DOS pasiones viscerales definen a la India contemporánea: la consolidación de la democracia y la práctica de la tolerancia. El hinduismo, más que una religión, es una forma de vida que se proyecta trascendentalmente hacia un apacible sublimación en tiempo constante. En el trasfondo de la pobreza extrema predomina una fuerte dosis de misticismo que facilita el encuentro con una población islámica, muy influida por el sufismo, y que representa casi un tercio de la población de ese gran país. Socio-demógrafos competentes estiman en 300 millones (y no en 130 como se dice en los libros) a aquellos que en India se identifican con el Islam. Los 25 millones de cristianos gozan del respeto institucionalizado por tres razones fundamentales: son parte integrante de los mecanismos democráticos; contribuyen a las tareas educativas sin proselitismo; desarrollan importantes programas de revitalización social.
Asia se ha convertido en un laboratorio en donde se decidirán las grandes opciones de futuro para todo el planeta. Por China e India transitan ya las soluciones plurales para salir de la crisis económica mundial. Estos ingredientes serán determinantes en la próxima reunión del G-20 en Londres.
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PRAGMATISMO absoluto en Shanghai ante los resultados electorales americanos y euforia ponderada en las expectativas de la bolsa. Ese es al ambiente que pude percibir ayer en la gran ciudad china tras conocer la victoria de Obama. El gigante asiático es consciente de que compartirá el poder en la dirección del planeta con los Estados Unidos de América, lo que nos permite regresar, hoy más que ayer, al calificativo de superpotencias con sus monedas -el yuan y el dólar- artificialmente devaluadas. China hará todo lo que esté en sus manos para que la economía estadounidense se relance y Estados Unidos, si llegase el caso, haría lo mismo con China pero no con Europa. He aquí una de las claves para comprender la crisis financiera mundial, y sus graves efectos en las economías reales que ya se van dejando sentir con agudeza. Ni Estados Unidos ni China necesitan de Europa para navegar entre los afilados acantilados de la crisis. Sin embargo, Europa sí necesita de ellos dos.
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EN el Palacio de la UNESCO de París, ese edificio de cemento armado descubierto concebido y diseñado por mi recordado amigo Bernard Zerphus, epígono de Le Corbusier, se agita a la cultura y se la pone en transe. Los Estados Unidos de América ponen objeciones de fondo, con 31 enmiendas, al proyecto de «Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de la Expresiones Culturales», que es la consecuencia normativa de la «Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural», que fue adoptada por esa organización internacional en 2001.
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