Ha muerto José Vidal Beneyto, uno de los grandes intelectuales españoles cuya obra será objeto de disección a partir de ahora, justo en el momento en que se nos fue. La llamada posmodernidad casi llegó a borrar la palabra “intelectual” del diccionario de la calle y a banalizar la tarea de mejor conocernos. Vidal Beneyto, siempre Pepín para sus amigos, fue un pensador infatigable y “agitador cultural” con las armas del conocimiento y de la palabra (hasta Juan Marsé en “La últimas tardes con Teresa” se hizo eco de esos “activistas de la cultura” inventando el genérico de los pepinvidales). Jugó un papel aglutinador de voluntades en la pre-Transición de España, así como, posteriormente, a favor de la apertura y del diálogo intercultural desde una dirección del Consejo de Europa.
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La demografía histórica quizá sea la ciencia social más apasionante. Su misión es la de navegar marcha atrás y a contracorriente para llegar a esbozar siquiera la evolución de las poblaciones incluso ante de que el humanoide descubriese la utilidad de la piedra, del hierro, del fuego, del bronce, por no entrar al trapo del descubrimiento de los colores que se perpetúan en Altamira, Lascaux, Nerja….o sobre las insólitas laderas del Akakus libio, como botones del muestrario. La demografía histórica ha llegado a estimar el total de la población que se ha ido sucediendo en el planeta Tierra. ¿Tomaron los demógrafos, como punto de partida, a una de las más hermosas metáforas disponibles, aquel Paraíso Terrenal con Adán y Eva?
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Artículo publicado en el Anuario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo
(www.realacademiasantelmo.org)
DESDE la carretera de montaña se oteaba un panorama de belleza. Todo era sorprendente. La naturaleza hacía años que se había revestido con los colores mutantes de las alturas. Atrás quedaba Salzburgo con la recreación imaginaria; apenas a treinta kilómetros de distancia. La subida a las cimas filtraba la realidad de la ciudad de Mozart como una maqueta en la que sus contrafuertes estaban apuntalados por partituras acumuladas, sedimentadas por la erosión del tiempo, por la paz que llega de la mano de los horrores de la guerra como las visiones de Kieffer o como las angustias poéticas de Paul Celan.
¿Adónde nos llevaba a unos amigos de la música ese camino angosto, esa subida balizada por indicadores en alemán, esa minuciosa obra de ingeniería, metro a metro, peldaño a peldaño como aquella acongojante subida a las cimas del Monte Sinaí que laboriosamente construyeron día a día las tropas napoleónicas? El vértigo de los precipicios se confundía, sin solución de continuidad, con los partos multicolores de la naturaleza que impone su ley cuando pretendemos acelerar los pasos o el motor del vehículo para llegar lo antes posible y tocar el cielo.
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