JOSÉ VIDAL BENEYTO
20.03.10 @ 17:44:13. Archivado en Personajes, Artículos en Diario Sur
Ha muerto José Vidal Beneyto, uno de los grandes intelectuales españoles cuya obra será objeto de disección a partir de ahora, justo en el momento en que se nos fue. La llamada posmodernidad casi llegó a borrar la palabra “intelectual” del diccionario de la calle y a banalizar la tarea de mejor conocernos. Vidal Beneyto, siempre Pepín para sus amigos, fue un pensador infatigable y “agitador cultural” con las armas del conocimiento y de la palabra (hasta Juan Marsé en “La últimas tardes con Teresa” se hizo eco de esos “activistas de la cultura” inventando el genérico de los pepinvidales). Jugó un papel aglutinador de voluntades en la pre-Transición de España, así como, posteriormente, a favor de la apertura y del diálogo intercultural desde una dirección del Consejo de Europa. Coincidí con Pepín Vidal en numerosas ocasiones. Nos unía, al principio, el interés por la sociología. Después, surgieron otros puntos de convergencia curtida por una amistad siempre leal. Había promovido en Madrid, en la década de los 60, la primera Escuela de Sociología digna de ese nombre para integrar en ella a una serie de catedráticos expedientados por el solo motivo de manifestarse en total silencio para pedir libertad. Se trataba de Aguilar Navarro, Aranguren, García Calvo, Montero Díaz y Tierno Galván. (Recuerdo que ese día iba caminando inmediatamente detrás de la fila de esos profesores junto a Oscar Alzaga y otros). Posteriormente nos encontramos en congresos mundiales de sociología en Bulgaria (los búlgaros de 1970, por falta de camas suficientes en Varna, nos obligaron a él y a mí a compartir una habitación doble en el hotel Moscú, lo que probablemente nos incitó aún más a apoyar la sociología crítica y libre en aquel contexto amordazado) y en Canadá. Nos reencontramos en Malta con la creación del Consejo Mediterráneo de Cultura (CMC), del que fue secretario general hasta sus últimos días, y en actividades propias de ese consejo en Túnez y en Valencia. París fue un punto de frecuente convergencia así como el azar de aeropuertos y aviones. Hace ya algunos años, gracias a él, entré en el MassCom, que era el comité internacional de sociología de las comunicaciones de masas, entonces presidido por el intelectual francés Edgard Morin. Fue catedrático de la universidad de Madrid y profesor de la Sorbona. Pionero euromediterráneo desde la Asociación Española de Cooperación Europea bajo vigilancia por el régimen del general Franco, presidió la Agencia Europea de la Cultura a la que la UNESCO acogió como uno de sus programas prioritarios. Sus conocimientos lingüísticos le convertían en un brillante orador e interlocutor internacional que tenía la enorme facilidad de expresarse en castellano, inglés, francés, alemán, italiano, portugués y en valenciá, su lengua materna. Recuerdo, en particular, su brillante improvisación en italiano el día que compartimos en Agrigento el momento en que el Valle de los Templos fue inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad o sus intervenciones multilingües en el CMC. En Valencia, bajo la siempre sorprendida mirada de su vicepresidente, y común amigo, el barón Emmanuele Emanuele, presidente del Museo de Roma y de la Caja romana de Ahorro, el CMC organizó (fue en realidad Pepín quien movilizó a un nutrido grupo de participantes), replanteó una nueva “fase” del Consejo Mediterráneo girando en torno a seis programas prioritarios, entre ellos, un canal TV mediterráneo vía satélite, tras una mesa redonda en la que participaron Adolfo Plasencia, Xavier Vidal-Folch, David Rojo, Alberto Moncada, y en la que se me había previamente asignado (entonces me incorporaron como miembro de la secretaría del consejo del CMC) tratar de la libertad de prensa en el Magreb. Propuse que la próxima reunión tuviese lugar en Málaga, lugar al que Pepín estuvo particularmente vinculado y no sólo por su doctorado en su universidad. Él, que había profesado en universidades americanas, alemanas, francesas, italianas y españolas, optó por doctorarse también por la UMA, lo que presagiaba el desarrollo de un importante departamento de ciencias de la información y de la comunicación en dicha universidad. La sociedad mundial de la información y de la comunicación fue objeto particular de sus numerosos libros, ensayos y artículos de divulgación. Llegó a firmar varios de sus artículos como “comunicólogo”. El entonces director general de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza, lo nombró consejero especial lo que contribuyó, sin la menor duda, a la re-intelectualización de esa Organización internacional y a su apertura mediterránea. De ello, fui testigo privilegiado. Pepín Vidal fue un estudioso siempre a la escucha de la problemática mundial y de los efectos colaterales de la globalización aplicando los instrumentos de análisis que mejor conocía, los de la filosofía y la sociología de las comunicaciones de masas. Fue también un incesante organizador que se inspiraba en una inagotable fuente de ideas propias y adquiridas (conocía muy bien la sociología americana, alemana y francesa, habiendo sido discípulo de Merleau-Ponty en la Sorbona). Optó por la austeridad intelectual y el rigor analítico, sin menoscabo alguno de su gran capacidad de divulgador vocacional bien enraizado en sus principios éticos. Peripatético allá en donde se encontrase, tenía un gran sentido de la amistad que gustaba celebrarla, siempre atento al aprendizaje y al feed back de la conversación. Compartimos a distancia tareas en la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras. Las dos últimas veces que nos encontramos fueron sintomáticas: iba en un avión desde París a Madrid para presentar dos libros en la Fundación Carlos de Amberes; en la escalerilla había quedado el sillón de ruedas. La otra, camino de su casa parisina, en una agencia de correos de Montparnasse, con gran lucidez, y no poco entusiasmo, rebosante de ideas y de proyectos, su cabeza no dejaba de funcionar a pesar de la erosión propia del devenir sorprendente. José Vidal Beneyto fue un electrón libre, irradiando mucha luz, que entró, con brillantez, esfuerzo y tenacidad en la historia del pensamiento español contemporáneo. Se fue apagando en una cama de hospital de la Ciudad de las Luces, corrigiendo galeradas de uno de sus últimos manuscritos, con el apoyo y el calor inquebrantable de Cecile. Fue la última distribución de tareas que ambos habían llevado a cabo durante muchos años. Fue su última señal de vida que nos dejó para ayudarnos a anticipar futuros y para ver un poco más desbrozado los horizontes por venir. Desafiante trabajo colectivo e individual que con él seguiremos compartiendo.
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N.B.- Publicado en SUR (Málaga) el 19/3/2010. Revisado y ampliado.
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Francisco J. Carrillo
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