Café con el Pequeño Filósofo

Clic

08.07.11 | 08:30. Archivado en Literatura

(alanferreiro.com) A veces no es fácil encontrar la poesía de las cosas. A veces pasa ante nosotros una locomotora rumbo a un destino desconocido y no vemos más que un amasijo de hierros que se mueve sin sentido, y una cigüeña que emigra hacia tierras frías nos parece no más que una mancha incómoda en el cielo. Pero a veces una botella rota en un vertedero nos inspira un puñado de verdades que dan para la más auténtica de las novelas. Cada cual ve su poema en una circunstancia particular. Natalia Menéndez ha encontrado la poesía en unas cañas que se beben en la Casa de Campo, en una mujer que se escapa de las manos, en unas fotos que se revelan, en un tren que se tarda en coger.

Clic configura el viaje interior de un hombre joven que no se había marcado un derrotero, un exiliado de su patria que apenas fue consciente de su desgracia, un maltratado por la pérdida trágica de los padres en la infancia. Sin embargo, los fantasmas de Raúl no son estas calamidades sino los factores más comunes de la edad: los prejuicios creados durante la adolescencia, el temor a lo ajeno, la falta de dominio de uno mismo y de conocimiento de lo que somos. El protagonista, sin saberlo, emprende un viaje a la madurez que es un despertar a la vida real.

La autora se vale de una estructura lineal hacia delante que sirve para fijar la fotografía del pasado. La trama se arma sobre elementos cotidianos como las prisas por entregar un encargo profesional, una conversación en torno a la mesa de un bar, una casa que hay que limpiar. Enlazados con el día a día, los traumas personales crecen de golpe y se hacen insuperables de forma que la existencia parece detenerse en una escala imprevista. Como en un viaje, el final del relato acogerá nuevos personajes, nuevos trayectos y nuevos lugares que, sin negarlo, dan un nuevo sentido a todo lo anterior. Pero antes vivimos el trasiego de la inexperiencia y encontramos una curiosa analogía en La montaña mágica de Thomas Mann (en traducción de Isabel García Adánez): “Dos jornadas de viaje alejan al hombre, y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia…

En el periplo de Clic nos tropezamos con la fantasía de una foto que nos habla. La ficción está por encima de todo porque habla de lo real pero de forma más verdadera. El protagonista, fotógrafo de profesión, busca su propia instantánea, una imagen nítida que le ayude a comprender. También nos damos con algún hallazgo feliz de esos que ponen en palabras las ideas que, quizá por creerlas insignificantes, nunca expresamos: “Basta con tener al lado a alguien que sepa escuchar con atención. Que sea prudente en valorar cómo se dicen las palabras. Que no quiera romper la magia de la confesión. Que permita los desajustes del ritmo, las vacilaciones, que no tenga prisa en escuchar el final…” Otro de los hallazgos felices de la novela es el título, Clic, una buena palabra para empezar una historia y, como un billete de tren de regreso a casa, una buena palabra para terminarla.

Natalia Menéndez, lo intuimos cuando la oímos hablar y lo leemos claramente en Clic, conoce la importancia de las cosas, el valor de los pequeños gestos, el precio que se paga por alcanzar algunas metas personales que nos hacen, por fin, personas enteras. Hay que haber vivido mucho, hay que haber vivido ciertas cosas, para escribir así.


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