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Bubble bulb o el primer crack económico (Países Bajos, 1630)

21.10.08 | 16:30. Archivado en Historia
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«Ninguna flor iguala mi esplendor» (Théophile Gautier, La Tulipe)

¿Será el luminoso tulipán perfecta metáfora del vanitas vanitatum omnia vanitas, primeras palabras del Eclesiastes (vanidad de las vanidades, todo es vanidad)?

Lo cierto es que la desmedida pasión y sus inesperadas consecuencias que desató en una pequeña nación próspera creó el primer krack financiero conocido (el “bubble bulb” o burbuja del bulbo) y un letal “windhandle” (literalmente negocio del aire), precipitando al abismo económico gran parte de su sociedad. Esa brutal crisis sin precedentes, de increíble envergadura incluso inspiró la sombría cromática del austero Philippe de Champaigne, pintor franco-belga, representando bañados de mortecina luz blanquecina, una calavera y un sablero juntos al culpable, el hermoso tulipán reposando sobre un altar de madera.

El tétrico mensaje pictórico, cuya contemplación suele provocar un profundo malestar, es claro: para nosotros, los humanos, cualquier regocijo y posesión mundanos son vanos y abocados al fracaso por nuestra misma terrible condición: ineluctable destino final al ataúd para nuestro cuerpo mortal, compensado por vida eterna entre nubes a la derecha del Padre Eterno (ojo, sólo si nos hemos portado bien).

Dicha expresión artística, llamada Vanitas, refleja nuestra fragilidad y fugaz paso terrestre, recuerda al latino memento mori (“acuérdate de que vas a morir”) y plasma su crudeza mediante ciertos símbolos inventos de la actividad humana: instrumentos científicos, libros (vanidad de los saberes), sablero, esqueleto, flores (carácter transitoria de la existencia humana) y resurrección (altar, coronas, crucifijos...)

¿Pero, porqué retratar esa flor y no otra? En la jerarquía botánica, por hermosa que sea, nunca ocupó el trono reservado a la rosa reina, su espectacular cáliz carece de enloquecedor perfume y en sus albores, en nada se pareció a los impactantes ejemplares nacidos de las modernas destrezas hortícolas.

Entonces, ¿qué extraño embrujo y castigo celeste encierra el inocuo bulbo de Tulipa gesneriana L., oriundo de los montañosos Pamir e Hindu Kush, allá por las rudas estepas kazakies?

La clave estaría en su belleza superlativa, extrema rareza primigenia y fascinación codiciosa que despiadadamente ejerció entre pueblos de latitudes variadas. Para entender su empozoñado poder, extraña crónica y descomunal caos que sembró en seis días en un estado rico, veamos su hoja de ruta.

Empezaremos por la Persia del siglo X que la adoró tal ídolo floral, plagó profusamente su famoso parai daza (paraíso terrenal o jardín), alfombras, arte, palacios y lugares de culto con su esplendor.

Seguiremos en la Turquía de Solimán El Magnífico, quien, subyugada por sus incandescencias sedosas y cimbreante porte de maniquí floral, rodeó su propietaria de lujos disparatados, infinitos cuidados y mimos a ultranza. Ni esmeraldas gigantes, ni perlas de sublime oriente, ni siquiera diamantes centelleantes: la joya más refulgente de su tesoro y corona fue esa flor.

Pasen, pasen y vean: prohibió comercializarla fuera de Constantinopla, en Topkapi la vigiló, tal amante celoso, una permanente guardia pretoriana para protegerla de los hurtos castigados por el exilio (peor que tortura o muerte en dicha época), catalogó sus variedades y reservó su plantación y disfrute a los aristocráticos jardines pudientes. Además, los coquetos sultanes, creando tendencia y figura de fashion victim, adornaron sus interiores y trajes de motivos a su gloria.

Cada primavera se le dedicaba una suntuosa fiesta, donde instalado en infinitos vasos de opálo, plata, oro o cristal, el tûlbend, símbolo del imperio otomano y calco vegetal de su turbante, podía verificar su extraordinario poder de convocatoria y baremo de seducción, piropeado por lo más granado de la sociedad imperante vestida con sus colores.

