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'Cheuá', canónigo de Málaga

Permalink 08.03.06 @ 17:20:45. Archivado en Personajes, Artículos en Diario Sur

La noticia de la expiración de José María González Ruiz, mi entrañable amigo de casi medio siglo, me llegó al regresar de un viaje en el que, contrariamente a mi costumbre, no consulté periódicos por Internet. He dejado que el tiempo pase -(es muy probable que seamos nosotros los que pasemos delante del tiempo)-para escribir, desprovisto de títulos y otros abalorios circunstanciales, un testimonio de momentos de vida compartida; de instantes que crean empatía y que fundamentan la amistad.

Están vivos en mi memoria y tuvieron lugar en Málaga, Madrid, Barcelona, Roma, Palestina, Beirut, Damasco... Sí, le escuché camino de Damasco, a él, que según dicen los expertos en las exégesis bíblicas y evangélicas, fue el teólogo que más sabía de Pablo de Tarso y uno de los más importantes de nuestra época.

Pero en ese itinerario, en coche desde Beirut a finales de los años 60 hasta la capital de los omeyas, él hablaba de Palestina, la árabe y la judía; de la tragedia del pueblo palestino, del judío y de los primeros pobladores cristianos de Jerusalén con las Cruzadas. La historia de Palestina es un gran drama desde los tiempos más remotos.

Para mí,González Ruiz era un profeta de la modernidad inmerso en el mundo y en sus circunstancias. Le agradaba que sus amigos, creyentes o agnósticos o indiferentes, le llamásemos 'Cheuá', apelación como cabalística y que en la época de 'tiempo de silencio' impuesto incrementaba el «misterio de lo clandestino».

Él, políglota, incluso de las mal llamadas lenguas muertas, entre ellas algunas semíticas, en un día peripatético nos explicó que 'cheuá' era la pronunciación de una vocal aspirada de una lengua semítica. Y sus amigos, desde ese momento, le colocaron ese «nombre de guerra».

Por su parte, los marxistas 'dialogantes', con su ceremonial táctico, preferían llamarlo 'el canónigo de Málaga', como la mayor parte de sus amigos de Barcelona en donde él se sentía 'como pez en al agua', con sus amarres en Montserrat y con sus amigos. Con mucho recato, solía decir a sus amigos: «Parlo catalá castellanizat», aunque realmente lo hablaba muy correctamente.

En su época de Madrid, -a la que se refirió Pedro Aparicio en estas páginas-, las puertas de su piso en Galileo nunca estuvieron cerradas. Espacio vivo de confluencias, de refugio, de descanso, de diálogo, de amistad que hoy alimenta a la memoria. Mantuve una estrecha relación con él, y con tantos otros, desde el semanario Signo, del que formé parte de su consejo de redacción.

Lugar de encuentro, de conexión y de paso de la diversidad pre-democrática, que lo prolongábamos con cenas (modestas) en El Mesón del Conde, a las que asistía Juan Luis Cebrián, o con coloquios abiertos (hasta que la autoridad gubernativa los prohibió) en el colegio Pío XII: Joaquín Ruiz-Jiménez, Pedro Altares, Gregorio Peces-Barba, Miguel Bayón, Alfonso C. Comín, José María de Llanos, José María Díez Alegría, Ramón Tamames, Eduardo García de Enterría, Oscar Alzaga, Pepe Oneto, Miguel Angel Aguilar, Víctor Manuel Arbeloa, Iñaki Goitia, Enrique Tierno Galván, Raúl Morodo, Dionisio Aranzadi, Julián Ariza, Marcelino Camacho, Manuel Jiménez de Parga, Mariano Aguilar Navarro, Fernando Ledesma, Enrique Barón, Álvaro Gil-Robles, Josep María Castellet, Rosa Regás, Javier del Amo, Nacho Quintana, Pedro Tedde de Lorca, Virgilio Zapatero, José Luis L. Aranguren, José Monleón, Luis Calvo, Aurelio Arteta... La preparación intelectual de González Ruiz y el rigor de sus argumentos eran sorprendentes.

