Fogon’s Corner

Anticocina: la dieta del cowboy norteamericano

19.11.08 | 12:29. Archivado en Ingenio y curiosidades, Culture Food
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Fue la anticocina por antonomasia. Por su rareza y dioses compasivos, poca huella dejó, excepto en el cine que popularizó al rudo vaquero, perdido entre inmensidad azulada, temperaturas extremas y cotidianidad solitaria del salvaje Oeste polvoriento. ¿Cómo sobrevivió ese moderno centauro, sin basura McDo, french fries a granel y chispeante Coca Cola al horizonte de sus sueños?

Una de sus claves fue el hot chuck wagon (véase la ilustración), renqueante despensa ambulante de higiene dudosa, codiciada por todo bicho andante y hambrientos badmen (merodeadores, indios, desertores y asesinos).

La vigilaba las 24h del día un cook machote sin toque ni diploma, de uñas negruzcas, gatillo fácil, armado hasta los dientes amarillentos, generalmente sin grandes luces ni pretensiones gastronómicas de Vatel vaquero. En loor de la verdad, el guarrete que hacía las veces de enterrador, pinche y cazador, tenía escasas posibilidades de lucir dotes refinados, dejar huella secular ni ampliar neuronas en dicho aspecto, dadas la pobreza de los ingredientes inmediatos y escasez de herramientas.

El juego, bastante grasiento desde luego, andaba entre perolas, sartenes, huevos rotos, aburridas féculas, fritangas e infames papillas (maíz y su harina, judías de magnas flatulencias, carne de la que pastaba a su alrededor).

Queso y fruta (aparte de la silvestre), brillaban por su ausencia y la propuesta legumbril se resumía a calabazas, guisantes secos, algún lujo ocasional (patatas regaladas por un granjero compasivo) y toneladas de rominy indio (granos de maíz macerados en marinada de... cal).

De postre, un canto al colesterol malo, las mush and milk (harina de maíz mezclada con leche, rebozada y nadando en manteca de cerdo). Para las festividades, apple pies y agridulces tartas avinagradas, atrocidad hecha de vinagre, huevo y azúcar, que desataba vitriólicos gases y nadie quien se les aguantese.

El pestiño se regaba con café, agua y metros cúbicos de bourbón, quien, mezclado con azúcar candí, desinfectaba de heridas, mosquitos, resfriados y toneladas de moral decaída: así era la panacea estomagante llamada estofado de whisky caliente. El pomposamente llamado “té” era en realidad, una surtido de plantas infusadas autóctonas, todas ajenas al asiático linaje de la delicada reina de las Camelias.

La moderna Norteamérica, tan puesta en tours coquinarios, poco publicita la noqueante gastronomía de esos frugales centinelas silentes, de vida dura y modales mínimos, erguidas sobre esbeltas monturas nimbadas de oro crepuscular.

Más amplia y salutífera, desde luego, resultó la mesa del decimonoveno granjero colonizador. Se examinará próximamente, con la llegada de un caballo ferruginoso, el vaporoso ferrocarril, novedad que jubiló a bastante cow boy famélico y équido reventado.


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