En la actualidad, la puntual celebración sigue viento en popa, con 23 millones de corolas eclosionando al tibio abril estambuleño, donde el moderno tulipán monta su propio festival, exhibiendo fina estampa y multicolor poderío cromático al personal fascinado por ese deslumbrante despliegue, exquisitas disposiciones florales y sofisticadas formas.

Derviches y fieles musulmanes, emocionados por la peculiar hermosura de ese astro de pétalos, lo llamaron lalêh, dado que en su modestia, la flor inclina su hermosa cabeza hacia su Creador. Siempre generoso, Allah le concedió igual número de letras que su Nombre y cincelarla al cerúleo cielo de sus mezquitas, vidrieras, columnas, paredes de bazares y palacios. Ya divino, el bulbo gozó de una connotación sagrada y mítica dimensión religiosa.

Capítulo romanticismo, la peculiar colocación de sus pétalos atrajo a los enamorados que les utilizaron para transmitir diminutos mensajes y expresar con su cromática, la intensidad de sus sentimientos: así que a tulipán amarillo, amor sin esperanza y vestido de rojo, pasión. De ahí derivó el primitivo código floral turco o selám.

Lógico, ¿no se murmuraba que era una reencarnación botánica de una princesa armenia, quien, desesperada por la ausencia de su novio, se precipitó desde los altos de un barranco? De su joven sangre brotó el primer tulipán rojo pasión, prueba de su amor incondicional. Celebrada por los poetas, citada en las Mil y Una Noches, por ende la coronaron flor nacional, título emblemático que la moderna Turquía sigue otorgándole y el Irán actual también.

Tampoco la gastronomía escapó a su influjo: sus bulbos marinados y laminados se consumieron como hoy día los pepinos en vinagre, en vino tinto los creyeron soberano contra el tortícolis, crudos cuajaron la leche, hervidos, tostados o reducidos en puré o sopa, llenaron más de un estómago hambriento con su sabor a castaña amarga y podrida.

A pesar de tal excelso trato, todo era poco para el ambicioso tulipán. Decidió dar el salto a la Europa decimoséptima, donde culto a la Diosa Flora y gabinetes de curiosidades conocían un auge desmedido sin, vaya escándalo, su distinguida presencia.

Para tal cometido, necesitó de un emisario trotamundo. Empleando campos y encantos a fondo, deslumbró en Andrinople a Ogier Augier Ghislain de Busbecq, embajador en Turquía de Fernando I de Habsbourg, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico. Fascinado por esa “flor de invierno gozando de los más excelsos cuidados", la describió en su obra “Itinera Constantiopolitanum et Amasianum”, llevó como oro en paño en 1554 unos de sus preciados bulbos a Viena, donde la noticia bomba aglutinó a la elite botánica imperante.

El herborista suizo Conrad Gesner asoció el tulipán al lirio rojo y la curiosidad exótica, ya con parentela exquisita y escoltada de mágicas leyendas orientales, hizo furor en la Corte Imperial, como en Venecia donde ciertos merchantes también poseían unos bulbos. De ahí pasó a Bélgica (1562), Inglaterra (1578) y Francia (1608). Fue en tierra gala, que mediante moda, clase alta y esnobismos, empezó su escandalosa carrera, desatando pasiones descomunales y primeras especulaciones. Así nacería la Tulipomanía.

Bajo el sol del Gran Siglo francés y de su monarquía absoluta, la diosa Flora estaba en voga. La "stravaganza" bucólica invadió el decorado de las casas aristocráticas: los "apartamentos" se pintaron de "violeta", "malva", "verde pistacho", "amarillo melocotón", las arabescas vegetales zurcaron techos, mobiliario, tapicería, porcelana, cristalería. Alfombras y tejidos se plagaron de motivos florales. Ropa de casa, cortinas, cojines, cabellos, cuerpos y maquillaje se perfumaron de polvos florales especiados. Tampoco escaparon a esa locura global manjares, tisanas, vinos y licores.

