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Sidón bajo las bombas o la cólera de Caná martirizada

Permalink 04.09.06 @ 10:58:18. Archivado en Artículos en Diario Sur, Israel-Palestina

Al hablar de Sidón sunita me estoy refiriendo a todo el Líbano en particular, hoy, a la reciente masacre de la ciudad vecina, Caná chiita, ayer llena de historias de amor, vinos y esponsales, hoy destruida, cuya acción militar contra ella, que llenó sus calles de muertes civiles, es púdicamente justificada porque eran “escudos humanos”. Ya no habrá más bodas en Caná, sino la rabia de un pueblo en todo el país de los cedros que acumula cadáveres de sus niños anónimos.

Todas la escuelas del Líbano están de luto ¿Por qué todo un pueblo bajo el terror de las bombas? Sí, ya sabemos que Israel y las grandes y medianas potencias quieren aniquilar a Hizboá. Sabemos que la Conferencia de Roma ha fracasado. No ha detenido la guerra. Hay que dar tiempo al tiempo. El proyecto de Resolución de Estados Unidos y de Francia, para ser votado en el Consejo de Seguridad de la ONU, se discute con las firmes reservas de la Liga Árabe, que dice hay que contar con el gobierno libanés. Sí, Hezbolá no es un Estado. No se puede negociar con él.

El primer ministro libanés advierte que la autoridad él la representa. Incluso el líder socialista libanés Walid Jumblat, poco antes de la guerra, así como la mayoría de la clase política libanesa, querían barrer los últimos rescoldos de la ocupación Siria y señalaban a Hezbollá como un gravísimo problema para el resto del pueblo libanés. Israel lo sabía y aprovechó la primera oportunidad para ir “a por ellos”, para llegar hasta las últimas consecuencias y desmantelar al liderazgo y al arsenal militar de Hezbolá.

Irán también parece desviar la opinión mundial de su programa nuclear y convertirse en invitado, como potencia regional, imprescindible en una mesa de negociaciones.

Pero al igual que hay que saber parar un huelga, también hay que tener la sabiduría de poner fin a una guerra. Se ha destruido al Líbano, a su población y a sus infraestructuras. Ya se acerca la cifra fatídica de un millón de refugiados cargada de drama personal y familial, de enfermedades, del horror que trastorna, quizá para siempre, la limpia mirada de los niños. Soy uno de los firmantes de la “Iniciativa de Ginebra” la paz ahora en Israel-Palestina, dos pueblos, dos naciones y dos Estados.

La rubriqué porque confié y confío en los dos ex ministros, uno israelí, otro palestino, mi amigo Abel Rabbo. Urge que Israel detenga esta guerra y negocie rápidamente con la Autoridad Nacional Palestina y con el gobierno Hamás, no solamente para distinguir los dos frentes de lucha, Gaza y el Líbano, sino también para abrir las puertas de la pacificación en el Próximo Oriente. Las condiciones han cambiado desde aquella “Guerra de los 6 días” e Israel, el pueblo israelí, tiene necesidad de la paz para sobrevivir. Palestina y el Líbano, también.

La solución militar ya no es viable. Con los dos frentes en Gaza y en el Líbano, Israel está hipotecando su futuro, vigilado por nuevos poderes militares en la región y, sobre todo, por una opinión pública árabe (la del Líbano incluída), antes crítica de Hezbolá, hoy enaltecida por los misiles contra Haifa, el norte del Estado israelí, sin excluir mañana Tel Avivi y Jerusalén. La guerra del Líbano está abonando día a día el caldo de cultivo del fundamentalismo radical islámico, poniendo aún más en peligro las alternativas democráticas endógenas en la región árabe.

Sidón ayer, hoy Caná, son botones de muestra del miedo y del espanto. Sidón (ahora llamada Saida, hermoso nombre de mujer) histórica ciudad fenicia (en fenicio, Sidón quiere decir habitat humano de mar y tierra adentro, de pescadores y de agricultores, como nuestra Medina Sidonia gaditana), a cuarenta kilómetros al sur de Beirut en el camino hacia Israel, como Caná, es una víctima más de la sinrazón. ¿Qué habrá sido de la vieja ciudad, de su puerto, de sus comercios, de su fábrica de jabones, de sus gentes? ¿Y de los sarmientos de Caná?

