El pasado sábado 27 de enero se celebró en todo el mundo el día de la Memoria del Holocausto. Es muy necesario hacer memoria del Holocausto. No se trata sólo volver a constatar el crimen cometido, sino de hacer una clara defensa de su singularidad. Dicha singularidad se refiere a su diferencia respecto de otras atrocidades, como a la atención especial al crimen cometido contra los judíos respecto de otras víctimas de los campos de exterminio, como los gitanos y los homosexuales. Esto no significa que se dé menos valor al sufrimiento de las víctimas de otros crímenes, de todas las guerras y opresiones que han asolado y asolan al mundo. En realidad, defender la singularidad del crimen contra los judíos sirve para defender más sólidamente a todas las víctimas pasadas, presentes y futuras. Y es que la singularidad no se refiere a ningún “privilegio”, sino que es la singularidad de un símbolo, que ha de ponerse bien alto para que sirva de advertencia.
Muchas son las razones que hacen afirmar rotundamente la singularidad del Holocausto, señalarlas con detalle haría este post demasiado largo y supera mis conocimientos. Entre las más importantes está el hecho de que la eliminación de los judíos europeos era un fin en sí mismo, “no se les mataba por razones políticas (genocidio armenio o ucraniano), ni como resultado de una explotación económica (la mayoría no conoció el universo concentracionario pues moría el mismo día de su llegada), sino por el mero hecho de haber nacido judío. Los nazis deciden quién tiene derecho a vivir en la tierra, así como el lugar y el plazo del exterminio. Ahí se toca un extremo que, según Arendt, ‘sólo se ha alcanzado una vez en la historia moderna: por los nazis`” (Reyes Mate, “La singularidad del Holocausto”, en Por los campos de exterminio, Anthropos, Barcelona, 2003, p.63. Las citas en el texto son de Eichmann en Jerusalén, de H.Arendt).
La atención especial que ha de prestarse al crimen contra los judíos se explica porque el Holocausto es el condensado final de la larga historia del antisemitismo europeo. Los judíos fueron sistemáticamente odiados y marginados. Fueron obligados a vivir en guetos, a señalarse públicamente, a vivir constantemente bajo la amenaza de los pogromos, matanzas masivas montadas por algún rumor de “crimen ritual”. Esta larga historia de odio permitió el Holocausto, en la medida que los nazis pudieron servirse de la indiferencia (y colaboración) de tantos europeos. Como imagen, basta la escena del film Shoah, de Claude Lanzmann, donde los campesinos polacos hablan jocosamente de las muecas burlonas y macabras que hacían a los judíos que llegaban a los convoyes. Prestar atención especial al crimen contra los judíos se justifica para dejar al descubierto el largo proceso de odio y marginación que preparó el terreno para el crimen masivo.
Asimismo, es preciso rechazar con toda energía la pretensión de banalizar el Holocausto con la excusa de la crítica a la política del Estado de Israel. Muchas de sus actuaciones se han de criticar con energía (pero sin maniqueísmos que conviertan a Israel en el culpable de todos los males) y nadie con un mínimo sentido de humanidad puede justificar la terrible situación de opresión e injusticia en que viven los palestinos, pero en absoluto son justificables comparaciones con el Holocausto, aunque quien lo haga se llame Saramago. Defender una paz justa, una convivencia en dos Estados (aunque lo ideal, pero ya desgraciadamente imposible, hubiera sido un estado común binacional, como defendió Arendt), es deber de cualquier demócrata, decir que eso prueba que los judíos “no son tan buenos”, que la política de Israel muestra “qué clase de gente son, cómo controlan el mundo” y que “ya no merecen compasión las víctimas del Holocausto”, es puro antisemitismo, ahora travestido con el respetable traje de la causa palestina, causa (justa) a la que, por cierto, flaco favor le hacen. Merece la pena consultar, a este respecto, el artículo de la wikipedia sobre el neoantisemitismo, http://es.wikipedia.org/wiki/Nuevo_antisemitismo (más extenso en inglés)
La defensa de la singularidad, como dije al principio, no significa darle menos valor al sufrimiento de las víctimas, sino todo lo contrario. La singularidad del Holocausto significa que éste es símbolo de la capacidad de maldad a la que es capaz el género humano, una maldad que no es patrimonio de sádicos, sino que puede contar con el apoyo de “gente corriente”, como tan bien vio Hannah Arendt. El Holocausto es el símbolo de hasta dónde podemos llegar. A los judíos primero se les dijo “no podéis vivir entre nosotros siendo judíos”, luego que “no podéis vivir entre nosotros”, finalmente, “no podéis vivir” (Reyes Mate, citando a Raul Hilberg, op.cit, p.62). Algo parecido podría pasar otra vez, con los judíos o con otros colectivos objeto de desprecio y marginación. Cada vez que escuchamos un discurso de odio dirigido contra algún grupo humano (judíos, gitanos, negros, musulmanes, homosexuales, inmigrantes…), el Holocausto nos recuerda la amenaza de que al final se llegue a otra “Solución Final” al “problema” de alguna minoría molesta.
Ivan Ortega
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En efecto, la historia de la "conspiración judía" es anterior a los nazis. Forma parte de la transformación que experimenta el prejuicio antijudío en el siglo XIX. De un prejuicio religioso, se pasó a uno racial y nacionalista. El ejemplo más característico son "Los Protocolos de los Sabios de Sión", un panfleto falsificado por los servicios secretos del Zar, ampliamente utilizados por los antisemitas de toda Europa y que encajó bien con el ancestral prejuicio. Por cierto, que algunas cadenas árabes están emitiendo una serie de TV basada en los Protocolos, y que en muchas escuelas de países islámicos se enseñan en las escuelas las "teorías" de este libro. Como un día fue la religión cristiana, y luego la nación, ahora el viejo antisemitismo se disfraza con otra causa para colarse
Ivan: Resulta además curioso como al parecer los propios nazis creían que los judios eran una etnia peligrosa con gran podser a nivel mundial. Existía años antes del holocausto una leyenda negra que decía que el mundo estaba en poder de los judios.
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