanza es Jesucristo, pero yo añadiría que una fe cristiana adulta exige la realización del mensaje cristiano ya aquí y ahora. Digo esto porque existe un dualismo muy extendido de que esto sólo es posble en el más allá. El Reino de Dios que Jesús anuncia quiere adelantarse en este mundo. De ahí nuestro compromiso con la justicia social y la libertad en los pueblos notas característica de su presencia entre nosotros.
Y la única verdadera esperanza de la humanidad es Jesucristo.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia