El diálogo como ética
05.11.09 @ 14:44:13. Archivado en Personajes, Artículos en Diario Sur
(SUR-Málaga, 3.09.2009)
Conocí a “Don Joaquín” hace algunos años... Desde aquel entonces no se rompió el hilo de la comunicación, con él siempre fecunda, hasta que los misterios de la vida fue apagando su memoria en su hogar de la Plaza de Cataluña en Madrid. La triste noticia de su tránsito al más allá – ¿cómo no mencionar el “más allá” al referirme precisamente a Joaquín Ruíz-Giménez? – ha conmovido, sin la menor duda, a todos los que por él fuimos iniciados en el diálogo como instrumento ético. Y para saber ejercer de dialogante es preciso estar dotado de una enorme apertura de espíritu – sobre todo, en la década de los 50 y en las que siguieron hasta que la voz y la palabra escribieron y proclamaron la libertad de expresión. Y también es preciso saber evolucionar para que el diálogo sea eficaz y marque el ritmo de los pueblos como así fue en España. Joaquín Ruiz-Giménez fue el precursor clarividente de la transición democrática, sin ruptura, cuando muy pocos apostaban por ella. Al impulsar la revista “Cuadernos para el Diálogo” como plataforma de ejercicio de una libertad pre-democrática, él apostó definitivamente por una evolución sin ruptura para la que sería necesario “formar en la práctica del diálogo" a centenares, por no decir miles, de personas. Hoy comprendo mejor que tuve el gran privilegio de estar y colaborar en ese amplísimo espacio de pareceres. Desde allí, por vez primera y a título de ejemplo internacional, se planteó abiertamente la necesidad de establecer relaciones diplomáticas con Israel en un editorial cuyo autor no me es desconocido, al tiempo que se iba tomando “posiciones” cada vez más nítidas sobre la “cuestión palestina” y sobre los derechos del pueblo palestino a su liberación (lenguaje de aquellos tiempos). Años después, Felipe González firmó las relaciones con el Estado de Israel, fundamental para poder influenciar en la resolución de la “cuestión palestina”, decisión acertada como lo demostró la ulterior “Conferencia de Madrid”. La “rebelión cultural” del Mayo 68 francés mereció dos artículos hasta que la censura gubernamental cortó por lo sano y prohibió en todo el Estado cualquier referencia a esos hechos. (Propuse la publicación de unos ingenuos poemas, que traduje, y fue liquidada en su totalidad. Parece que fue hace dos siglos y, simplemente, fue ayer…). “Cuadernos para el Diálogo” no era una mera publicación mensual. Fue un “lugar de encuentro” de lo que podríamos calificar como “tendencias evolutivas” gracias a la práctica del diálogo. De allí salió una gama variopinta de “cuadros” (UCD, AP, PSOE, PCE, PNV, CiU, Andalucistas…) que garantizaron, tras la muerte del general, la evolución pacífica de España. Costó lo suyo pero fue posible. La España de hoy es heredera directa de ese esfuerzo a favor del entendimiento, junto a otras tantas contribuciones. En “Cuadernos” aprendimos a “escuchar al otro”, a “aceptar al otro” y hasta lograr “caminar juntos”. Aprendimos a vivir en paz, que no es poco. Si no, que se lo pregunten a las jóvenes generaciones. A Joaquín Ruiz-Giménez le corresponde el reconocimiento histórico, sin la menor tentación de caer en el tópico, por su innegable aportación a la comprensión mutua en la vertebración de la España democrática. Parte de sus más queridos epígonos estuvieron detrás, o en primera fila, durante la redacción de la actual Constitución.
Don Joaquín era una persona muy entrañable y generosa, siempre dispuesta a cualquier compromiso para hacer avanzar situaciones difíciles. Tuve múltiples ocasiones de comprobarlo tanto en su despacho de la Facultad de Derecho de Madrid, como en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, como en su casa de calle Velázquez años antes de trasladarse a la Plaza de Cataluña, como en su residencia veraniega en Sant Antoni de Calonge en la Costa Brava. Jurista muy destacado, nunca se desistió de defender “casos difíciles” o menos difíciles que personalmente conozco porque en ello intervine, sin que él solicitase contrapartida alguna. (Esa época aún está en estudio y análisis para lograr una percepción objetiva y desapasionada). Ya en democracia, lo encontré en sus tareas de Defensor del Pueblo con la incalculable asistencia de Álvaro Gil-Robles y Gil-Delgado, con el que compartí estudios y sigo ahora con la amistad. Viví muy de cerca la “misión” compleja que la UNESCO le encomendó para “informar” sobre las excavaciones arqueológicas que el gobierno israelí llevaba a cabo en la explanada del Muro de las Lamentaciones y que las autoridades palestinas ponían en entredicho porque decían afectar los cimientos de su Gran Mezquita. Don Joaquín demostró, con su sabiduría y experiencia de “diálogo”, firmeza y acierto en sus informes. Lo encontré en el multitudinario homenaje que sus numerosos amigos le organizamos en el Palacio de Congresos de Madrid. Lo encontré cuando asumió, ya entrado en años y con el mismo entusiasmo de siempre, la presidencia de UNICEF-España y lo volví a encontrar el mismo día que dejaba esas responsabilidades a favor de los niños del mundo. Una vez me dijo que “sus mejores momentos” los encontró durante su mandato como embajador de España ante la Santa Sede y ante la Soberana Orden de Malta. Pero en UNICEF se sentía feliz como “un niño con zapatos nuevos” (nunca mejor dicho). Lo seguí encontrando por teléfono y por correspondencia epistolar hasta que su memoria se fue diluyendo en su devenir.
Don Joaquín Ruiz-Giménez Cortes forma parte de la historia de España en su sentido más amplio. Sus estrechos lazos de amistad que tejió en Catalunya y Euskadi (antes incluso de “Cuadernos para el Diálogo”) no fueron estériles. Llegué a pensar que su ceceo andaluz abría puertas y facilitaba la comunicación rebosante de contenido. Era un pensador, uno de los últimos intelectuales que supo, cual exquisito alquimista, mezclar sin confundir la razón y la fe. Ganar elecciones no es garantía alguna para pasar a la historia, aunque los elegidos, por el hecho de serlo, creen que ya son historia en vida. Hay que hacer méritos. Y “Don Joaquín”, con su ética personal como fundamento, los reunió sobradamente en sus 96 años de existencia. Sus discípulos y amigos siempre le quedaremos agradecidos porque nos enseñó lo más complicado de una vida: la apertura de espíritu y el entendimiento con los otros, con el otro, sin condiciones previas, con el solo objetivo de hacer convergentes los caminos. Todo un manual para la convivencia.
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Francisco J. Carrillo
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