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El riesgo de la paz

Permalink 20.01.10 @ 14:19:42. Archivado en Artículos en Diario Sur, Sociedad y cultura

Hédi Annabi, jefe de la Misión de la ONU en Haití, falleció en acto de servicio. Estaba en su despacho en el edificio de Puerto Príncipe, al igual que otros doscientos funcionarios de Naciones Unidas

Lo que presentíamos se convirtió en realidad. Tras varios días de incertidumbre, el secretario general de la ONU ha confirmado la muerte de Hédi Annabi, su representante personal y jefe de Misión de las Naciones Unidas en Haití. Dos razones de peso me han llevado a escribir esta nota a título póstumo: la profesionalidad ejemplar del alto funcionario internacional y la amistad que nos unía. Diplomático totalmente entregado a la consecución de la paz en el mundo, Hédi Annabi tenía como norma de conducta pasar desapercibido, siempre en segundos planos siendo como era Subsecretario General Adjunto de la ONU y siendo como fue el responsable de la ONU para todas las operaciones de paz en el mundo. Optó, voluntariamente, por asumir el cargo de Jefe de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) y Ban ki Moon, Secretario General, le nombró también su representante personal en el país más pobre de América latina y Caribe. Cambió Nueva York por Puerto Príncipe. Lo hizo motivado por una sensibilidad y compromiso que, en verdad, a nadie se le puede exigir. Le conocí años atrás cuando asumía las responsabilidades de Jefe de Misión de la UNESCO en Túnez y en Libia, así como las funciones de Consejero regional en el mundo árabe. Lo volví a encontrar cuando asumí las tareas acumuladas con las de UNESCO, como Coordinador Residente/Embajador en Túnez del entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan. Compartimos trabajos de campo, junto a Kofi Annan, en un viaje oficial en tierras del Magreb. Establecimos lazos de amistad y de complicidad a favor de la paz, que se reafirmaron en numerosos encuentros posteriores en su despacho oficial de Nueva York o durante épocas de vacaciones, celebrando esa amistad sin que mediase el menor atisbo de adulación o prepotencia con otros comensales enraizados en la vieja tradición que dice: siempre se está de paso en el cargo para el que uno fue nombrado, en nuestro caso, al servicio de la cooperación multilateral y la paz.
Hédi Annabi falleció en acto de servicio. Estaba en su despacho del edificio de la ONU en Puerto Príncipe, al igual que otros 200 funcionarios de las Naciones Unidas. El seísmo hizo que ese edificio se derrumbase en su totalidad. El terremoto acabó para siempre con la vida de Hédi, como había ocurrido en Bagdad cuando un misil sesgó la vida de otro voluntario, que fuera también alto funcionario de la ONU para los Derechos Humanos, Sergio Vieira de Mello, representante especial de Kofi Annan en Irak. Ambos tenían el mandato de la pacificación, el uno a través de la "estabilización" de Haití, el otro a través de una difícil negociación con iraquíes y con el mando de las tropas norteamericanas en una guerra que no estaba legitimada ni legalizada por el Consejo de Seguridad de la ONU. Ambos tenían a sus órdenes "políticas" varios miles de cascos azules (en Haití más de 6.000). Ambos dejaron los despachos negociadores del Palacio de la ONU en Nueva York para descender al terreno de la complejidad negociadora en los escenarios de las operaciones para conseguir, en términos reales, esa paz.
Hoy Hédi Annabi, ayer Sergio Vieira de Mello, consiguieron con creces eso de ganarse a pulso morir al servicio de la paz y conquistar la serenidad perpetua de una paz después de la muerte. Esa serenidad de fin de biografías que de inmediato se convierte en ejemplo y en aliciente para aquellos muchos que siguen en la tarea de lograr que en el mundo se cambie el odio y los enfrentamientos armados por unas alternativas de coexistencia pacífica y de sólida convivencia.
Visto desde esta óptica, quizá se pueda llegar con menos dificultad a comprender la presencia de miles de cascos azules en determinadas partes del mundo (Afganistán. Líbano, África, Haití, Irak de nuestros días, y, sin duda, próximamente el Yemen). Las operaciones de paz que llevan a cabo los cascos azules son militares, incluidas las llamadas fuerzas de interposición. Se trata de operaciones armadas que cubren una incesante búsqueda del entendimiento (allí donde sea posible), de formación, de ayuda a la población civil. Pero ninguna operación militarizada está exenta, a priori, de riesgo (el riesgo por la paz), incluso el que significa sacrificar la vida. El brillantísimo discurso del presidente Obama, cargado de humanismo, cuando recibió el Nobel de la Paz, definió claramente y sin ambigüedades, el marco de referencia en la perspectiva de que la paz no es sólo ausencia de guerras. Pero a veces conseguir la paz implica verse inmersos en el combate por muy defensivo que el combate lo sea.
He perdido un amigo. Ya no será posible compartir un café americano en Nueva York, un jugo de mango en Puerto Príncipe o un cuscús de pescado en algún lugar de La Marsa tunecina. Ante la desaparición de Hédi Annabi, en condiciones tan dramáticas, solamente queda a sus amigos evitar el tópico laudatorio, tan gastado y a veces tan falso, de 'maestro'. Pero, en realidad, lo era por su estilo de vida, por su exquisito profesionalismo de diplomático austero y sobrio, por su conocimiento confirmado del Derecho internacional público, por su entrega sin reserva al servicio de la comunidad internacional y, sobre todo, por su alto sentido de la amistad que jamás traicionó y que siempre modulaba con altas dosis de humildad intelectual, que no admitía el mínimo boato ni la mínima tentación de la devastadora 'arrogancia magistral'. Bajó desde las cúspides para irse voluntario a uno de los países más pobres del mundo y así compartir con su muerte la muerte de más de 200.000 haitianos, su última acción de solidaridad.


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