EL año que se ha acabado no nos ha dejado de sorprendernos cada día. La llamada «crisis» que se inicia en Wall Street tocó en las alas de los procesos económicos y financieros de la globalización. Se actuó con alevosía y hubo delito pero sin legislación que los tipifique. Los gobernantes de los países ricos y de los emergentes desdramatizan la profundidad de los efectos económicos inducidos por esa «crisis». La situación real es tan grave que se han visto obligados a poner sordina para que las ciudadanías, los pequeños y medianos ahorradores, no vayan corriendo a vaciar sus cuentas corrientes. Había que evitarse la depresión, el crac, que, en esta ocasión, también hubiera sido globalizado. Se han silenciado los altavoces públicos de todas las voces alarmistas.
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EL primer 'Plan Paulson' no pasó la criba en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América al tiempo que, en pleno desencadenamiento de la crisis mundial creada por el capital especulativo, Sarah Paulin, candidata a la vicepresidencia con McCain, se aventura a especular, ella también, sobre la coexistencia de los dinosaurios y de los homínidos hace 6.000 años. Cabría preguntarse, a tenor de los hechos, ¿en qué mundo estamos?
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¿Pérdida de confianza?: El precio de los pepinos en Italia ha subido en un 400%; el BCE ha fijado la tasa de interés en un 4,25% mientras que en Estados Unidos es de un 2%; el Euro sobrevalorado obstaculiza las exportaciones; y la Europa comunitaria se desliza a un crecimiento cero con inquietante panorama de desempleo y de recortes en los programas sociales y culturales.
Hace ya algunos años, por no decir muchos, aprendí, guiado por aquel clarividente economista (prefiero no llamarle maestro, aunque ejerció el magisterio universitario, porque su natural modestia se hubiese irritado), Maurice Godelier, que en economía la "racionalidad" está pendiente de un hilo; en consecuencia, también es preciso trabajar en el terreno de los imponderables "irracionales". En todos los países de Europa, analistas de la marcha de las economías y politicólogos hablan, en estos momentos, de "coyuntura preocupante". Por ello, optaron por "desaceleración" en lugar "crisis" con ciertos fundamentos. Si esa "coyuntura preocupante" tuviera lugar solamente en España y no en el resto de países europeos y en Estados Unidos de América, entonces sería una gran falacia evitar la palabra "crisis" para llamar al pan, pan y al vino, vino. Aunque, si las previsiones para Europa son de crecimiento cero, la “desaceleración” ya nos llevó a la “crisis” generalizada. España es un componente más.
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