Ayer, Caná, fue bombardeada de nuevo. Anteayer, Sidón, la ciudad con mayoría sunita, en donde se encuentran los orígenes de la familia Hariri, símbolo de un Líbano independiente de poderes exteriores, ha sido tocada en el fondo de su corazón. ¿Quién puede olvidar, hoy, que allí se malvive en un campo de refugiados con más de 70.000 palestinos que se perpetúan desde 1948 en la extrema pobreza? Cuando fui a Sidón en son de paz (no podía ser de otra manera), visité la montaña desde la que se divisa la ciudad. Según narran los Evangelios oficiales, allí, en esa altura, María la madre de Jesús, se quedó con sus amigas mientras que el Cristo bajaba a transmitir palabra y a recibir palabra de los pobres pescadores de la costa. En Caná, su vecina, ¿ya se habían celebrado la fiesta popular de los esponsales?

En esa pequeña ciudad costera, fundada por los fenicios cuyos descendientes probablemente también fundaron Málaga, dije en pública asamblea Sidón --ante la diputada Bahía Hariri y ante Brigitte Colin, “arquitecta sin fronteras”--, que un hilo conductor púnico une a los dos extremos del Mediterráneo: Málaga y Cádiz, de un lado, y Sidón y Tiro, de otro, con fuertes pilares en Cerdeña y en Cartago, sólidos soportes de un puente por el que circula la misma sangre fraternal y solidaria. Hoy resuenan estas palabras con la fuerza de una hermosa utopía humanitaria que el momento exige. La masacre de Caná, su vecina, nos invita a gritar: ¡Basta ya!. Allí, en Sidón, recorrí acongojado el campo de refugiados palestinos y grande fue mi emoción ante un paupérrimo librero-editor que hacía libros con hojas fotocopiadas... Desde el puerto de Sidón orienté mi mirada hacia Tiro, ciudad del Patrimonio de la Humanidad, hoy malherida y a midad destruida. También miré hacia Balbek, la otra ciudad libanesa del Patrimonio Mundial, hoy también mártir arqueológica a mitad destruida. Y pensé en ese Beirut que renacía de las cenizas de una guerra que no era “su guerra”, gracias a la tenacidad del asesinado Rafic Hariri, ex primer ministro, que se apasionó con la aventura que lograra que los libaneses viviesen en paz y se administrasen ellos mismos. ¡Cuántas percepciones para disfrutar de los viejos ritmos compartidos de los tiempos de los pueblos! ¿Acaso no es triste tener que marcar con crespones a poetas y a poesías mediterráneas mientras el hondo dolor sigue el curso de la muerte y destrucción, al igual que se marcaron para siempre a otros poemas con las agonías pompeyanas de millones de judíos del Holocausto?

Hoy Caná, Sidón, Tiro, Balbek, Beirut... simbolizan la sinrazón de la fuerza. Hoy es día de luto solidario con un pueblo que huye sin brújula por los caminos cortados; con todas las víctimas cuyos orígenes, sean cualesquiera que fuesen, se diluyen con la expiración. Parafraseando al poeta palestino Mahmud Darwish, hoy nuestra nacionalidad es el corazón de todos los seres humanos a quienes les llegó la hora del sufrimiento y del adiós. Muy cerca de Sidón también han muerto, bombardeados, cuatro colegas de las Naciones Unidas. Ahí queda su testimonio que nos permite decir: sí, la ONU todavía sirve para algo a pesar de los falsos profetas del unilateralismo. ¿Y por qué, tras la masacre de Caná, se ha saqueado la sede de las Naciones Unidas en Beirut? Por dos motivos: porque una parte del pueblo en rabia contra un símbolo de paz paralizado hoy fundamentalmente por los Estados Unidos. Esa parte del pueblo no llega a hacer matices. No distingue. No conoce. No todos llegan a un nivel de información cultural para abordar tales disquisiciones. (Cuando la guerra de Irak, a título de precisión, estaba al frente de una oficina de las Naciones Unidas en un país árabe. Y ordené la primera fase de emergencia: quitar todos los símbolos externos: banderas de la ONU en los edificios y en las residencias de los jefes de misión, banderín en los coches oficiales, perfil bajo, plan de evacuación si llegaba el caso. En muchos países del mundo, una parte de la población en pobreza y analfabetismo, no llega a saber distinguir Naciones Unidas y Estados Unidos, porque no sabe o porque es ciegamente movida por agitadores que difunden la consigna perversa de que la ONU es igual al Occidente que les colonizó y que ahora les ataca, en el caso del Líbano, por intermediarios como el gobierno de Israel).

Mientras tanto, el Occidente bienpensante se broncea bajo el sol que más calienta sobre la arena de las playas del mundo.

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Publicado en Diario Sur (03/09/2006)


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