Fogon’s Corner

Old Blue Eyes, homenaje a Frank Sinatra

20.10.08 | 19:20. Archivado en Cócteles de cine

De aquí a la eternidad muchos seguiremos idolatrando a La Voz, quien, hace ya una penosa década, dejó esos lares huérfanos de su elegancia y un glamuroso trono hasta hoy desocupado. De hecho, ¿quién se atrevería? En efecto, el personaje, de infinito talento y desmedido encanto, resulta irrepetible e intocable su reinado, por más imitadores aplicados que tenga.

Dicen que un banal infarcto acabó con él, ¿pero realmente mueren los dioses o regresan a su firmamento después de su centelleante paso entre vulgares mortales? Un consejo: no creerse siempre lo que dice la Prensa.

De hecho, el mito está como un tren, su recuerdo perenne y el milagro de su incomparable voz remasterizada, susurrando su magia entre modernos auriculares.

Para ese gigante del celuloíde y de la música, periodista deportivo en sus albores, "american idol" atemporal el resto de sus días, realmente no hay "final curtain". Como prueba, las apabullantes cifras, casi 38 millones de entradas postmortem y a la fecha, en Internet donde arrasa. Desde su más allá, su arte sigue embrujando con su característica ternura aflojando detrás de una fachada de duro durísimo de pelí negra.

Incluso y con todos los respectos, la Voice devino hace poco The Stamp (el sello). En efecto, coincidiendo con su 92 cumpleaños, los correos norteamericanos emitieron uno a su nombre (120 millones de ejemplares para empezar, a 42 cents). ¡Cuanta actividad póstuma y qué muerto más vivo! En fin, como si todos esos récords no bastaran, nos desplazaremos hasta el 1637 de la hollywoodense Vine Street. Ahí brilla una merecida estrella a la gloria de ese hombre, que puso en el mapa a su cuna natal, Hoboken (New Jersey, EE.UU.) y marcó de forma indeleble, la música de su época.

Con una frase lapidaria, Frank resumío su peculiar filosofía existencial: "Vives la vida una vez y por la manera en la que yo la vivo, con una es suficiente".

Sin embargo, casi no la goza, esa existencia. Pasen y vean: un frío 12 de diciembre de 1915, Francis Albert Sinatra, hijo del siciliano emigrado Anthony Martin Sinatra, boxeador frustrado mudado a bombero y de la enfermera genovesa Nathalie Garavent, nace desgarrado por los forceps, tímpano reventado y oreja destrozada. Certifican su muerte que su lista abuela no admitió. Cogiendo en volandas al nieto esxangüe hasta el grifo del pasillo, lo empapó de salvadora agua helada. El bebé resucitado dio por fin su primer grito y con ese átipico bautismo, su primera nota a un mundo que ya sospecha cruel y puede que, en alguna parte de su diminuto cerebro, decidió manejarlo cuanto antes a su manera. Y vaya si lo hizo.

Con esa tónica, broncas mediáticas, escandaleras sonadas, depresiones suicidarias, grave extinción vocal, alcohol a granel, míticas mujeres deslumbrantes (Lana, Marlene, Rita, Marilyn, Ava, Mia, Barbara) salpicaron un torrente existencial llamado Frankie. Plasmó su longevo talento, sesenta años on stage, en más de 1.300 canciones, 80 películas, 500 millones de discos, recibió 11 Grammys y un Oscar. Su vida y milagros liberaron megalitros de tinta periodística. Tal fénix renacido de sus cenizas de lentejuelas, con patrón de latín lover cortado a su antojo y profunda voz de barítono blanco, impuso sus modernas audacias en unos EE.UU. en pleno auge, asícomo un estilo personal de cromática única, llamado "crooner".

El resultado fue un modélico/melódico triunfo trufado de daños colaterales entre gente variada: policías, tropeles de jovencitas desmayándose a su vista, histéricas marujas llorosas y enfervorecidas muchedumbres de todo pelaje gritando al paso del escuálido divo de acérrima mirada cerúlea y orgasmáticos gorgoritos.

Sobreviviendo a cuatro matrimonios, al indomable "animal más bello del mundo" (Ava Gardner), incontables aventuras, giras agotadoras y graves baches profesionales, el carismático, sensual y madurito "Old Blue Eyes" arrodilló la Gran Manzana a golpe de leyendarios New York, New York. A Marlene Dietrich no la sorprendió: ella misma, en sus días de vino y rosas en el lecho del bello cantante, lo llamó "Rolls-Royce de los machos". Y vaya si sabía del tema, Lily Marlene. Adivinar lo que escondía la delgada carrocería del atractivo Frank...

Cantó bebiendo la amarga copa de su soledad a sexo, ironía, spleen personal, libertad, libertinaje, extraños en la noche, amores en ciernes, dolientes o difuntos, con emociante fraseo aterciopelado de inaudito sincopeo, en un noqueante mix de big band, blues, swing, jazz, twist, rock y disco.

De 1950 a 1970 fue el alma del Rat Pack, irrepetible grupo artístico aglutinando pillos cantarines como Dean Martin y Sammy Davis Junior. El engendro, solidario y preñado de moraleja humanitaria, ostentó lo mejorcito del Hall of Fame hollywoodense con jerarquía ratonera en forma de lluvia de estrellas patrias: Judy Garland (primera vicepresidenta), su hija Liza Minelli, Bogey (rata encargada de las relaciones públicas), su esposa Lauren Bacall (alias Den Mother), Sid Luft (responsable de la jaula ratera), Nathaniel Benchley (historiador del invento) y un inefable tesorero, Swifty Lazar.

Joe Bishop, Peter Lawford, su cuñado Robert Kennedy y las "mascotas" (rubias incandescentes y pechugonas) como Marilyn y Angie Dickinson, integraron ese circulito de entertainment quien, de Las Vegas a Ocean Eleven, luchó para abolir la feroz segregación imperante contra los artistas negros en casinos, hoteles y showbiz hostiles.

Eso si que era life style, espectáculo y cruzada humanitaria bien entendidos, con expectantes masas durmiendo al raso, esperando a sus cantarines ídolos regresando de sus correrías nocturnas abundantemente regadas. La noche que nos dejó, se iluminó el Empire State Building con el color de sus pupilas. Manhattan, bañada de luz azulada, rindió su colorista homenaje a Ol' Blue Eyes, ese chico tozudo que forjó su propia leyenda y más que nadie, supo encarnar el "american dream". Seguro que al patriótico Frank, en su ignoto cosmos, le encantó la idea.

El histórico Hotel Ritz madrileño albergó en su día al divo, que se acercó al Bar Velásquez del palacio. Ahí lo deleitó el talentoso Marcelino Martin con un cóctel especial que enseguida, gozó de las predilecciones del cantante. Se trata del Champagne Ritz, cuya maravillosa receta nos desvela su autor en el reportaje preparado a vuestra intención. ¡Cheers and so long, Frankie, we'll always have you under our skin!

http://www.sinatrafamily.com/


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