Con Mario Vargas Llosa en un itinerario del deber de la memoria
06.03.10 @ 19:55:56. Archivado en Sociedad y cultura
Artículo publicado en el Anuario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo
(www.realacademiasantelmo.org)
DESDE la carretera de montaña se oteaba un panorama de belleza. Todo era sorprendente. La naturaleza hacía años que se había revestido con los colores mutantes de las alturas. Atrás quedaba Salzburgo con la recreación imaginaria; apenas a treinta kilómetros de distancia. La subida a las cimas filtraba la realidad de la ciudad de Mozart como una maqueta en la que sus contrafuertes estaban apuntalados por partituras acumuladas, sedimentadas por la erosión del tiempo, por la paz que llega de la mano de los horrores de la guerra como las visiones de Kieffer o como las angustias poéticas de Paul Celan.
¿Adónde nos llevaba a unos amigos de la música ese camino angosto, esa subida balizada por indicadores en alemán, esa minuciosa obra de ingeniería, metro a metro, peldaño a peldaño como aquella acongojante subida a las cimas del Monte Sinaí que laboriosamente construyeron día a día las tropas napoleónicas? El vértigo de los precipicios se confundía, sin solución de continuidad, con los partos multicolores de la naturaleza que impone su ley cuando pretendemos acelerar los pasos o el motor del vehículo para llegar lo antes posible y tocar el cielo.
Los Alpes bávaros estaban desprovistos de nieve. Era verano, estío caluroso cuyo sol se entremetía por el cedazo de los árboles que volvieron a respirar oxígeno de vida y no gas de muerte. El entorno también se presentaba, a veces, pintoresco, con algunos estereotipos del Tirol. Presentía que algo de la inconmensurable capacidad de muerte y destrucción a la que a veces llega la mente humana se acercaba. Sabía que la flora de los picachos púdicamente cubrió las huellas de la sin razón. Un letrero anunciaba Berchtesgaden a lo lejos, pero muy cerca porque todo parece diferente y las escalas se falsean cuando uno está arriba. Sí, no hay duda de que allí estaba la casa de Wachenfeld en donde Hitler finalizó el “Main Kampf”. Y comenzaron a resonar en los receptores del cerebro los gritos inquietantes de Herman Göring, de Martin Borman, de Goebels, de Keitel, de Jodl y del arquitecto nazi Albert Speer. Todos vivieron en aquellos montes con el Führer y Eva Braun. Allí, en esos parajes que eran de paz, se construyó la Berhof, la mansión de Hitler, siempre más alta, a 1 700 metros; y más, y más arriba, a 1 834 metros de altura, la Kehlsteinhaus, el “Nido de Águilas”. Los jefes nazis convirtieron el lugar en un centro de poder militar, de decisión del exterminio, de bocetos del Holocausto, de conquista del mundo. Una superficie de 10 km. cuadrados rodeada por un cercado de 27 km. Casas para los próximos del Jefe comunicadas entre sí por subterráneos blindados; sala de máquinas del bunker del Alto Mando de la Werhmacht; armarios a prueba de bombas; construcciones para la tropa. Un total de 4 100 m. cuadrados construidos y casi 3 km. de galerías. Allí, endiosado sobre el planeta, Hitler, con parte de su Estado Mayor, diseñó día a día las etapas del mayor exterminio contemporáneo basado en una ideología que calificó de científica. De allí fueron expulsados unos 400 habitantes pacíficos para que nadie fuera testigo de los siniestros movimientos del Führer. Y los que se opusieron a abandonar sus modestos refugios de montaña, fueron expedidos a campos de concentración.
Un 25 de abril de 1944, los bombarderos británicos atacaron ese inimaginable complejo que fue ocupado por las tropas liberadoras del general Leclerc. En 1952, el gobierno alemán decidió destruir por completo la mansión (la Berghof) de Hitler para que no quedase una sola piedra que pudiera ser conmemorativa de nostálgicos del nazismo.
Una pancarta da la señal de un centro de documentación sobre la época, instalado en una de las antiguas galerías acorazadas. Mario, Patricia y los otros amigos penetramos en silencio, sobrecogidos por lo que íbamos viendo y observando. Una cosa es llegar a alcanzar la percepción teórica de los artífices de tantos crímenes contra la Humanidad, y otra es verse de repente contrastado in situ con las referencias concretas, nombres y apellidos, cargos y responsabilidades, de los que diseñaron la máquina de guerra y ordenaron las masacres sucesivas precisamente desde ese enclave de los Alpes bávaros. ¿Cuántos criminales habrían deambulado por ese subterráneo, hoy museo? ¿Cuántas veces el mismo Hitler y Eva Braun habrían hecho ese camino a la luz de las antorchas ante su indiferencia por tanta sangre derramada?
Nos embargó, sobrecogidos por tanto horror, una congoja colectiva. Apenas una pregunta. No eran necesarias. Apenas un comentario ante la evidencia de los hechos. La galería subterránea presionaba sobre nuestras almas casi de puntillas. Hice un gesto imperceptible para recorrer fugazmente los rostros de los amigos, Mario y Patricia entre ellos. Silencio, ejercicio callado del deber de la memoria y entrañable recuerdo de millones de víctimas inocentes.
A la salida del espanto de ese túnel del tiempo, el sol radiante nos recibió con mensaje de vida. El primer pensamiento, y el único: que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos jamás, pasen de mano en mano la llama de la libertad para que nunca, jamás, permitan pasivos ni lleguen a ser víctimas de tanta barbarie archivada en las montañas cerca de Berchtesgaden.
A la salida, sobre un mirador austero y sin aderezos, le pregunté a Mario Vargas Llosa: ¿Por qué en tu “Gauguin”, al referirte a Flora, añades la coletilla de “la andaluza”?... En el horizonte se dibujaban las luces de Salzburgo que aún reensayaba en sus virtuosos corazones aquella histórica representación de La Traviatta que, según dicen los entendidos, condujo a la voz Villazón al Parnaso.
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Francisco J. Carrillo
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