Los samuráis del Parnaso
06.06.08 @ 04:44:12. Archivado en Artículos en Diario Sur, Sociedad y cultura
HACE unos días que Pablo García Baena deja a Córdoba por sólo unos instantes y llega a Málaga para recibir la Medalla de Oro de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo. Silencio en las calles. Lleva y trae consigo la lucidez de la palabra en estado de poesía, esa palabra que, como la luz, nunca muere. (Y que se me perdone la exageración). Formalismo de un ceremonial propio del Salón de los Espejos de la casa de toda la ciudadanía., Amigos, lectores fieles y transeúntes sin nombre; quizás algunos actores de la puesta en escena de las madres nutricias de la endogamia. Catarsis de la decantación de la palabra. Silencio en las calles. Pablo es un poeta que disecciona el verbo en donde no germinan los coros griegos de los lamentos o de los griteríos cuando chocan los botafumeiros.
Dos textos memorables que van manando de la memoria del subconsciente porque de lenguaje poético se trata ―y así el maestro de ceremonias lo había anunciado―. Pablo García Baena recibido con laudatio por María Victoria Atencia. Dos páginas magistrales propias del lenguaje de los dioses y de las diosas sin ambición de serlo porque son samuráis del Parnaso -como Mozart y otros agraciados- que conocen muy bien la finitud de la grafía expresiva, préstamo, transitorio y fortuito, de las divinidades.
María Victoria la académica sabe romper, innovadora ella, con las tradiciones académicas, y colma a Pablo García Baena con la exquisitez de unas líneas hilvanadas que giran sin cesar en torno a las metáforas del pozo tan significante para los que a duras penas extraen la poesía de sí mismos. María Victoria, tomando a Federico García Lorca como punto de apoyo, logra la difícil exuberancia de la sobriedad con una entonación casi imperceptible que suele acompañar a los que caminan apenas de puntillas. Pablo, por su parte, rastrea con el escáner de quinta generación del poeta que sabe echar raíz en la tierra que es de todos, las huellas de su propia memoria en ese ir y venir, con intensidad variable, entre la Córdoba de sus orígenes a los que regresó como todos los que pueden retornar y la Málaga madre (¿madrastra?) adoptante, cálida que, en esta ocasión, dio a luz, de la mano de Pablo, a aquellos Cánticos de poesía compartida. ¡Qué belleza, qué destellos! Pozos artesianos que esperan sin saberlo la llegada de los semiólogos y de los psicoanalistas escrutadores de lo que fue invisible.
Pablo es memoria de presente que acumula y sedimenta las huellas entrañables del pasado, con pausa y sin prisa alguna. Y como las ceremonias suelen dar de sí lo suficiente para intercambiar algunos recuerdos que acabarán en la pira expiatoria del olvido o de la reinterpretación, rememoramos aquel encuentro en París en el café Le Madrid (tan frecuentado por Baudelaire, Parfum qui fait rêver aux oasis lointaines...), poesía, flamencos, gastronomía andaluza. Pablo García Baena, Rafael Pérez Estrada, José Ignacio Díaz Pardo, René Robert, Anne-Marie Virelizier..., invitados poetas en París que iniciaba la década de los 90, (porque no sólo se hizo Poeta en Nueva York, asombro y renovación), por la asociación cultural Hispania que una día se fundó en Francia con los resíduos de una emigración asentada y que aún perdura fiel a sus itinerarios después de más de quince años. El café de los grandes bulevares que hoy atraviesan el centro urbano parisino, tornó aquel anochecer en café literario, en café cantante, en lugar de la grande bouffe gracias a los cocineros herederos de Al Andalus. Poemas tras poemas engarzados. Poetas-tribunos que van subiendo al estrado para comunicar los versos al personal en transe de euforia. Recuerdo a Rafael desgranando fonemas que transmitían un hálito de vida diferente al tiempo que irradiaban sueños y realidades. Recuerdo a Juan Ignacio emanante de ritmos y de tonalidades que invocaban a la proximidad de la perfección sensible del lenguaje. Recuerdo a Pablo desbordando los límites del senequismo discreto y reflexivo para convertir la velada, comensales, guitarras, quejíos y palafreneros de las aceras, en noche de poesía que engancha y que también embarga. Y recuerdo, entre otros que la memoria no borra pero aleja, a Anne-Marie (Ana María) cautiva de los flamencos, de esa diversidad, de una cultura que todavía no llegó a ser reconocida como Patrimonio oral de la Humanidad a pesar de la opinión sin reserva ―y tengo constancia de ello― de Juan Goytisolo que fuera presidente del jurado internacional que debía decidir. Pero Juan era un voto interpares que nunca alzó la voz pero sí la palabra.
Se dice que los acuerdos diplomáticos se cierran en almuerzos, cenas y recepciones, y no en la frialdad de los despachos; que se concluyen en las trastiendas de las más importantes ferias del libro (como la de Frankfurt), en las del Arte Contemporáneo (ARCO, FIAC, Art Basel, Frieze Art Fair, etc.) o, incluso, durante el Festival de Música de Salzburgo en donde casi todo se llega a definir en la terraza decadente del hotel Sacher. Detrás de las formalidades rituales de la vitrina se esconde el encuentro más personalizado, más cálido o más pragmático al que no escapan, por demás, los marchands, los industriales de la cultura, los poderes mediáticos o los paparazzi. En ese espacio de privacidad se imponen los mecanismos del mercado del libro y del arte, y también logra salir adelante la mutua fecundación del intercambio y la celebración de la amistad sin condiciones. Aquellas “definiciones polivalentes y tolerantes”, que enraízan la ternura personal y la comunicación humana en sus orígenes, “sin patria y sin fronteras” (salvo las definitorias y evolutivas de la especificidad individual) como diría Julia Kristeva. Entre los bastidores sostenidos por dos sublimes textos, el de María Victoria Atencia y el de Pablo García Baena, ambos samuráis del Parnaso porque los dioses y las diosas así lo han consensuado, se hizo la palabra, esa palabra que se confunde con los grandes poetas y escritores a años luz del endiosamiento estético y ético.
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Francisco J. Carrillo
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