La demografía histórica y el mito de la identidad
12.03.10 @ 14:24:37. Archivado en Tradición y modernidad
La demografía histórica quizá sea la ciencia social más apasionante. Su misión es la de navegar marcha atrás y a contracorriente para llegar a esbozar siquiera la evolución de las poblaciones incluso ante de que el humanoide descubriese la utilidad de la piedra, del hierro, del fuego, del bronce, por no entrar al trapo del descubrimiento de los colores que se perpetúan en Altamira, Lascaux, Nerja….o sobre las insólitas laderas del Akakus libio, como botones del muestrario. La demografía histórica ha llegado a estimar el total de la población que se ha ido sucediendo en el planeta Tierra. ¿Tomaron los demógrafos, como punto de partida, a una de las más hermosas metáforas disponibles, aquel Paraíso Terrenal con Adán y Eva? ¿Y si, por ventura, miles de años atrás aterrizaron en nuestra hoy “casa común” antecesores humanos con los que, sin saberlo a ciencia cierta, compartimos ADN? Si se observan detenidamente las pinturas rupestres del Akakus, se tiene la impresión de estar visionando a seres humanos con su paracaídas. ¿Qué observaron aquellos pintores rupestres? De momento nos quedamos con las interpretaciones propias de cualquier fantasía a falta de otras fuentes “culturales”. Darwin se limitó a observaciones verificables que dieron fundamento a la evolución de las especies sobre la tierra o a aquellas vez realizado el “aterrizaje”. Se dice que en las profundidades marinas de algún lugar del Pacífico, y en condiciones peores que el infierno (si cabe en mente alguna –salvo Dante- representarse a lo infernal) “vive” una bacteria. Y que algunas de esas bacterias escaparon a ese hábitat desolador y se mutaron en pez que surcó océanos. Y que ese pez llegó en cierta ocasión a la orilla-tierra y se convirtió en palmípedo volador. Con el transcurso del tiempo fue adaptando su morfología para transformase en simio que andaba con cuatro extremidades, pero no lograba ver todo el horizonte. Por ello, se erigió y llegó a andar sobre dos patas (piernas) y las otras dos (brazos) descubrieron el dominio de las manos. Largo proceso de adaptación al medio y largo proceso de desarrollo del cerebro y de la actividad sensitiva y perceptiva. El orangután fue la referencia inmediata para la especie humana. Ir hasta aquella bacteria “viva” (que aún sigue coexistiendo con nosotros los humanos, al igual que otros orangutanes que no mutaron) parecía de no recibo a nuestra “inteligencia” actual. Un amigo, muy perspicaz y no por ello menos científico, me decía un día que en el inicio de las cadenas genéticas ha de encontrarse el ADN de Dios. Pero que nadie logrará aislarlo en un laboratorio, ni siquiera en el acelerador de partículas última generación que ya comenzó su trabajo en los subterráneos fronterizos de Suiza y Francia.
La demografía histórica tiene grandes limitaciones. Apenas sabemos, por falta de pruebas y de testigos históricos, como se “vivía” en la Edad Media. La hemos reconstruido con muchas dosis de imaginación y no con menos dosis de errores. ¿Cómo representar, miles de años atrás, la “cultura” que se segrega en la transformación de la citada bacteria en pez anfibio y sus posteriores consecuencias?
Recurramos a un ejemplo apenas conocido masivamente: Cabe imaginar que el pueblo Algolquín, a quien los holandeses, si no recuerdo mal el dato, compraron Manhattan por el módico precio equivalente a 40 dólares, se protegía mejor del frío intenso y de la nieve que los actuales residentes de Nueva York. Aquella tribu vivía en un hábitat natural con árboles, riachuelos, montes bajos que deberían recordar a la tetilla gallega, flora y algún que otro bisonte. Combatían a la gélida estación con pieles bastante bien curtidas, fuego de los bosquecillos que posteriormente desaparecieron gracias al hacha de la colonización; también se calentaban con buenas dosis de danzas rítmicas. Aquel territorio algolquín fue aplanado, los afluentes desecados, los árboles cortados, los animales de pieles duras emigraron a los valles de las montañas nevadas quedando algunas ardillas en Central Park, y los ejercicios de la danza ritual se sustituyeron por los pilates en salas cerradas y bien caldeadas para el placer corporal de los golden boys, traders e inquietos ciudadanos por su perfil físico. La tierra paradisíaca algolquín quedó literalmente arrasada para dar cabida a la mayor concentración de rascacielos del mundo a la que le pisa los talones el nuevo Shanghai que en pocos meses inaugurará su Expo Universal. A los indios Algolquín se les rememora sin embargo en un lugar rebosante de encantos arquitectónicos y de nostalgias de escritores y divas de tertulias literarias (Dorothy Parker, Faulkner…): un hotel que lleva ese nombre tribal a dos pasos del Empire State Building. Una vez allí, ¿quién no cae en la tentación del pescado a la espalda estilo Kellari o de un dry-martini en el bar del Club de Harvard? O si me apuran, de los rollitos de primavera vietnamita, con tufos de la Indochina de Duras y Catherine Deneuve –mi vecina escolar de padres bien avezados-, decorados auténticos del Le Colonial. Hoy, Manhattan, es un laberinto en donde nadie se pierde y en donde todo puede olvidarse, incluso cuando los ancestros de los Algolquin atravesaron hace 50.000 años el estrecho de Bering para dejar Asia. Esa fue una de tantas corrientes migratorias cuya diversidad la encontramos en los actuales pobladores del mundo en proceso de irrefutable mestizaje. El ser humano, al romper las barreras de la endogamia, redescubrió la unidad de la especie. ¿Por qué sorprendernos, hoy, que Asia irrumpa en Occidente a través de los Mares del Sur recreando sin cesar la alternativa de matrimonios mixtos? ¡Qué razón tenía aquel ejecutivo brasileño al decirme que nada ni nadie puede encauzar las migraciones que atraviesan el interior del Nordeste para llegar a Sao Paulo! Puede que en la mezcla se encuentre la supervivencia de la Humanidad incansable de caminar sobre cadáveres para seguir encontrando energías de vida, recreando culturas y nuevos mitos que pretenden descubrir el misterio sin lograrlo.
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Francisco J. Carrillo
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