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Pan, circo y sangre en la arena

Permalink 09.07.08 @ 15:45:19. Archivado en Tradición y modernidad

A José Tomás, como el mito que inquieta envuelto en sombras

A la Historia (pongámosla con mayúscula) se la ha dividido en épocas creyendo que así la "aprendemos" mejor (aunque es lamentable el poco peso y los reducidos conocimientos de los hechos históricos con que salen de las aulas nuestros bachilleres...). Sin embargo, el gran historiador (yo lo calificaría de pensador) Fernand Braudel -- que aún no fue superado en sus estudios sobre el Mediterráneo-- complicó afortunadamente las cosas introduciendo las civilizaciones. Así pues, para Braudel era improcedente abordar el estudio de la batalla de las Navas de Tolosa o de la Conquista del Oeste americano sin centrar tales hechos en un marco más amplio que es el estudio de las civilizaciones que se esconden detrás tales hechos, y que sin duda los explican con mayor precisión y no menos complejidad.

Braudel neutralizó para siempre las simplificaciones o a las acciones que pretenden impresionar al personal con la memorización de fechas o de la lista de los reyes godos.

El estudio de las civilizaciones constata la existencia de la violencia, así como de sacrificios o públicas ejecuciones de personas humanas y de animales. La vieja civilización china se sabe hoy llegó a un gran perfeccionismo en la aplicación de técnicas de muerte lenta, los aztecas, griegos y romanos, la inquisición de la cristiandad, las guerras con sus enormes desequilibrios armamentistas y tecnológicos.....

Quedé muy impresionado en uno de mis viajes de trabajo al encontrarme, en los parajes de El Jem (que fue el coliseo más grande, en África, tras el de Roma), con un mosaico de tamaño considerable que se refería al espectáculo en ese circo en donde, como en las actuales plazas de toros, el suelo era cubierto de arena y también "se veía" brotar la sangre. En ese mosaico, testigo de una época, varios hombres y unos niños iban camino del coliseo que también aparecía en la perspectiva.

No es difícil imaginar que se aproximaban al espectáculo, al público espectáculo, El mosaico no nos permitió saber de qué clase y estilo: ¿gladiadores?, ¿carreras de cuadrigas? (bastante violentas también), ¿cristianos primitivos desarmados antes bestias salvajes?. Sea cual fuese la naturaleza del espectáculo, brotaría sangre. Eso era lo más excitante. Aún más, el público iba a gritar pidiendo más saña, más crueldad y más sangre. Los niños, según los mosaicos, también iban al circo como aquí, entre nosotros, fueron a las plazas de toro hasta que la ley lo prohibió. En los anfiteatros circulaban los aguadores (en el Jem en agosto se puede superar los 50º) y era cierto aquello de que el gobernador romano mandaba distribuir pan gratuito a todo el mundo.

En El Jem el pan sería de trigo ya que en esa región se encontraba el mayor granero del mundo para abastecer a las legiones romanas. De ahí viene pues la expresión "Pan y circo" que, en interpretación coloquial, quiere decir "démosles fiestas, démosles pan y que no piensen". El público, mayores y niños, se iba acostumbrando a ver la sangre, a familiarizarse con la sangre, a pedir más sangre. En el circo romano existió también "el tremendismo". ¿Cómo reaccionarían esos niños y esos mayores, cuando un tigre y una vaca brava, (según crónicas fidedignas de la época) en secuencias distintas, mataron a zarpazos, mordiscos y cornadas a Perpetua y a Felicidad, que hoy, sorprendentemente, son referentes de algún movimiento feminista de Estados Unidos, además de formar parte del Martirologio Cristiano?.

Se dice que sólo en los primeros años de su existencia activa, murieron en el Coliseo de Roma más de 5.000 personas y más de 2.000 animales.

