Historias del Oporto
07.06.07 @ 20:50:41. Archivado en Política
Lisboa, Portugal, 27 de diciembre de 1703. El embajador Methuen firma con las autoridades locales el tratado que llevaría su nombre, brindando ventajas arancelarias al vino luso, un tercio más barato que los caldos burgaleses de los cuales Inglaterra se encontraba despojada. La razón era el blocus mercantil decretado por el anti Luis XIV, antifrancés y antipapista Guillermo III de Orange Nassau, instalado en el trono inglés del cual acababa de echar a patadas al legítimo rey Jacobo II, su suegro para más inri (1668). El destronado huyó hacia Versalles, todos gastos pagados, lo cual se enfadó definitivamente la blanca Albión con su odiada vecina continental.
Por tanto, los hijos de la Gran Bretaña urgentemente acordaron su “protección” a un Portugal recién librado de España y acechado por Holanda dentro de su formidable emporio. A cambio, el amparado abrió de par en par colonias y territorio patrios al mercado lanar inglés, a la sazón en plena vorágine de revolución industrial, o paso de una sociedad agraria a otra dominada por la manufactura de maquinaria.
Y Gran Bretaña, a la sazón, fue unas de las primeras naciones europeas en entusiasmarse para tanto modernismo. Para Portugal, fue otro cantar, tal entregar sus bodegas a los negociantes británicos que devoraron el 80% de la cosa, aparte de vivir una progresiva ruina artesanal y larga dependencia económica de su Graciosa Majestad isleña.
Así nacieron hegemonía comercial inglesa, Banco de Inglaterra, Oficina del Comercio y Oporto boom en una región muy delimitada, el valle norteño del Baixo Corgo, afluente del mágico Douro. En esos lares ocurría un extraño fenómeno: cualquier vid extranjera plantada surtía Oporto, milagro científico inexplicado, sumariamente atribuido a unas excepcionales condiciones agro-climáticas.
Ese vino, áspero en sus albores, desataba entre Ingleses pasión inaudita y fascinante estado de estupor que cazaban perfectamente con su celebérrima flema. Para conservarlo mejor, decidieron fortificarle mediante el viejo truco del aguardiente, paciencia y azúcar.
Con esos mimbres propulsaron nuevos sabores de alta gama, secos, extra secos, dulces o semi, otro foco mercantil local y éxodo masivo hacia los arrabales de Oporto, concretamente en Villa Nova de Gaia. Ahí envejecieron el precioso elixir en toneletes de madera especial, cuya porosidad favorecía la oxidoreducción, surtiendo las categorías tawny, ruby, milesimado y su quintaesencia, el vintage, cuya cosecha 1931 fue hito inigualado en los anales de una producción nacida en 1775.
Uno de sus adictos fue el inmenso Winston Churchill, tan caído in love con su sabor, que la posteridad dedicó una cuvée spéciale a su nombre. El gigante estadista nunca resistió al hedonista canto de esa aromática sirena llamada Oporto, diaria terapia de puro sol embotellado que exigía para abrir sus apetitos gargantuescos e ingentes comidas. Ya lo advertía Nietzsche con ese adagio: “Sin placer, no hay vida : y el combate para el placer es el combate para la vida ». Pues que viva el atinado Nietzsche.
Y vaya si lo aplicó el leonino lord británico durante un trepidante paso terrenal de 91 años, febrilmente repartidos entre insomnio, conquista birmana, corresponsalía guerrera, guerra de los Boers, otras dos mundiales, pintura de más de 500 acuarelas, caballos, apuestas, golf, esgrima, polo, natación, boxeo, literatura (fue Premio Nóbel), amigos, familia, política, Graciosilla Majestad, trece puros cotidianos, happy hours de coñac, whisky soda, cócteles, champagne Pol Roger, cointreau, brandy, jerez, vinos blancos, tintos, generosos, pelotones de platos refinados, entremeses elitistas y postres de ensueño.
Genes, temperamento, excesos y placeres, así resolvió el genio su ecuación vital frente a dos cuadros de insuficiencia coronaria que le acecharon y a su exhausto entorno, penando en seguir el ritmo de ese joven anciano o anciano joven, empeñado en sacar todo el jugo a su destino a todas luces excepcional.
También es verdad, mirándolo pragmáticamente, que el Cielo previsor pensó para cada mortal una eternidad para descansar o agitarse en otra dimensión. ¿Será eso, lo de “you always live twice”? Empero todo hombre, por más que uno sea Churchill, teme algo en esa life. En dicho caso no se llamó Hitler, ni Blitz, ni Guerra Fría, ni siquiera el carnicero Stalin detrás de esa invención atroz o iron curtain. El marchoso, speedy y bon vivant de Winston sólo huyó como peste de una sagrada bebida nacional que tildaba de “repugnante”. Era el té. ¡Good gracious!
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