Hace cuatro décadas
25.05.08 @ 18:15:54. Archivado en Artículos en Diario Sur, Tradición y modernidad
Hace 40 años el mundo era otro mundo. Nadie osaba hablar de globalización. Aún tambaleándose en la cuerda más que floja, el fantasma del "internacionalismo proletario" a duras penas reflotaba en un contexto que ya no era el analizado por el economista Marx, en su época, y que le llevó a una conclusión perentoria: la revolución proletaria tendrá sus prolegómenos en la Inglaterra industrial de los lores. Se equivocó. Esa revolución, frustrada como nos lo demostró la historia reciente, tuvo lugar en la entonces Rusia de los zares plagada de campesinos pobres. Hacía falta una catarsis y la catarsis llegó con el "Mayo 68" en Francia y con un telón de fondo rebosante de lecciones: el asesinato de Martin Luther King, la guerra de Vietnam, las revolución cubana, la independencia de Argelia, las operaciones estalinistas en Budapest y en Praga, la ola de las descolonizaciones de los años 60... En los países industrializados el movimiento estudiantil agita el árbol de la ciencia y de la conciencia en las universidades: Alemania (entonces Alemania Federal), Roma, Estados Unidos, Francia, España, Grecia, Portugal. Ya no servían, por caducos, obsoletos e inadaptados, los clásicos paradigmas que a duras penas sostenía a sociedades estancas y burocratizadas. El sociólogo liberal conservador Michel Crozier llegó a escribir un famosos libro que tituló "La sociedad bloqueada". Se vivía en un caldo de cultivo que presagiaba el salto a la modernidad, a procesos mundializados, a unas nuevas formas de democracia. Incluso la ONU no escapó a tales turbulencias democratizadoras al ver sensiblemente incrementada su representatividad con la incorporación de los nuevos Estados en formación que habían surgido de la descolonización. Ya en aquellos entonces se iba perfilando la nueva sociedad mundial de la información y la comunicación. La autarquía económica y social; la científica e intelectual que se "conservaba" en el interior de los recintos universitarios; la que daba sustento a las relaciones autoritarias en el seno de la sociedad, de la familia, de la investigación y de la docencia y del manejo político de las sociedades, estaba abiertamente puesta en cuestión por la sociedad civil, en particular por aquellos jóvenes que teníamos 40 años menos.
El movimiento estudiantil estaba jugando un papel de "detonador" del conflicto social que latía y que fermentaba en el entramado de unas sociedades que, sin saber muy bien cuáles eran las metas (el problema clásico en la dialéctica "tradición-modernidad"), buscaban una salida. En París, la Ciudad de las Luces, un grupo de estudiantes de la Facultad de Sociología de Nanterre rompe las "reglas del juego". La cabeza visible de este iceberg se llamaba Daniel Cohn-Bendit. El azar hizo posible que me encontrase haciendo un postgrado en Sociología en esa universidad, azar que, con toda lógica, hace realidad el compañerismo de estudios con el que fuera mentor "intelectual" del "Mayo 68", hoy portavoz de "Los Verdes" en el Parlamento europeo. Y desencadenado el "movimiento", ¿qué hacer sino seguirlo de cerca como "observador participante"?, método enseñado por las Ciencias Sociales para mejor conocer "de dentro" lo que ocurre en los trasfondos de las sociedades. En apenas tres semanas Francia quedó paralizada. El autoritarismo y las jerarquías “ideológicas” quedaban desafiadas y heridas de forma irreversible, abriéndose así nuevas vías y nuevas alternativas a unas emergentes estructuras sociales más participativas y más dialogantes. A un restablecimiento de valores comunes a toda la humanidad y a una actitud abierta al respeto del mundo de las creencias. ¿No afirmó Malraux, ese apasionado por la guerra de España que hoy descansa en el “Panteón” de mujeres y hombres ilustres de Francia: el siglo XXI será el del resurgir de la creencias y de las religiones, presuponiendo la libertad como fundamento? Con la distancia de los 40 años transcurridos, se podría afirmar que los impresionantes enfrentamientos urbanos y callejeros, con universidades ocupadas y con fábricas cerradas, con vacíos de poder, pero con el dato muy revelador de una total ausencia de muertos (gracias sin duda a la inteligencia de dos personas aparentemente contradictorias: Grimaud, gobernador de París, y el estudiante Cohn-Bendit), fueron epifenómenos en un contexto de serias dificultades sociales y económicas. Concuerdo con el intelectual francés Guy Sorman que ha afirmado que el Mayo 1968 “fue una revolución generacional más que política”, llevada a cabo por los que tenían 20 años, como así fueron, según el mismo autor, los que hicieron la revolución de 1789 en Francia, el romanticismo de 1820 y la revolución surrealista de los años 20, sorprendente este esquema repetitivo.
El Mayo 68 hace que se tambaleen valores y métodos que cerraban el paso a una modernización de las relaciones sociales y de producción. Irradia su influencia en toda Europa. Es el presagio de la caída, pocos años después, del muro de Berlín y del comunismo de Estado de inspiración estalinista. El agudo analista y admirado amigo Edgard Morin ve en el Mayo 68 el declive de los partidos comunistas tributarios de aquellos Estados totalitarios. A la crítica radical que el actual presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, hizo durante su campaña electoral sobre el “relativismo moral” del Mayo 68, Guy Sorman la considera como “nostalgia del autoritarismo”, preguntándose qué es Occidente sino la capacidad de autocrítica y la permanente reinvención de sí mismo.
Pasaron 40 años y los que el aquel entonces integrábamos la “generación de los jóvenes de 20” aprendimos, en nuestra propia rebelión generacional que dio paso a una sociedad más individualista que no podíamos prever, una lección práctica cargada de pedagogía de la tolerancia: dejar aparcado el autoritarismo en las cunetas de la historia, restaurar una autoridad compartida y una democracia más participativa, despojarse de la soberbia paranoica que enturbia la mente y que impide celebrar la amistad, para que la generación que nos sigue de cerca no encuentre motivos para revolucionarse contra aquellos que un día nos tocó rebelarnos. Con Guy Sorman, socialista hace 40 años, hoy un atractivo liberal apasionado por la democracia, me crucé por las calles del Paris de 1968 en numerosas ocasiones, sin duda, cuando en paredes y muros se podía leer la poesía de la revuelta: “prohibido prohibir” o “el poder está en la calle”. Con él, hoy, quiero finalizar mis acotaciones: Mayo 68 nos abrió las ventanas hacia nosotros mismos y hacia el mundo. Está bien así y, sobre todo, es irreversible.
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Francisco J. Carrillo
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