Tengo varios amigos de amistad cultivada al filo de varios años, todos ellos excelentes "intérpretes", en un sentido lato, del Libro del Islam, que creen que la práctica masiva y totalmente generalizada de degollar corderos en la Fiesta del Sacrificio (práctica prohibida hoy en la Unión Europea), y en la que se inicia a los niños y a las niñas en el seno familiar a familiarizarse también con "la sangre", puede ser un elemento concurrente en el despertar de una violencia simbólica reprimida y que puede llegar a exteriorizarse. Este espectáculo "sangriento" para conmemorar un hecho y celebrar una fiesta religiosa es público y está socialmente interiorizado.
La barbarie o las escenas de representación real de la barbarie han sido una constante que han ido acompañando, ¿y decreciendo?, al ritmo de la evolución de las sociedades. Si el filósofo se atrevió a decir que el "hombre era un lobo para el hombre", ¿cómo no iba a serlo también para los otros animales? El teatro del XVIII es profuso en la incorporación de los animales a las representaciones porque los animales forman parte del universo y de la ternura del dramaturgo o de la espontaneidad de la puesta en escena en las calles y plazas públicas, cuya tradición asumió Salvador Távara con su "Alhucemas", alegoría del nacimiento de Andalucía, con la presencia de los caballos alazanos.
¿Qué ocurre con el público espectáculo de las corridas de toros? He asistido, como aquellos romanos que iban al coliseo de El Jem o de Roma, a muchas corridas en mi adolescencia y en mi juventud ya lejana (probablemente a más de 100) : Mondeño, Ordóñez, Dominguín, Aparicio, El Litri, Miguel Márquez, Bienvenida, los hermanos Girón, Curro Romero, Manolo Segura, Palomo Linares, Miguelín, Vázquez, los hermanos Peralta, Domecq, Bohórquez, y tantos etcéteras, gladiadores del siglo XX. Aprendí a identificar con el lenguaje de la tauromaquia la diversidad de los lances, los tirones y hasta el arrastre (de ahí la expresión popular "está para que lo arrastren"). Aprendí también a clasificar al toro por su color, edad y divisa. Y hasta llegué a ser un "seguidor" de Ordoñez-Dominguín (fui hasta la plaza, "les arènes", de Bayona), admiré la frialdad de Mondeño, el temple del torero-intelectual que fue Antonio Bienvenida, la maestría de Curro Romero y de El Litri........y llegué a tener a mi ganadería preferida, la del "Conde de la Corte". Llegué a ser insensible ante las reiteradas picas, las banderilla o aquellas bárbaras banderillas negras de fuego, así como insensible ante la estocada fatal y las puntillas inciertas. Y lo que ahora veo no con poca distancia de mi mismo, --uno termina evolucionando y si no lo hace uno, terminarán haciéndolo los hijos o los nietos, en son de esperanza--, anteriormente, en la plaza-coliseo, no se inmutaban mis sentimientos cuando parte del público (que se generaliza llamándosele "afición") pedía a gritos "¡arrímate más, arrímate más, arrímate más!", reducción de espacio que el torero no podía conceder a ese público porque hubiera producido la cogida grave o una muerte segura. Escribía Claude Lévi-Strauss, probablemente el mayor antropólogo que ha dado la humanidad fecunda, que "decir que en una sociedad todo funciona bien, es un absurdo". Hoy todo se hace más complejo con la extrema mercantilización de los espectáculos (incluso aquellos en los que se arrebata vida a un animal ante los aplausos de las masas) y con la doctrina, que pretende a todos ponernos firmes, de lo "políticamente correcto", como si se tratara del "Prieta las filas" que era el preludio obligado para iniciar nuestros días escolares. Y es el mismo Lévi-Strauss quien afirma "que el desarrollo del pensamiento moderno favorece la crítica de las costumbres". Hoy sabemos que ni todas las costumbres son leyes, ni todas las tradiciones están exentas de barbarie aunque el imaginario colectivo (y el arrebato-fanatismo) no llegue todavía a ser consciente de ello.
Las tauromaquias de Goya, Picasso y Dalí, los capítulos de gran nivel literario de Heminguay, los volúmenes interminables de Cossío, que llegué a consultar en numerosas ocasiones, los carteles de Revello de Toro y de Eugenio Chicano, poemas y pasodoble, lo real-imaginario popular, la expresión irracional de las manifestaciones de masas (me inquieta y me interesa el fenómeno "José Tomás" pero, por suerte o por desgracia, ya no puedo ir a verlo), las múltiples interpretaciones de una tradición (¿bárbara o culta?) que se llegó a calificar de "fiesta nacional" tantas veces de luto por la sangre en la arena que nunca rebrotará y tantas por la belleza que se desestructura en un corto espacio de tiempo para convertirla en el cadáver arrastrado del que fue referente de una naturaleza rural de extraordinaria serenidad y paz, cuyo silencio sólo lo rompe el hondo quejío del mugir del destete o el combate con armas iguales, propio de los celos de la naturaleza.
Hace unos años, un presidente-director general de una empresa de videojuegos me contaba que en Alemania la sangre, el color de la sangre, el color rojo sangriento, está prohibido en esos productos lúdicos. Hay que borrar ese color de impacto sencillamente porque puede ser "interiorizado" y llegar a ser generador de violencia, y no sólo la simbólica. ¿Cómo es posible --al igual que en los cosos romanos-- que se aplauda a las medias verónicas que preludian la muerte con el traslado al lenguaje taurino de una terminología neotestamentaria inspirada en aquella mujer que limpia la sangre del rostro del Cristo, ya ensangrentado, cuando en el ruedo aún no sonó el tercio en el que va a comenzar la penetración y desgarramiento sanguinolento de la piel del toro?
Alegorías, metáforas, parálisis del imaginario colectivo, han entrado de lleno en un mercado sin regulación y sin pedagogía de las sensibilidades. Sí, sé perfectamente bien que las cosas son como son hasta que dejan de serlo. No voy a rasgarme las vestiduras a estas alturas. Para mí hoy, y no ayer, es poco digno ver al toro bravo, rey de las dehesas, maltratado y malherido en proceso irreversible de muerte en la plaza, como poco digno lo es también ver al león, rey de la selva, drogado y disminuido en los circos que todavía llevan este tipo de animales. Para mí es de horror máximo ver a una persona, torero o torera, malheridos, cogidos, quizá con ulterior noticia de su fallecimiento en un hospital de campaña, en un quirófano de emergencia. No logro despejar el trasfondo de la práctica de la siguiente incógnita: ¿Es arte, es cultura, dominar con sangre y disminución de facultades a un animal para hacerlo pasar por el aro y después ser arrastrado a los corrales? Al menos, los tigres pasan por entremedio de los anillos de fuego y después se les deja vegetar entre las rejas de un vagón circense...aunque hayan arrancado la mano de un domador...
Llego a ser escéptico y muy dubitativo. ¿Hay que recurrir, de nuevo, a don Jacinto, para abrirse paso e intentar ver la luz al final de la maraña de tantos intereses creados? ¿Se trata quizá de una cuestión de votos electorales que impide limpiar para siempre la arena de sangre? ¿Cultura? ¿Arte?. No. No lo creo. De serlo, sería de obligado cumplimiento su estudio por nuestros escolares. ¿Tradición? Algunas tradiciones se acaban porque no deben perpetuarse cual esperpentos a lo Valle Inclán. Para mí, al final de una decantación provisional, llegaría a la siguiente conclusión espontáneas : prioridad absoluta a la protección de la vida humana. Todo tipo de ruletas rusas ante un público ansioso de riesgos, debería estar prohibido por la ley, así como todo espectáculo público con maltrato y muerte -lenta o rápida- de animales.
Hasta aquí la opinión, una opinión no acusadora porque no soy fiscal, ni deliberante porque no soy magistrado, de alguien que hace años (segunda infancia, adolescencia y juventud madura) practicó lo contrario, que lo asume y de lo que no se arrepiente. Es una opinión de un ciudadano de a pié que, por supuesto, nunca negará el saludo ni las periódicas celebraciones de la amistad a mis amigos taurinos y que continuará muy intrigado por el tejido del imaginario colectivo despertado por la fenomenología subyacente, mítica, de José Tomás, al que le deseo larga vida. Ya no puedo deseárselo a Manolete, el más grande de su época...
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trasladar la responsabilidad de los actos de los espectadores (por ejemplo, la interiorizacion que comenta Usted) al torero, no solo es injusto, es tambien una perversion moral (muy propia de nuestro tiempo de correccion politica).
Al fin y al cabo, lo que hagan los expectadores, y todo hijo de vecino en general, es responsabilidad de cada uno.

