Café con el Pequeño Filósofo

Himnos y banderas

27.05.11 | 08:54. Archivado en Costumbres

(alanferreiro.com) La bandera nacional, el himno, esos símbolos. Se les supone un efecto aunador y sin embargo sirven para la ruptura. Las notas del himno en un estadio de fútbol provocan silbidos y aplausos y esos mismos que se enfrentan mientras toca la banda se insultarán a la salida o algo más. Es un caso curioso el nuestro aunque, eso sí, con explicaciones en un pasado ya no tan reciente: unión forzosa de reinos, fueros de autonomía, secesiones, enfrentamiento civil. Por lo que sea, nuestra actitud hacia la bandera tiene algo que nos hace decir ¡qué país! ¡esto sólo pasa en España!

¿Sólo pasa en España? Leamos a Paul Auster en su Leviatán: “Al contrario de lo que ocurre con la bandera, que tiende a dividir a la gente tanto como a unirla, la estatua (de la Libertad) es un símbolo que no causa ninguna controversia. Si hay muchos americanos que están orgullosos de su bandera, hay otros tantos que se sienten avergonzados de ella, y por cada persona que la considera un objeto sagrado, hay otra que querría escupirle, o quemarla, o arrastrarla por el fango.” Esto lo dice uno de Nueva York, alguien que vive el caso estadounidense igual que uno de Chamberí el español. Si miramos un poco podemos explicarlo: Guerra de Secesión, imperialismo, caza de brujas, intervencionismo militar.

Me lo creo de Estados Unidos, igual que me lo creería, aun sin conocerlo de cerca, si me lo dijeran de países donde se vive o se ha vivido algún tipo de división. Me lo creería de Alemania, de Sudán, de Canadá, de Vietnam. Por desgracia, no somos tan especiales. De hecho, somos espantosamente vulgares, no sólo por repetir casos muy pisados, también por creernos que eso sólo nos pasa a nosotros: el colmo de la vulgaridad.

A estas alturas ya sabemos que el himno y la bandera por sí mismos no son portadores de principios morales, no son buenos ni malos. Lo que pasa es que necesitamos hacerlos malos. Necesitamos el mal para poder reclamar el bien, que es el nuestro. Se requiere la disensión para buscar el consenso, y cuando se encuentra ya no cabe más y hay que volver a disentir. Somos peores que esos objetos. Me pregunto que pensarían de nosotros si pudieran: quizá se darían cuenta de que nos superan, pero empezarían a disputarse el mérito de haberlo descubierto, y la bandera sería más implacable en sus juicios que el himno y éste se apiadaría un poco más de nosotros y uno de los dos renegaría.


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