
"El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño" (Heráclito de Éfeso)
¡Qué evocadoras son las magdalenas! Díganlo a Proust, para quien ese mullido bizcochito, de sensual forma aconchada y sabor alimonado humedecido en una infusión, constituyó el prodigioso tren del recuerdo, desencadenante "involuntario" de unos reprimidos recuerdos infantiles.
Esa estimulante asociación olfativa, ensoñación placentaria y sensual plenitud sensorial despertaron en el paladar del lánguido Marcel la reminiscencia de un tiempo perdido. Té y magdalena fueron las pujantes piedras de toque, providenciales mecanismos y detonantes de una prolífica búsqueda cognitiva. Como resultado, aflojó un intenso pasado evaporado en las nieblas del tiempo, donde Proust reencontró la clave de los laberínticos jardines de su infancia. Así, a la grácil vera de jovencitas en flor, el literato liberado pudo ahondar en sus interioridades ópacas y dar alas a su dinámica imaginación, canalizada en una novedosa estética literaria más tarde calificada de "proustiana" y sobre todo, revivir y relatar de forma extraordinaria una experiencia epifánica única, hito fundamental en la literatura contemporánea.
Ocurrió en enero de 1913 y en el pueblo ficticio de Combray (en realidad Illiers, Eure-et-Loir, Francia). Encerrado a cal y canto durante quince años, con las puertas cerradas en el silencio de una habitación acolchada, el frágil genio, doliente y asmático, se protegía de todo y todos: del mundanal ruido, del rechazo de una homosexualidad inconfesable en la inhibida sociedad de su época, de la aguja sigilosa del Tiempo y en particular, de las insufribles primaveras que liberaban los polenes de flores y plantas, auténticos venenos en su caso crónico.
Ahí, en ese claustrofóbico ambiente, el pálido escritor autorecluído remontó el río sepia de Cronos, sin más compañía que su pluma insaciable, ni otro sustento que su pócima mágica: unas tiernecitas magdalenas doradas mojadas en sombrío té, cuyo mágico sabor iluminaba su memoria sensorial. Asombrado por la potencia y resonancias románticas de esos recuerdos recobrados, tacita a tacita y miga a miga creó su maravillosa obra maestra donde la memoria olfatoria le permitió renacer, redescubrir unas sensaciones almacenadas, un tiempo extraviado y borrado de su infancia.
Dicho experimento o síndrome proustiano (teoría sobre tiempo, espacio y memoria) cinceló una obra maestra, Por el Camino de Swann, seguida de un imponente ciclo novelesco. Remontando la rueda del Tiempo, dio forma, olor, calor y color a un pilar de la literatura mundial, coronado en 1919 por el premio Goncourt , en esencia inspirado por unas frágiles moléculas de inocuas magdalenas y fragancias de negra Camelia Sinensis. Pasen y lean:
"Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té”.
Para adictos del genio, es interesante indicar que desde el 8 de abril de 1971, un decreto votado el 29 de marzo y publicado oficialmente el 7 de abril del mismo año con motivo del centenario del hipersensible escritor, cambió el nombre de Illiers por Illiers-Combray. Es la única comuna gala que ostenta un nombre nacido de la literatura.
Fragmento de "En busca del tiempo perdido"
"...Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte?
Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos."
Menuda potencia, el sabroso bizcochito metáfora del recuerdo y tradicional de la bella región francesa de Lorena. A ver si en vosotros, también toca la tecla de sentimientos tan gratos.
Fogon's os propone esa receta, que se hace precalentando su horno a 200º. En una cacerola, fundir 100 gr. de mantequilla salada. En el vaso de la batidora, mezclar dos huevos con 100 gr. de azúcar cristalizado, cuatro cucharadas de zumo de limón natural, una de miel de azahar, 100 gr. de harina, un sobre de levadura química y la mantequilla fundida. Dejar reposar hora y media al fresco. Al cabo de ese tiempo, verter la masa en unos moldes para magdalenas. Hornear a 180º, dejar enfriar y desmoldar con delicadeza.
Domingo, 22 de noviembre
Marie-José Martin Delic Karavelic
Juan Fernandez Krohn
Carlos Juan Gómez Martín
Julián Moreno Mestre
Juan Carrasco de las Heras
Juan Luis Recio
Siro López
Karina Longo
Ángel Sáez García