PD: que conste que no me gusta el toreo
Enlace permanente Comentario por Jorge Perez 09.08.08 @ 00:51
hay cosas mas importantes que la vida, aquellas donde el sacrificio personal merece la pena.
No se si los toreros arriesgan la suya por arte, por valentia o por dinero. Quizas un poco de todo. Para mi, lo que hacen es lo importante, los expectadores son lo de menos, el detalle insignificante en algo mas grande que las personas.
Al fin y al cabo, cada uno es responsable de sus acciones. Si quiero arriesgar mi vida, nadie me lo deberia impedir mientras no haga danyo a terceros.
Enlace permanente Comentario por Jorge Perez 09.08.08 @ 00:48
Sr Carrillo, nos dice que "Todo tipo de ruletas rusas ante un público ansioso de riesgos, debería estar prohibido por la ley, así como todo espectáculo público con maltrato y muerte -lenta o rápida- de animales." Le pregunto: cuando veia a Ordoñez-Dominguín lo hacia para verlo sangrar, para ver sangrar al toro? no, lo hacia porque habia algo mas, arte si quiere, peligro quizas.
A veces, en nuestra Sociedad damos demasiado valor a la vida y nos olvidamos que la muerte es parte de ella.
Enlace permanente Comentario por Jorge Perez 09.08.08 @ 00:43

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