Los ecos de la muerte en el Líbano
12.07.07 @ 14:20:43. Archivado en Artículos en Diario Sur, Israel-Palestina
Despacho del primer ministro del Líbano hace algunos años. Mi misión aparentemente era fácil pues se trataba de una «misión humanitaria» con cosas que ofrecer: había logrado que una poderosa sociedad de aguas contribuyese, a título gratuito, a sanear las conducciones de un campo de refugiados palestinos (Aim Helué, en el área metropolitana de Saida/Sidón). La insalubridad era tal que el agua potable y las aguas residuales llegaban a mezclarse en algunos puntos de sus recorridos, hecho ignorado por los más de 70.000 habitantes de aquel habitat de la desesperación.
En el Palacio del Serrallo fui a pedir la autorización del primer ministro para que tal operación se llevase a cabo. Admiraba el tesón de esa alta autoridad; su entrega; su compromiso con la paz; sus objetivos estratégicos con la meta no manifiesta todavía de restablecer relaciones diplomáticas con Israel y facilitar así la pacificación en el Oriente Próximo, en su propio país y, en consecuencia, la solución del exilio palestino.
Su respuesta llegó de la mano de la legalidad vigente en el país de los cedros: a pesar mío, me dijo, la ley no me permite concederle la autorización que me pide. Ni un sólo ladrillo puede entrar en un campo de refugiados palestinos para apuntalar casas que se caen. Los palestinos están «en tránsito» en el Líbano... Sabía muy bien que hubiese deseado acceder a mi petición pero la legislación vigente se lo impedía. Si no hubiese muerto asesinado años depués poco antes de las legislativas que iba a ganar, esa ley la habría cambiado. Era el recordado Rafic Hariri.
Tras el final del mandato británico en Palestina y la creación del Estado de Israel por la ONU (el primer país que votó en favor fué la entonces Unión Soviética), el Oriente Próximo era testigo de importantes flujos migratorios palestinos. Desde 1947, más de 300.000 se instalaron en el Líbano (un 10% de la población de este país) en campos de refugiados que se perpetúan hasta hoy. No se les dió tarjeta de residentes. Y se les prohibió el ejercicio de unas 80 profesiones y oficios. Los campos quedaron al amparo de la UNRWA (ONU).
Verdaderos guetos en degradación y en pauperización progresiva. El ejercicio de mis funciones internacionales me llevó en sucesivas ocasiones a visitarlos, pudiendo constatar las incidencias de la espiral de la pobreza y las repercusiones también de las guerras mediorientales y sus diferentes actores: Siria, Jordania, Israel, Irán, Irak y el propio Líbano. Pude constatar que, desde la primera vez que visité esos campos de la ignominia allá por 1970 hasta mi última ya en el siglo XXI, se estaba dando una radicalización 'yihadista' con presencia de 'afganos' (el grupo terrorista Osbat al-Ansar), agitadores minoritarios, entrenados por Al Qaeda (aquí es necesario subrayar que Hamas no agita en los campos y poblaciones palestinas fuera de Palestina), y con operaciones de manipulación e instrumentalización por parte de de los servicios secretos de algún que otro Estado árabe.
Los combates actuales que se han iniciado en el campo de refugidos Nahr al-Bared, en Trípoli, al norte de Beirut, responden a este análisis. Una minoría agitadora de corte islamista, Al Fatah al-Islam, (influenciada por Al Qada en Irak, que antes de la guerra no existía), abrió el fuego. No es de excluir, por otra parte, otras influencias externas. Señalemos que los campos de refugiados están desposeídos de todo, pero se sabe desde hace años que constituyen importantes depósitos de armas.
El drama y los éxodos recomienzan sin rumbo, sin comida y sin apoyos sanitarios. Y los combates continúan ante la posición 'neutral' de Hezbolá, columna vertebral no institucional y poderoso ejército miliciano libano-chií, que ha ofrecido su 'colaboración' al ejército regular del Líbano, que no aceptó. Los barriles de pólvora pueden ir estallando en cascada y el conflicto llegar a generalizarse de nuevo en el Líbano, y no precisamente contra Israel.
Quizá la opinión pública, que también se forma en la lectura de periódicos, haya caído en la confusión de identificar al grupo 'yihadista' próximo de Al Qaeda, 'Al Fatah al-Islam', con el movimiento Al-Fatah, creado por Yaser Arafat, afortunadamente presente en los campos de refugiados como mecanismo de contención. El Al Fatah de Arafat adoptó desde que la Organización para la Liberación de la Palestina, por medio de Arafat, reconoció la existencia de Israel, una posición 'política' y no 'militar' en el Líbano, como hace unos días recordó El-Ainen, máximo representante de Palestina en el Libano. (Ya hace siete años encontré a El-Ainen al sur de la ciudad de Tiro, y me dijo en aquella ocasión que las órdenes son clara: se acabaron las operaciones armadas.
Y añadió: pero nosotros no podemos dictar la ley a Hezbolá. Como curiosidad, apuntó lo siguiente: «hace una semana vino a verme su compatriota Moratinos», entonces, el actual ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España era embajador de paz de la Unión Europea para Palestina, con sede en Chipre.
La mayoría de los 300.000 palestino que sobreviven en el Líbano desde 1947 desean el retorno, la integración, una vivienda digna, un empleo, una asistencia sanitaria, unas condiciones que le permitan asumir y desarrollar su propia especificidad cultural, una escolarización para sus hijos que les abra perspectivas de paz y no de desolación y de guerras que no son las suyas. El reciente 'Plan de Paz' aprobado en Arabia Saudita para intentar resolver el conflicto Israel-Palestina es un buen marco. Pero hoy no cabe la menor duda de que Al Qaeda y otros turbios poderes en la región «están pescando en río revuelto» gracias a la guerra de Irak. La situación podría llegar a ser apocalíptica si se decidiera unilateralmente bombardear las fábricas de enrequecimiento de uranio en Irán.
Sin una urgente normalización constitucional y política en Irak, una normalización diplomática con Siria e Irán, y sin una solución al problema del pueblo palestino, con la creación del Estado de Palestina, todo el Oriente Medio será un potencial conflicto armado generalizado, del que no escapará el Líbano, del que no podrá escapar todo el Mediterráneo.
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Francisco J. Carrillo
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