En medio de esa diversidad de pareceres y de opciones, él siempre asumió plenamente 'su sacerdocio'. Nunca puso en cuestión su opción personal de cura. Y llamaba la atención observar el interés que le prestaban agnósticos y marxistas cuando hablaba de que «la fe es un salto en el vacío» o de que «Dios es gratuito pero no superfluo»; o cuando escribió el libro «El cristianismo no es un humanismo», que él explicaba diciendo que «el cristianismo no es una metodología para la transformación social» (por ello, él se pronunciaba contra todo partido político, sea de derechas sea de izquierdas, que incorpore el calificativo de 'cristiano').

Recuerdo alguno de sus amigos de Roma, entre ellos, la escritora Lori Mazzetti que me dedicó «Il celo cade», en donde relata el asesinato de sus padres en presencia de ella con apenas 8 años por una patrulla fascista. Y a Bruno Griecco, jefe de redacción del Paese Sera, o Annamaria, la azafata 'conversa' de Aliatalia que a veces nos traía 'libros prohibidos' en España y tantos otros más. Cuando uno piensa en aquel 'tiempo de silencio', sólo cabe decir: que no vuelva nunca jamás.

Recalo en Málaga a mediados de los 60. Paco Puche y otros impulsamos una cooperativa de libros. El panorama de lectura era desolador. Y el de pobreza también con zonas periurbanas tan deprimidas como las Playas de San Andrés. La cooperativa se creó utilizándo la ley que, a pesar del sindicalismo vertical, en este ámbito era relativamente permisiva. Lo que inquietó a las autoridades fue lo de una cooperativa «de libros» para que la gente lea. Para su inauguración se organizó un coloquio con Alfonso C. Comín que vivía entonces en Málaga en donde escribió el magnífico libro España del Sur, con González Ruiz, José María Maravall (después, con la democracia, ministro de Educación) que se alojó en casa de 'Cheuá', Ignacio Quintana (futuro subsecretario de Cultura) que se alojó en mi casa, y quien esto escribe.

Los tres últimos vinimos especialmente de Madrid. Paco Puche nos avisa media hora antes que la sede de la cooperativa de libros había sido clausurada por orden gubernativa y que «los censores nos estaban esperando». Regresamos a Madrid y sólo paramos pasado Despeñaperros para tomar un café. Recuerdo, de repente, que también nos acompañaba una doctorando francesa, especialista en Miguel Hernández, que años después ganaría por oposición las cátedras de Filosofía, y de Literatura Contemporánea Española, en Francia.

González Ruiz fue actor y testigo privilegiado de 'nuestra época', un hacedor de nexos. Un itinerante portador de elementos para la definición de una nueva cultura de los entendimientos sin exclusiones ni anatemas. Solía hablar a creyentes y a agnóstico de la «denuncia profética», que pocos entendíamos. Brillante polemista con agudo sentido crítico, sólido intelectual de gran modestia y austeridad personal. Hoy sus amigos le recordarán y dejarán constancia de haber conocido a un 'profeta' en el mundo de la cibernética y de la conquista del espacio, que siempre tendía una mano para jamás pararse hastiado.

De talante machadiano con sus primeras raíces en Sevilla; malagueño de adopción por méritos propios sin necesidad de mediaciones a posteriori (aunque sean bienvenidas en signo de justicia ciudadana); hacedor y acompañante de trayectorias a veces difíciles, muy difíciles para él y para nuestra generación; y dotado de un fino sentido del humor. A González Ruiz, 'Cheuá', entrañable amigo del que aprendí las primeras lecciones de tolerancia y de diálogo, estos recuerdos compartidos.

Post Scriptum: Sentí curiosidad en saber qué reacciones, tras la expiración de José María, en los ambientes eclesiásticos, ya que él asumió hasta el final su realidad de clérigo 'no clerical' con lúcido espíritu crítico. En el Boletín del Obispado, al que entré por Internet, se dijo: «Fue uno de los más importantes teólogos contemporáneos». Aunque este no es mi tema, he querido dejar constancia de esta apreciación interna, para completar mis notas que han traducido vivencias personales. Eso era José María: de profesión, teólogo. ¿Y tanta gente, tan diversa y tan contradictoria, girando en amistad en torno a él! Sorprendente.

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Artículo publicado en Diario Sur (08/03/2006)


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