Ciencia, cultura, Dios
30.09.10 @ 17:10:51. Archivado en Artículos en Diario Sur, Sociedad y cultura
Hace apenas unos días que el astrofísico Stephen Hawking llegó a deducir 'en laboratorio' la no existencia de un Creador de los universos. Saltaron los plomos de todos los teletipos del planeta Tierra. Ignoro si también dejaron de funcionar los disyuntores en otros planetas y en otros universos. Años atrás, a otro astrofísico, Hubert Reeves, al plantear la hipótesis razonable de que la vida llegó a esta misma tierra traída por el polvo de las estrellas, no se le cayeron los anillos de gran científico al responder en sus coloquios de divulgación a la pregunta del millón: ¿Vio alguna vez a Dios en sus numerosas investigaciones? Se atrevió a responder: «No me repugnaría imaginar que una mano esté empujando la expansión del universo». (O de los universos, añadiría). Conocí a Reeves y puedo asegurar que con sus libros escritos para el ciudadano de a pie logró en mi mente una nueva amplitud de miras. En el túnel del tiempo, Darwin con ' El origen de las especies' abrió nuevas perspectivas a la Ciencia y atizó con fortuna la libertad de investigación como lo han hecho Hawking, Hubert Reeves y tantos otros y como fue el caso de los enciclopedistas e intelectuales del Siglo de las Luces que dio entrada al racionalismo. La razón ocupa el terreno incipiente de lo verificable pero, al mismo tiempo, sienta las bases de sus propias limitaciones. Todo el mundo se desvive por profundizar en su propio árbol genealógico. Científicos, filósofos, teólogos, antropólogos y ciudadanos se pierden en la causalidad del tiempo y del espacio. Pienso en un estudioso e investigador del cerebro no solamente buscando sin descanso soluciones a las enfermedades raras y nuevas, aunque antes existieran y nada se sabía sobre ellas cuando no se disponía de la resonancia magnética y otros instrumentos, sino también escudriñando noche y día en qué parte de ese mismo cerebro se encuentra el mecanismo del conocimiento y de la razón y cómo por qué funciona ese mecanismo. Del acelerador de partículas bajo tierra en la frontera franco-suiza se afirma está preparado para descubrir la llamada partícula de Dios al reproducir teóricamente las condiciones que rodearon el instante mismo del origen del universo. Los subproductos de muchas investigaciones contribuyen a vencer la enfermedad y a mejorar la calidad de vida personal, con la tentación latente de llegar a conquistar la inmortalidad. De momento, sólo los académicos del cardenal Richelieu se autoproclamaron inmortales por decreto de vacua vanidad.
Parece como si Dios se escapase de todos los laboratorios. Resulta sumamente sorprendente que el progreso de las ciencias, incluidas las ciencias sociales, se contraste con nuevos desafíos: la racionalidad y también el racionalismo amplían sus influencias, logrando que lo científico constatable (la Teoría de la Relatividad, por ejemplo) no entre forzosamente en contradicción con el mundo de las creencias (El Evangelio de San Lucas, por ejemplo). En realidad se trata de dos 'planos' diferentes, cada uno con su propia autonomía y con sus propios métodos, pero las ciencias sociales y la antropología (Claude Levi-Strauss hizo una destacable aportación, siendo él mismo agnóstico) no han podido 'negar' las pasarelas entre esos dos 'planos'. De aquí la sorpresa ante la 'negación radical' de ese gran investigador de los universos que es Hawking. Incluso la 'Teoría del Caos' se abstuvo de entrar en ese debate sin solución posible, aunque sí puso de relieve que del caos puede surgir nuevos descubrimientos y, sobre todo, nuevas líneas de investigación fundamental, como tantas veces lo han vivido equipos de investigación.
Se puede abrigar la impresión de que el siglo XXI, con los avances científicos-técnicos, logrará delimitar mejor los terrenos propios en donde juega la razón que, lejos de cualquier determinismo de la ciencia o de las creencias, va indisolublemente vinculada a la libertad que alumbra la llama de la investigación científica y de la opciones por la creencias, lejos de la imposición de la creencia sobre la ciencia o de la ciencia sobre la creencia. Cuando se observa a través de las historia de la humanidad la diversidad de las expresiones culturales y de las creencias, que siguen reproduciéndose o generándose al tiempo que avanzan vertiginosamente las ciencias exactas y naturales, y la investigación fundamental, tenemos la impresión que el racionalismo dieciochesco está también en plena mutación. Difícilmente podemos encontrar la solución para lo que fue, otra época, la razón como Diosa. La razón se ha democratizado y la libertad también. Y con propiedad se habla hoy de la ciencia como componente de la cultura. Parece que se atraviesa por una nueva revolución de la inteligencia, del conocimiento, tanto en la ciencia como en las creencias, de la que la informática no está ausente.
En las fronteras sigue reincidiendo el misterio original como algo difícilmente definible tanto en el laboratorio como en la conciencia que no sabemos en qué parte del cerebro se localiza su generador. Vistas así las cosas, no resultaría inalcanzable recuperar para la sociedad civil valores 'universales' o instituir nuevos valores para la convivencia y el respeto entre los pobladores del planeta Tierra, así como de sus costumbres y creencias al ver nacer a un nuevo ser, al iniciarse en la socialización o al verlo partir definitivamente hacia donde cada cual crea.
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Francisco J. Carrillo
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