Fogon’s corner

Antonio Lucas Torres: “Hoy, Don Quijote señalaría las barbaridades de más de un político”

15.10.08 | 17:28. Archivado en Política

María F. Cruz y María José Martín (PD)-. Es el viñedo más grande de Europa y uno de los más grandes del mundo. Castilla-La Mancha se engalana en esta época del año para rendir culto a la vid y a su fruto, el vino.

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Historias del Oporto

07.06.07 | 20:50. Archivado en Política

Lisboa, Portugal, 27 de diciembre de 1703. El embajador Methuen firma con las autoridades locales el tratado que llevaría su nombre, brindando ventajas arancelarias al vino luso, un tercio más barato que los caldos burgaleses de los cuales Inglaterra se encontraba despojada.

La razón era el blocus mercantil decretado por el anti Luis XIV, antifrancés y antipapista Guillermo III de Orange Nassau, instalado en el trono inglés del cual acababa de congediar al legítimo rey Jacobo II, su suegro para más inri (1668). El destronado huyó hacia Versalles donde se instaló a "cuerpo de rey", lo cual se enfadó definitivamente la blanca Albión con su odiada vecina continental.

Por tanto, Gran Bretaña acordó urgentemente su “protección” a un Portugal recién librado de España y acechado por Holanda dentro de su formidable emporio. A cambio, el amparado abrió de par en par colonias y territorio patrios al mercado lanar inglés, a la sazón en plena vorágine de revolución industrial, o paso de una sociedad agraria a otra dominada por la manufactura de maquinaria.

Gran Bretaña, a la sazón, era pionera en entusiasmarse ante tanto modernismo. Para Portugal, fue otro cantar. Entregó sus bodegas a los negociantes británicos que devoraron el 80% de la cosa, aparte de provocar una progresiva ruina artesanal y larga dependencia económica de su Graciosa Majestad isleña.

Así nacieron la hegemonía comercial inglesa, el Banco de Inglaterra, la Oficina del Comercio y el "Oporto boom" en una región muy delimitada, el valle norteño del Baixo Corgo, afluente del mágico Douro. En esos lares ocurría un extraño fenómeno: cualquier vid extranjera plantada surtía Oporto, milagro científico inexplicado, sumariamente atribuido a unas excepcionales condiciones agro-climáticas.

Ese vino, áspero en sus albores, desataba entre ingleses una devoradora pasión seguida de fascinante estado de estupor, perfectamente armonizados con su celebérrima flema. Para conservar mejor ese aromático tesoro, decidieron fortificarle mediante el viejo truco del aguardiente, paciencia y azúcar.

Con esos mimbres propulsaron nuevos sabores de alta gama, secos, extra secos, dulces o semi, otro foco mercantil local y éxodo masivo hacia los arrabales de Oporto, concretamente en Villa Nova de Gaia. Ahí envejecieron el precioso elixir en toneletes de madera especial, cuya porosidad favorecía la oxidoreducción, surtiendo las categorías tawny, ruby, milesimado y su quintaesencia, el vintage, cuya cosecha 1931 fue hito inigualado en los anales de una producción nacida en 1775.

Uno de sus adictos fue el inmenso Winston Churchill, tan adicto a dicho sabor, que la posteridad dedicó una cuvée spéciale a su nombre. El gigantesco estadista nunca resistió al hedonista canto de esa aromática sirena llamada Oporto, diaria terapia que exigía para abrir sus apetitos gargantuescos e ingentes comidas. Ya lo advertía Nietzsche con ese adagio: “Sin placer, no hay vida : y el combate para el placer es el combate para la vida ».

Y vaya si lo aplicó el leonino lord británico durante un trepidante paso terrenal de 91 años, febrilmente repartidos entre insomnio, conquista birmana, corresponsalía guerrera, dos guerras mundiales y la de los Boers, más de 500 acuarelas de cosecha propia, caballos, apuestas, golf, esgrima, polo, natación, boxeo, literatura (fue Premio Nóbel), amigos, familia, política, Graciosilla Majestad, trece puros cotidianos, happy hours de coñac, whisky soda, cócteles, champagne Pol Roger, cointreau, brandy, jerez, vinos blancos, tintos, generosos, pelotones de platos refinados, entremeses elitistas y postres de ensueño.

Con una dieta de temperamento, excesos y placeres, resolvió nuestro hombre su ecuación vital frente a dos cuadros de insuficiencia coronaria. Empero cada mortal teme algo en esa vida. En dicho caso no se llamó Hitler, ni Blitz, ni Guerra Fría, ni siquiera Stalin y su tremendo invento llamado "iron curtain". El marchoso, veloz y bon vivant de Winston sólo huyó como peste de una sagrada bebida nacional que tildaba de “repugnante”. Era el . ¡Good gracious!

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