Érase una vez hace 40 años un maestro y su aprendiz. Ocurrió que el maestro, sabio catedrático, escribió uno de los libros más seguidos por sus alumnos, tal vez incluso por su dócil y joven aprendiz.
Con el tiempo el aprendiz creció y se volvió también muy sabio, y alcanzó su fama prestigio, llegó a saber más que su maestro catedrático. Pero su maestro tenía más fama, más publicaciones, más simpatías e importancia. El aprendiz se conformó entonces con aguardar y esperar su ocasión, pues el maestro era ya mayor y pronto se jubilaría.
El aprendiz se convirtió en maestro, también en catedrático y compañero del maestro, y un buen día su maestro se jubiló, pero desde conferencias y desde su libro el maestro siguió enseñando. La inocente sombra del maestro resultaba alargada, pues no se dedicaba a disfrutar de su jubilación, seguía el maestro casi en activo a pesar de estar ya jubilado, no enseñaba más que desde su libro.
El tiempo corrió para ambos, y para el maestro le llegó su hora de morir y falleció. El aprendiz comprendió entonces que era su ocasión, que la importancia en la cátedra la tenia solo él y nadie más. Había que afianzar el prestigio, y poniéndose manos a la obra quiso hacer su propio libro, que le inmortalizase y le permitiese ser recordado, que culminase su carrera.
Pero ocurre que faltando poco por terminar su obra, descubrió que su maestro aun vivía, vivía en su famoso libro que tanto gustaba y apreciaban los alumnos, incluidos los suyos. Había que hacer algo, el aprendiz ya maestro y catedrático, desprestigió públicamente el libro del que fue su maestro y compañero.
– Ese libro está desfasado – decía. – Tiene errores y debiera ser corregido.
Pero aun despreciándolo, su maestro siguió vivo en el libro, y siguió vendiéndose y siendo consultado por los alumnos. Sorprendentemente salió una edición póstuma, y el maestro impartía su curso y lecciones desde el libro.
Ocurrió que un día la familia del maestro pidió al aprendiz ya maestro y catedrático que corrigiese los errores del libro de su difunto, sobre todo por perpetuar su memoria. Le enseñaron un libro con correcciones que quería hacer el difunto pero que la muerte no le permitió completar. El aprendiz ya maestro y catedrático aconsejó a la familia que se dejase de editar el libro de su difunto, que no se publicase más, que el libro de su maestro ya era antiguo y había cumplido y concluido su función. Con esto aspiraba el discípulo ya maestro y catedrático desahuciar la obra del que fuera su maestro y compañero, y ocupar su lugar con otro libro.
El final de la historia a día de hoy aun no se terminado de escribir. Solo puedo decirles que el libro del maestro sigue vendiéndose, y que él sigue vivo en su libro, enseñando. Por más libros que aconsejan como alternativa al suyo, el gran maestro sigue siendo preferido por los estudiantes e impartiendo su curso desde su libro, pues como dice la frase de Albert Payne:
Lo que hacemos por nosotros mismos, muere con nosotros. Lo que hacemos por los demás y por el mundo, permanece y es inmortal.
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Resulta interesante esta sentencia
http://www.scba.gov.ar/falloscompl/SCBA/2004/04-01/c65056.doc
que da cuenta de las "buenas intenciones" y del verdadero interés de Lumen Dei por el bien de los niños pobres,y que obliga a echar mano de la justicia para cumplir la voluntad altruista de una donante. Y esto ya es público, Sr. Moreno Mestre.
Pero, ¿qué libro es ese?
C'est la vie.
Jaramillo: Criticaré cuando me plazca a Lumen dei, pero con argumentos. Lo de usar insultos entre comentaristas, sabotajes a los comentarios de otros, uso de perfiles, o verse como he visto montones de criticas en las que salían ciertos datos que no he visto forma de corroborarse su autenticidad, me llevó a tomar esa decisión. En cierto modo es perjudicial para el número de visitas, pero no me hace gracia ver 100 comentarios injuriosos de lectores los unos contra los otros o contra terceros que ni conozco, ni sé si son buena o no. No me caerá bien Lumen Dei, pero no creo que mi blog deba convertirse en un espacio de difamación a cara oculta. Si yo critico a alguien yo doy la cara, otros en cambio vi que ni lo hacían.
Desde que no sabes como lidiar con el tema de Lumen Dei que tú mismo empezaste, ahora te dedicas a escribir cuentos para niños, y encima poniendo en mal lugar a algún profesor tuyo. Para que digan de la libertad de expresión y el libertinaje.
Martes, 29 de mayo
Jesús Espeja
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Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia