Alejo y el mar como prenda
26.05.08 @ 23:16:32. Archivado en Personajes
In Memoriam
En la costa normanda el Viernes Santo iba quedando lejos. Un lugar imperceptible frente a la isla de Jersey. Una protesta de mar que había hecho el pleno de la marea alta. Todo era gris con fondo de nubarrones negros. Oteaba esa mar que suelo buscar como contraste desde hace ya muchos años. Detrás de mi, casi al alcance de la mano, el campanario de una iglesia que fue golpeada por el Desembarco y de cuyos orígenes poco se sabe porque se encuentran entre las brumas del tiempo que gira en torno al siglo XII. Siempre que recorro esos parajes austeros, precisamente hoy contrapunto inequívoco del barroco exultante recorriendo la arterias de Málaga, me viene a mi memoria los primeros óleos del joven Gauguin, sacros y muy oscuros, antes de que el pintor diese el salto a otras luces y a otros colores.
Decidí buscar el calor de unos leños como solían hacer en esas tierras los celtas y las brujas durante la Antigüedad perdida. Me conecté a Internet. Y saltó la noticia fatídica, esta vez en diferido: Alejo había fallecido en Málaga. Cerré el ordenador y regresé frente al mar que escenificaba la negrura y el espanto para dejar que mi enorme tristeza se confundiera con un horizonte cerrado. El cielo y las aguas que atraviesan el Canal de La Mancha daban forma informe a la entrada de una noche, esa noche que suele asolar cuando se rompe el corazón de una amistad.
Antes de iniciarme en ese viaje hacia un puerto de serenidad, escuché por última vez la "voz de Alejo". Deseaba que viniese, con otros, a celebrar simplemente una amistad de más de 40 años, sostenida siempre en la distancia o en la proximidad de nuestros propias trayectorias. Me dijo que ya tenía un compromiso y que nos encontraríamos a mi retorno a Málaga. Y de paso, con la quietud de un espíritu en paz, añadió: "Tengo leucemia". Quedamos así emplazados para "después de Semana Santa". Ahora ya no será posible aunque sí cabe pensar en futuros encuentros pero sin fecha fija en lo que a mí se refiere. ¡Cuántos matices admite la vida, querido amigo Manolo Alcántara! En las fronteras entre la vida y la muerte para seguir viviendo se encuentran las más hermosas metáforas y las más apasionantes alegorías recreadas por la imaginación.
Corrían los primeros años de la década de los 60. En Madrid. Exámenes de ingreso en la Escuela de Periodismo de la Iglesia, la única con "nivel" y respeto deontológico de lo que existía por aquellos entonces. Alejo Jesús García Ortega, brillante alumno, inmejorable compañero de aquellos breves tiempos de estudios compartidos, además de solidario vecino de residencia universitaria. Perseveró en esa "carrera" llegando a ser el más destacado profesional del periodismo radiofónico en España. ¿Quién no recuerda aquel "Directo, directo" en donde millones de oyentes participaban, sin saberlo, en la elaboración de la noticia? En cierta ocasión, siendo alumnos de periodismo (la palabra "ciencia" no se había aún incorporado), nos impresionó aquella definición que daba Bartolomé Mostaza del periodista: "un cazador de noticias". En "Directo, directo", Alejo García logró algo inaudito pero factible como llegó a demostrarlo: tomar distancia del lenguaje "ex cátedra", lograr que el periodista forme parte de la noticia y, lo más osado, que los radioyentes fuesen, ellos mismo, profesionales de la comunicación. La ética como fundamento y un altísimo sentido de la dignidad no dejaron de acompañarle durante todo su vida.
Reencuentros diversos al filo del hilo conductor de una amistad anclada y con raíces. Él, metido a fondo en los medios de comunicación. Y el que hoy firma este artículo que se modela con enorme dificultad, por derroteros internacionales tras dejar periodismo y optar por el derecho y por una sociología en Francia (ya que en España se trataba de un terreno vedado por los "cazadores de brujas" de la época). Suena mi teléfono directo en algún país del mundo. Soy Alejo y estamos en directo en "Directo, directo". Quiero entrevistarte. Le respondo que no soy noticia para nadie ni para mí mismo. Insiste. Estamos en el aire. Y comenzamos a hablar, a comunicarnos, sobre no recuerdo cuáles temas, quizás pobreza, subdesarrollo, mortalidad infantil, corrupción, desigualdades de oportunidades, hambre, Palestina... Y al entrevistado Alejo lo iba convirtiendo también en entrevistador. Pasaron algunos años. En Roma. Plaza de Santa María del Trastevere. Tras un encuentro en torno al diálogo de culturas y al interreligioso (temático, basado en el Islam), decidí almorzar en una terraza de esa bellísima plaza. Al llegar, veo a Alejo sentado en el otro extremo del comedor. Hacía calor. Era verano. Él no estaba solo. Le envié un papel doblado en donde sólo escribí mi nombre. Un camarero se lo entregó. Se hizo la respuesta inmediata para aprovechar unos instantes y celebrar la amistad sobre el terreno. Me dijo que estaba disfrutando de las calles, plazas y museos romanos y vaticanos. Y que toda la mañana había transcurrido guiados por Paloma Gómez Borrero. Ya él en Málaga, en definitiva "nuestra" Málaga, me propuso entrevistarme en el programa de televisión que él dirigía. Nos pusimos pronto de acuerdo, con esa complicidad socarrona cuyo contorno dibuja los años, para ir al programa sin guión, sin esquemas, sin papeles. Sobraban "chuletas" y curriculumvitae de apoyo. Íbamos a hablar de cosas de la vida, del mundo y de sus alrededores, recalando en la Málaga entrañable y en lo verdaderamente entrañable. Me llevó de la mano a través de avatares diversos. Y, una vez más, logró que el interrogado entrara en el terreno del interrogador. Nunca le gustó subirse a pedestales para permitir así que los otros, sus oyentes, su público, su opinión pública, lo hicieran incitados sutilmente por él.
Pocas veces recuerdo a Alejo con ausencia de su espontánea sonrisa y de una palabra cálida. Si alguna vez, y siempre con la cara y el alma al descubierto, reaccionó con energía sostenía y subrayada fue porque la dignidad -patrimonio intangible-, su dignidad, fue puesta en entredicho por ligerezas y falta de seriedad de algunos que sólo saben moverse en la superficie de las cosas serias para sacar partido y crearse peanas efímeras. En esos momentos sus amigos nos apiñamos para expresar la solidaridad ante la evidencia de los hechos.
Vivo frente a el mar, me dijo. Nuestro mar, añadí. Aquí siempre nos encontraremos sin cita previa, sin necesidad de consultar la agenda. Pero ahora, hoy, los datos han cambiado aunque nos quede el mar como prenda. ¿Acaso el cielo, convertido en horizonte, no está abrazando ya, en directo, directo, a esa mar que nos es tan querida? De nuevo, en las orillas del mar normando, oteo esa lontananza marina navegable y me siento acompañado por la presencia, por los recuerdos y por los encantos de una amistad discreta que es la que en verdad perdura.
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He hecho una entrada sobre ello y me gustaría saber su opinión:
http://jlmartinezhens.blogspot.com
Vamos qué es lo que pensó usted en aquella época sobre ese Concilio y qué es lo que ha pasado.
Desde Málaga,
José Luis Martínez Hens.
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Francisco J. Carrillo
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