Toda una industría dedicada a ese novedoso arte grácil nació en la dulce Francia. Entre tanto canto a la Madre Naturaleza y fiestas galantes abarrotadas de apabullantes arreglos florales, el triunfante tulipán lució palmito prendido al escote de las más distinguidas damas, quienes, por su exotismo, lo apreciaron más que cualquier deslumbrante gema. Así imperaban los cánones capitalinos y ninguna señorita minímamente preocupada por el diktat de la moda salía a la calle sin su preceptivo ramillete.

Excesos de flores, artificiales o no, brotaron en zapatos, bajos de los vestidos, todo el vestido, camisones, camisas, velos, guantes, bolsos, largas cabelleras, moños, sombreros y carrozas. Su codificada selección y disposición respondían a una estrategia de coquetería focalizando una sola meta: exaltar los encantos femeninos y el preciado nácar de su tez. La atornasolada sedosidad del pétalo de tulipán prestándose idealmente a esa delicada tarea, París, a su turno, se rendió a su poder.

La mujer era flor animada entre las flores y los caballeros, uniéndose al colorista derroche perfumado, seguieron dicha moda precursora del sobrecargado rococo que Madame Pompadour y María Antonieta adorarían. Pronto se gastaron a espuertas absurdas sumas colosales en el tulipán, que cumplió con celo su función de icono lujoso en una fracción vanidosa de la sociedad, codiciando la posesión de selectos símbolos resaltando su privilegiado estatus mundano.

Hoy día, son islas y avionetas privadas, yate en Mónaco, jaguar a la puerta del Ritz, Vuitton, "Manolos", Dior o rolex exclusivos los “trofeos” que exhiben los súper ricos. En el siglo XVII, fueron gabinetes de curiosidades, libros, herbarios, mansiones enormes, jardines imponentes albergando carísimas colecciones de plantas singulares, tropeles de servidumbre para cuidarles y sobre todo la flora exótica, los máximos anhelos de la gente adinerada.

Y claro, ese “jamais vu” (jamás visto) tan rebuscado lo poseía de sobra el elegante tulipán. Hipnotizó por doquier y, dada su escasez, subió su cotización como la espuma.

Un sólo bulbo podía constituir la dote de una novia y lo llamaron atinadamente “Boda de mi Hija”, mientras otro se vendió al trueque contra una fábrica de cerveza. Se intercambiaron sumas desorbitadas para hacerse con esa carísima fantasía. Hacia 1615, cuando el nuevo juguete bulboso igualó el precio del diamante, arrancó de lleno la primera fiebre tulipomaníaca.

El fenómeno francés viajó a Flandes e invadió unas húmedas tierras septentrionales, cuyo clima resultaría ideal para su cultivo: el tranquillo Reino de los Países Bajos, inmerso en su Edad de Oro. No por mucho tiempo más: el tulipán, calentando raíces y look estrátegicamente cambiado, embrujó colectivamente a su rígida población, calvinista en su mayoría, recién liberada del yugo español e intelectualmente a años luces de los escándalosos lujos, frivolidades y caprichos católicos.

Con esos mimbres, la flor enloquecedora escribió otro sorprendente capítulo de su agitada biografía donde estarán realmente todos los que son: aristócratas, literatos, campesinos, negociantes, necios, especuladores, primer mercado de valores, codicia, avaricia, Dios y sus pestilentes castigos, pulgón muy vulgar, bancarrota patria y naturalmente, su irresistible bulbo. Continuará...

9 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por rook 23.10.08 | 01:09

    Vencieron aquellos que se salieron justo antes de la explosión, acumulando grandes beneficios. Perdieron quienes habían liquidado su patrimonio para especular con bulbos y al final se quedaron con tulipanes y sin casa. Y perdió el país, que durante años se vió sumido en una importante depresión económica.

  • Comentario por rook 23.10.08 | 01:08

    Esta actitud se contagió rápidamente y el pánico se apoderó del país. Quienes tenían bulbos en esos momentos, adquiridos a precio de oro, se encontraron sin compradores. La situación no era mejor para los que habían comprado mediante un contrato de futuros: se veían obligados a comprar a un precio que ya no era el de mercado.

