Garbo
29.06.07 @ 08:42:52. Archivado en Cócteles apasionados, de cine
“No soporto que encierren mi alma entre algunas hojas de papel”
(GG)
Greta Lovisa Gustafsson, alias Garbo, dio verosimilitud a la palabra perfección con su intimidante belleza andrógena, tanto que sesudos especialistas en estética terráquea verificaron en su rostro el número áureo o divina proporción. Aunque el resultado fuese negativo, el hecho es que bajo todos los spots y ángulos, la sobrecogedora dama de las cámaras era fotogénica, regalando un plan ideal para cualquier cliché, incluso con los más inverosímiles tocados.
Greta nace fondona en el frío Stockholm de 1905 y se hace mítica Garbo diáfana al californiano calor hollywoodense de 1925, donde, a pesar del machista puritanismo stars and stripes de los gerifaltes del séptimo arte, vivió intensamente sus pasiones bisexuales, sin salir, sección escándalos, en la hambrienta prensa afín. La clave de tal respeto podría resumirse en una palabra: fascinación.
La carismática esfinge escandinava, cuando amaba, lo hacía de verdad y toreando quien le apetecía. Cotillean que en sus irresistibles redes cayó incluso un ángel azul, de idénticas opciones ambivalentes, conocido por el mundo mundial como Marlene Dietrich. Con su otro yo corta fue la pasión y la rivalidad, perenne, siendo ambas, a la sazón, la crème de la crème más taquillera, vanguardista y sulfurosa del mundo mundial.
La rebelde Greta, despojada de polares excesos adiposos y mudada a filiforme diva refinada, confeccionó un intencionado fondo de armario gay, mezcla de ultra femeninas transparencias, lentejuelas a granel y audacias masculinas, cuya impactante dualidad abdujo público e hipocresías imperantes. Así impuso la Divina un morboso sexo prohibido, que personificó con su hierático porte nórdico, sin escandalera a pie de calle embelesada o en extasiadas salas oscuras.
Llegando el pujante parlante, la silente estrella sepultó al cine mudo reciclándose con grave tono sensual, con dejos masculinos, dejando al personal en decúbito supino y quince irrepetibles pelís al rugiente león de la MGM. La cosa sucedió en Anna Christie (1930), cuando, con teatrales ademanes flemáticos, cimbreante caminar y penetrantes miradas de manantial, la introvertida diosa altiva susurró sus primeras históricas palabras al derretido garçon de turno, pidiéndole una generosa ración de su cóctel favorito.
El hecho hizo tanto para el whisky con ginger ale que Marilyn para el 5 de Chanel y lanzó en las barras del mundo mundial ese fashion mix mitómano, cuya receta de cine, ligeramente modificada por algunos bartenders imaginativos, indicamos a continuación. En el shaker refrescado (verter hielo, sacudir, retirarlo, volver a ponerlo hasta la mitad): 1 vaso de whisky del bueno, media botellita de ginger ale, un poco de azúcar moreno, sacudir a fondo y degustar en un vaso tubo igual de fresco, decorado con una lonchita de lima verde y otra de color amarillo valiente. Sheers to everybody!
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