Café con el Pequeño Filósofo

Millennium

24.06.11 | 08:39. Archivado en Literatura

(alanferreiro.com) Que la trilogía Millennium ha resultado un buen producto de entretenimiento no hace falta cuestionárselo ni preguntar a los responsables de las diversas ediciones que se han ido ofreciendo en multitud de países y en diferentes idiomas. Hemos podido comprobarlo gracias a la cantidad de ejemplares que se veían en los autobuses y vagones de metro de las grandes ciudades, en las tumbonas de las playas y las piscinas, en las salas de espera. También por las apabullantes torres de tomos negros de unas setecientas páginas con ilustraciones de Gino Rubert que nos salían al paso en las librerías más populares. Y cómo no, para quien les dé crédito, por las listas de títulos más vendidos de suplementos culturales, revistas especializadas, blogs y demás.

El ya fallecido Stieg Larsson ha conseguido sin saberlo atrapar a millones de lectores entre la tinta y el papel. De pocos autores a lo largo de la historia se puede decir lo mismo. Algunos de los personajes que salieron de su imaginación (más que probablemente mezclada con la experiencia) han conectado de tal modo con cierto tipo de público que muchos están esperando una cuarta entrega, aunque sea espuria, a partir de los supuestos papeles que quedaron en su escritorio el día de su marcha. Además, ya se ha rodado para el cine toda la trilogía en versión sueca y está en marcha la producción de corte hollywoodiense.

Otro de los logros apuntados en el haber de Larsson consiste en ciertas críticas positivas, como la de Vargas Llosa poco antes de recibir el Nobel. Don Mario publicó en El País un artículo laudatorio como se han visto pocos. Habló de las historias que se leen con felicidad y excitación febril, de los sobresalientes personajes femeninos que pueblan Millennium, de las intrigas desarrolladas a lo largo de las dos mil y pico páginas de la serie, de los distintos ambientes en los que se desenvuelve la historia y en especial del periodístico. Reconoció sus deficiencias (“está mal escrita”), pero a este aspecto sólo le dedicó unas líneas, y muchísimas más a ensalzar unas virtudes que para él, y para muchos, convierten estas tres novelas en una “fantástica hazaña narrativa”.

¿Por qué no decirlo? En la prosa de Larsson nos tropezamos con repeticiones y con multitud de explicaciones, negando a veces al lector la prerrogativa de desentrañar ciertos giros por sí mismo. También encontramos algunos diálogos excesivos que ralentizan la marcha, pasando por alto la poderosa fuerza de las intervenciones directas de los personajes. Así mismo, acostumbra a incurrir en eso que no les suele gustar a los docentes de literatura que consiste en decir mucho y mostrar poco.

Pero tantos lectores no pueden estar equivocados. En cuestión de gustos todos somos soberanos y no todo el mundo desea dejarse seducir por el uso del lenguaje. Quizá no encontremos en Millennium la sutil conjunción de la palabra y la idea. Pero ahora estamos hablando de entretenimiento, como lo fue Los tres mosqueteros o Los misterios de Udolfo. Hablamos de aventura, de villanías cometidas contra los buenos, que somos nosotros mismos, de personajes nobles que se ven forzados a levantarse contra la injusticia, de la lealtad hacia el compañero, de la necesidad del otro, de la excitación del romance, del miedo al rechazo. Todo esto también es literatura.


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