    La situación era tal que el gobierno holandés trato de mediar, estableciendo unas normas que consideraban nulos los contratos realizados a partir de noviembre de 1636, y que establecían que los contratos de futuros debían ser satisfechos con un 10% de la cantidad establecida inicialmente. Sin embargo, estas medidas no dejaron contento a nadie: los compradores se veían obligados a pagar por algo que ya no tenía valor, y los vendedores tenían que vender a un precio menor que el acordado.

    La explosión de la burbuja dejó, como siempre ocurre, vencedores y vencidos. Vencieron aquellos que se salieron justo antes de la explosión, acumulando gra...

  • Comentario por rook 23.10.08 | 01:05

    Los precios ascendían sin parar, alcanzando cifras desorbitadas; en 1635 se llegaron a pagar 100.000 florines por 40 bulbos, y por un bulbo de la preciada especie Semper Augustus, se podían pedir 5.500 florines.


    En esta situación, generalizada en todo el país, se generó la ilusión de que siempre se ganaba en el mercado del tulipán. Independientemente de a qué precio se comprara, alguien siempre estaría dispuesto a pagar más. Gentes de todas las clases se lanzaron a comprar bulbos de tulipán, deshaciéndose de sus bienes más básicos, con la esperanza de revenderlos obteniendo un beneficio. Un marinero desconocedor de los tulipanes fue encarcelado tras comerse por error un bulbo.

    Sin embargo, en algún momento a principios de 1637, algunos de los especuladores detectaron signos de agotamiento del mercado (por vez primera no se vendió una colección exclusivísima de tulipanes), y decidieron que era buen momento de vender y salir del mismo con sus ganancias. E...

  • Comentario por rook 23.10.08 | 01:03

    Este episodio, acaecido en Holanda en el siglo XVII, es uno de los ejemplos más citados a la hora de ilustrar el concepto de burbuja especulativa. Quizás es, por el objeto de la especulación, uno de los más curiosos, aunque desde luego no el único.

    Los tulipanes llegaron a Europa Occidental a finales del siglo XVI, y en un principio no eran demasiado populares (ya que en su estado natural no es una flor especialmente atractiva). Sin embargo, tras verse afectadas por un virus, empezaron a surgir una gran variedad de colores y una forma, irónicamente, más agradable, lo que provocó un creciente interés por ellos.

    La boyante situación económica en Holanda, derivada de su gran actividad comercial, hizo el resto; y a principios del siglo XVII, los bulbos de tulipán se convirtieron en piezas de coleccionista.

    En la década de 1630, el panorama se volvió enloquecido, con un mercado de los tulipanes cada vez más activo. Los precios ascendían sin parar, alca...

  • Comentario por Joe Castor 22.10.08 | 14:14

    Espero que no dejen a los lectores sin la continuación (del para unos soporífero, para otros interesante y para mí indispensable por razones que no son del caso exponer) de "Bubble bulb", que hoy he buscado inútilemente. Gracias, J. Castor

  • Comentario por rook 22.10.08 | 09:51

    Se le olvido a usted decir que despues de esa crisis que tuvieron reforzaron su comercio exterior hasta tal punto que ahora son capaces de comerciar con productos hortofruticolas cultivados en tierras de Espa;a llevarselas a Holanda y vender esos productos en otras tierras Europeas como si fuera un producto propio. Vease tomates, flores, rabanos, pepinos etc ...empaquetados con el sello "produce in Holland".

    Se de lo que hablo lo veo a diario.

  • Comentario por Rafael 22.10.08 | 06:37

    Interesante tema,continúe por favor

  • Comentario por Fabirn 21.10.08 | 20:37

    soporífero. gracias

  • Comentario por Antoñito 21.10.08 | 20:05

    Buen curso de botánica. Deberíamos haber hecho como Holanda, dedicarnos a recolectar pasta durante 400 años y menos colonizar y buscar oro. Quizás ahora estuviesemos como ellos (forrados). Saludos

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