Café con el Pequeño Filósofo

Vila-Matas en la Alberti

28.04.11 | 12:16. Archivado en Literatura

(Madridpress) Enrique Vila-Matas en la librería Rafael Alberti. Los Encuentros en la Alberti son islas de reposo para náufragos, acontecimientos insólitos que forman parte de la vida cultural de Madrid y más allá. Esta vez, coincidiendo con la noche de los libros, Lola Larumbe se ha traído a uno de los escritores más enigmáticos que tienen hueco en su librería. Y eso que es día de fútbol, uno de esos días en que no hay nadie en todo el país, y en buena parte del extranjero, que no sepa que hay fútbol. ¡Pero es que viene Vila-Matas! ¿Se da cuenta de lo que tiene ya de mítico para los lectores y otros escritores?, le preguntan. Vila-Matas no acaba de definirse, quizá lo piensa, quizá lo está todavía asimilando, pero la escritora que preguntó tiene razón, no es la única que lo cree. Él sonríe y agradece. Hay sitio para ambos, libros y fútbol, como lo hay para el e-book y el papel.

Desde el momento en que entra en la librería acompañado de Lola se percibe que este Encuentro tiene algo de mágico, la expectación por asistir a una cita irrepetible o simplemente por el buen rato que se va a pasar. En los metros que debe recorrer desde la puerta hasta el micrófono ya se respira la excepcionalidad. Está quien con la promesa de no robarle más de treinta y cinco segundos se toma dos o tres minutos para pedirle una dirección de e-mail donde el día siguiente pueda dirigirse a él; está quien le pide una firma por adelantado por aquello del fútbol; está quien no se resiste a hacerse una foto a su lado; y está, por supuesto, la que un fotógrafo quiere a hacer al escritor y a la librera en buena armonía. Cuando llega el momento de bajar los tres escalones para adentrarse en el espacio donde tendrá lugar la charla, parece que Vila-Matas duda un instante; quizá no lo hace pero se nota que sigue siendo un hombre modesto, tímido a pesar de las tablas de varios años de lo mismo.

Lola presenta, algo breve aunque se nota que lo ha pensado. Vila-Matas, cuando ve ocasión, interviene y ya no para. Empieza con la anécdota del tren, el mismo asiento para dos personas, casualidad, resultó tener menos derecho sobre la plaza y se vio solo en el andén. Literario, muy literario, porque en Enrique Vila-Matas todo es muy literario. Lola tiende a hablar poco, a dejar algunas notas sobre las que construir más, y Enrique no es que hable mucho, es que se siente cómodo. Habla despacio, relajado. Parece que termina de decir algo, se hace un silencio de un par de segundos, y enseguida se le ocurre otra cosa que enlaza. El auditorio expectante, atento a cada palabra, a cada broma, alguna intervención sobre todo al final, el deseo de prolongar un poco más el encuentro.

Se habla sobre el peligro de repetirse a sí mismo. Por lo visto Juan Rulfo dijo una vez que ya le estaba saliendo otro Pedro Páramo. Se suele huir de la repetición pero los lectores buscamos en el último Vila-Matas al anterior, al que nos gustó. Innovar es imitar mejorando, dijo un sabio, y mejorar lo bueno, lo mejor, es crecer mucho. Según Pla, hoy todos son originales porque no saben utilizar lo anterior: hay que saber dónde están las cosas. Vila-Matas sabe dónde están las cosas, las suyas al menos, y cada vez que vuelve sobre su mundo consigue ser original. Incluso cuando no escribe, cuando habla ante un auditorio, es fiel a su modo de entender la literatura, es literario y original.

Se le pregunta por la cualidad imprescindible en un escritor: ¿la tenacidad, la minuciosidad…? Valiente. ¿Valiente? Sí, se me acaba de ocurrir, pero es así. Hay que ser valiente para innovar. También había que ser valiente para publicar un tipo de literatura tan personal, que se sale tanto de lo común, especialmente en los inicios, cuando no se tiene éxito ni hay visos de algo mejor. Y hay que ser valiente para creer con esa fe en lo propio hasta hacer de ello un edificio tan sólido que a la larga recibirá tantos visitantes.

Se habla de las lenguas a las que ha sido traducido, de su reciente éxito en Brasil, de los escritores del no, de los suicidios ejemplares, de que en algún lugar El mal de Montano fue tenido por ensayo, de la distancia necesaria para emprender una nueva novela, de los acontecimientos reales de su vida que forman parte de su obra… En un momento de la charla uno empieza a dudar si quien tiene enfrente es de verdad Enrique Vila-Matas o es su personaje. Él mismo reconoce que alguna vez ha temido darse cuenta, o que alguien se dé cuenta, de que no es escritor. ¿Eso es verdad o está nuevamente de broma? Responde con una sonrisa misteriosa. Es como para dudar. Cuando le preguntan por sus hábitos de escritor se queda un poco perplejo. La pregunta es muy típica, quizá la más típica, y reconoce que debería ser la más fácil de responder pero para él es la más difícil. Deja caer entonces que según los hábitos se puede saber si es o no escritor. Así que no habla de ellos. ¿Qué desayuna? Elegante, tampoco responde.

Pero se sigue hablando. La charla es animada, íntima. Importa poco si es el autor o es el personaje. Queremos a los dos y parece que los tenemos. Lola agradece su presencia, su desplazamiento desde Barcelona para estar con nosotros, y da con la clave: Enrique, este hombre que tenemos a nuestro lado, es verdadero.


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