Café con el Pequeño Filósofo

Midnight in Paris

03.06.11 | 08:37. Archivado en Cine

(alanferreiro.com) Woody Allen ha vuelto a hacer una película con los mismos ingredientes que otras veces, sacados del cajón de su mesilla de noche. Ha vuelto a centrar una trama sobre un personaje que es él mismo hace cuarenta años. Felicidades a todos. Hacer una película buena sobre un tema puede ser casualidad, un destello suelto, un único momento de lucidez. Hacer muchas buenas sobre el mismo tema es de superdotados. En Midnight in Paris Allen vuelca los momentos estelares de sus anteriores películas. El resultado es digno de aplauso, y no es una forma de hablar.

En esta nueva historia el director vuelve a demostrar que trata las relaciones de pareja como nadie. Hace unos años estaba Stanley Donen y en la actualidad Wong Kar Wai. Pero Woody Allen lleva décadas subido al tren de alta velocidad en esto de los compromisos que se tambalean, la necesidad de un escape, la irrupción de terceras personas donde antes sólo había dos, la confusión y el vértigo ante el futuro, la incomprensión de la persona que tenemos al lado, el dolor de la infidelidad. Todo esto es muy real, está en la calle todos los días. Lo que no está en la calle es el adorno de diálogos brillantes y las situaciones fantasiosas que sólo pueden producirse en mentes entregadas a la ensoñación y que escapan a la realidad.

La película empieza con una sucesión de postales de París al estilo del glorioso inicio de Manhattan, aprovechando las posibilidades visuales que ofrece la ciudad más idealizada del planeta. Tanto los créditos iniciales como la música, que se irá repitiendo a lo largo de todo el metraje, llevan el sello que distingue casi todas las películas del neoyorquino. Continúa con una puesta en escena casi costumbrista en la que se nos muestra a una pareja de prometidos que acompañan a los padres de ella en su viaje de negocios a la capital francesa. Poco después de empezar a vislumbrar el conflicto entre los protagonistas, el director introduce la fantasía. Ya lo hizo en ese cuento llamado La rosa púrpura del Cairo, y en esas otras comedias improbables donde hubo un hueco para la magia como La maldición del escorpión de jade o Scoop. En esta ocasión la historia nos traslada a otro tiempo donde el protagonista, escritor en dificultades para terminar su primera novela, se encontrará con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Gertrud Stein, Cole Porter, Pablo Picasso, Luis Buñuel. Aquí encontramos el París que más nos seduce, el que no existe pero tal vez existió, el de la bohemia y los bailes, los sombreros con plumas y la creación artística bajo los efectos de sustancias estimulantes o depresivas.

Pero ese cambio en el plano temporal sólo dura un rato y entonces hay que volver al presente. Aquí es donde comienza el verdadero cuento de Midnight in Paris, cuando el sueño del protagonista se entrecruza con la vida diurna de los novios, la interacción con los padres de ella, la presencia de otra pareja que ha venido a entrometerse. Apreciamos, como otras veces, un gusto por lo pasado, una nostalgia por unos ámbitos y unos personajes cuyo legado habita nuestros sueños. No es que cualquier tiempo pasado sea mejor. Es que cualquier época anterior, vista con la indulgencia que concede la distancia y escogiendo sólo aquellos elementos que erigieron su leyenda, resulta más llevadera que la cruda realidad presente. Pero esto es un truco de magia de la historia. Y aquí tenemos, quizá, la vertiente moralista del metraje: si formásemos parte de la idolatrada belle époque desearíamos haber vivido en el renacimiento.

A los actores los retuerce Woody Allen para que adopten una forma que jamás tuvieron. Nunca habíamos visto así a Owen Wilson, de quien creíamos que no deseaba escapar de cierto tipo de comedia loca. Rachel McAdams puede ser la mujer absorbente más peligrosamente sexi si se sabe trabajar con ella. Marion Cotillard es esa mujer de belleza misteriosa de quien el protagonista no puede dejar de enamorarse, igual que era imposible no sentir un escalofrío de placer ante las miradas de Barbara Hershey en Hannah y sus hermanas. Memorable el pequeño papel de Adrien Brody recreando el estilo conversador de Salvador Dalí, y el de Kathy Bates dando vida a Gerturd Stein, que más parecía la reina madre de una manada de artistas necesitados de un consejo y una palmada que una escritora.

Midnight in Paris tiene algo de retrato de una época, pero sólo de aquello queremos creer que fue. Precisamente el contraste continuo con la realidad presente nos está avisando cada minuto de que nada es real. Y todo nos lo cuenta con la ambivalencia de lo cómico y lo cotidianamente trágico, como ha venido haciendo Woody Allen durante tantos años. Pese a la constancia, no debemos dejarnos engañar. Todas estas películas que casi se repiten tienen mucho de extraordinario. Así lo reconocieron los espectadores el otro día desde sus butacas. ¿Cuánto tiempo hacía que no escuchábamos una ovación en la sala al terminar una película?


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