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Iraq, también mártir arquelógica

Permalink 19.03.15 @ 02:27:10. Archivado en Artículos en Diario Sur

Los teletipos transmitieron, esta vez, escenas de muertes arqueológicas acompañando a los miles de muertos inocentes que las nuevas modalidades de barbarie, cual Inquisición contemporánea, llevan al exterminio a hombres, mujeres, niños y niñas por el solo hecho de no compartir, sino más bien rechazar, los fundamentos fundamentalistas y los objetivos devastadores de la sinrazón. Para Daech (el autodenominado Estado Islámico) hay que destruir, aniquilar, hacer desaparecer toda la historia que precedió a su manipulado profeta. Según esta concepción instrumentalizada de uno de los relatos más hermosos de las tres religiones del Libro, la Historia con mayúscula comienza en la Meca y en Medina. Todo lo anterior no existe o no debe existir; es "jahilia", es decir, barbarie pre-histórica. Hay que borrarlo, disolverlo, convertirlo en polvo de arena. Todas las armas son válidas y aceptables para esa gran demolición, para esa gran tarea de destrucción. Hoy, la Historia comienza con Daech. El resto, los antecedentes desde el momento “menos cero”, mucho ante de que se conocieran los “agujeros negros” de los universos, es para Daech un “accidente de la Historia” que pretende convertirlo en abono de los campos mediante las armas de pólvora y metralla, el fuego, las crucifixiones, los degüellos, las ejecuciones masivas de seres humanos, las torturas agonizantes que recrean escenarios de negrura y espanto. El agudo dolor de una niña que presencia el tiro en la nuca de su madre porque en ese momento lleva un manto rojo; las personas enjauladas cuyo sufrimiento profundo y desgarrador culminará en la atrocidad de la muerte por fuego, por cruz o por hacha; los secuestros y las persecuciones sistemáticas para convertir a una población civil, - en donde confluyen las más variadas creencias, con especial saña contra “los cristianos”-, para concentrarla en las grandes ciudades y en los pozos de petróleo y que así sirvan de “escudos humanos”… ¿Qué Estado Mayor de las fuerzas coaligadas contra esta locura exterminadora daría la orden de bombardear ciudades rebosantes de miles, millones, de habitantes inocentes en base a una “información” recibida que indica que en tal núcleo urbano se encuentran los cabecillas de Daech? Ningún Alto Mando de la coalición internacional, con participación árabe, daría una orden de tal calaña. Bombardear a una población civil con el argumento de neutralizar a un puñado de terroristas no conllevaría los llamados “efectos colaterales” sino más bien sería parte de un genocidio. Creo es de vital importancia que el llamado Occidente, tan preocupado hoy por la pérdida de valores comunes, no aporte leña a un fuego cuyas consecuencias serían irreparables. Trivializar la muerte en acciones de guerra, tan dispares y asimétricas, sería algo semejante a un boomerang que terminaría potenciando e incendiando la violencia en el interior de nuestra propia cultura de extracción judeo-cristiana, que fue capaz de inventar un nuevo decálogo del honor y de la dignidad: la declaración de los derechos humanos universales, basados en una escala moral de valores que hay que salvaguardar por encima de todo.
La victoria de esos valores, en el caso de Iraq y Siria, como en Libia, o contra todo tipo de terrorismo, no se alcanzará solamente con bombardeos. Hay que salvar a las poblaciones civiles. Y me parece –sin ser experto en temas de guerras que buscan la paz—que un papel esencial ha de jugarlo los servicios de inteligencias, las tropas de a pie en su diversidad, una masiva acción de policía en un cuadro estratégico que integre simultáneamente estos tipos de acción con el de formación, protección de civiles, reconstrucción y desarrollo humano para reestructurar Estados fallidos. No hay que esperar al final de una guerra para ir implicando a la población civil en la revitalización de su propio destino.
Según el islamismo radical terrorista, como ya se apuntó más arriba, todo lo que precedió a la fundación de “su” Islam no forma parte de la Historia y hay que destruirlo. Toda cultura pre-islámica, según ellos, hay que borrarla del mapa: así fue con el bombardeos por los talibanes de los Budas de Bamiyán; así se pretendió que fuese cuando Al Qaeda-Magreb entró en Tombuctú destruyendo mausoleos y algunos manuscritos históricos; así fue también en la Guerra del Golfo; así aconteció en diversas ocasiones con la quema de templos de oración en Siria, Iraq, Nigeria, Paquistán…. Toda representación de Dios, los dioses y las culturas de los hombres hay que hacerla desaparecer para siempre. (Hace poco, como hecho aislado, en Túnez derribaron la estatua del histórico líder “feminista” Hached, de principios del pasado siglo). Hoy a los terroristas de Daech en el magnífico Museo de Mosul, con mazos de hierro y con sierras eléctricas, destruyen todo, incluidas piezas únicas asirias. Esto es la parte visible, mediatizada, de todo lo que ya habrán pulverizado. La UNESCO, como ocurrió en las guerras anteriores, facilitó al Estado Mayor de la “coalición” las coordenadas de los principales sitios arqueológicos para que fueran evitados por los bombardeos. Esto responde a una Convención internacional de protección de bienes culturales en tiempos de guerra. Aunque a veces no sea muy eficaz, pues los propios terroristas de Daech son los destructores y no ejércitos de un Estado miembro de la ONU.
Iraq de los martirios junto al dolor de familiares y víctimas de la guadaña de la muerte provocada, la destrucción de su pasado cultural y de sus señas de identidad. El fanatismo del terrorismo yihadista ignora y oculta aquella frase del profeta Mahoma: "La sabiduría consiste en llegar a la verdad sin pasar por la profecía" ("Bokhâri: Kitâtou fadhâïl al sah'âbati").


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