Por tanto, vamos a acogerles dignamente con una sopita que os aconsejo preparar en gran cantidad, congelar y presentar con todo lujo de panecitos y cariñitos, para apaciguar a esa temibles damitas.
El culto a los muertos es tan antiguo como la llegada del homo sapiens en esos lares. Las celebraciones al respecto varían según las latitudes, pero si existe unas gentes para los cuales esa tradición está sumamente marcada, se llevaron la palma los Celtas. Creían que la muerte era prolongación de la vida y como simulacro, un alma viajera separada del cuerpo mortal, aseguraba ese tránsito hacia las deidades que gozaban entre cielos de ágapes y libaciones eternos. Pero existe una puerta que devuelve los fallecidos entre vivos.
Su horrenda apertura coincidía con la entrada en el periodo oscuro u invernal, el 31 de octubre o fatídico Halloween. Convenía por tanto tener contentas a esas almas desorientadas y qué mejor que unos manjares calentitos para saciar sus exigencias e apetitos demoníacos, que temblando y corriendo, se depositaban a lo largo de fríos caminos y bosques misteriosos.
De ahí nació la tradición de sopas y caldos a base de una oronda legumbre estacional, la calabaza, cuya receta infernal, express e hipercalórica se hace saltando sobre su olla a vapor favorita, depositando una hojita de laurel en el agua y 1 kg de calabaza en la parte reservada a tal efecto. Retirar, añadir 1 potito de nata espesa, 1 cucharita de azúcar moreno, complementar con poco de agua si la cosa resulta demasiada espesa, mixar a fondo, salpimentar a gusto y servir muy caliente en boles transparentes.
Miércoles, 7 de enero
Juan Luis Recio
Pedro Antonio Martín
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Marie-José Martin Delic Karavelic
Gonzalo Sol
Ruta Quetzal
Pilar Carrizosa
Rosana Fuentes
Tierras del Olivo
Raulet el Artillero