Café con el Pequeño Filósofo

El largo adiós

22.04.11 | 08:40. Archivado en Literatura

(Madridpress) Raymond Chandler escribió El largo adiós cuando ya hacía tiempo que había sorprendido al público y su nombre figuraba en los primeros puestos de las listas de ventas. La mitad de los lectores estadounidenses aún recordaban, o seguían leyendo, El sueño eterno, Adiós, muñeca, La dama del lago. Catorce años después de publicado su primer éxito, Chandler ganaba fortunas con cada nuevo título que ponía en el mercado, las productoras se rifaban los derechos de sus obras y su capacidad para los diálogos se cotizaba como el caviar en el mundo de los guionistas de Hollywood.

Podría pensarse que a esas alturas su ingenio ya se había agotado, que ya no le quedaba mucho más que decir. Y sin embargo todo lo anterior no fue más que un ensayo, el laboratorio donde hizo fermentar, tras mucho derivar y probar, una de las novelas mejor terminadas del género policiaco desde que éste existe. Si hoy El largo adiós no es el título más conocido de Chandler se debe exclusivamente al cine, y a esa pareja de ídolos que fueron Bogart y Bacall. La versión que filmó Howard Hawks de El sueño eterno es más que una película, es la fuente de un mito, de dos mitos, y recoge algunos de los momentos que por su brillantez se han convertido en tópicos del cine negro. Ninguna de sus novelas posteriores contó con una versión cinematográfica tan emblemática, ni siquiera El largo adiós.

Pero ahora hablamos de libros. Lorenzo Silva firmó un artículo muy recomendable sobre esta novela en el que nos habla de la relación entre Philip Marlow y su amigo Terry Lennox, que va a desencadenar los acontecimientos que dan cuerpo a la trama, también del resto de personajes y de la crítica social que se permite el autor. La novela es tan rica que las posibilidades de análisis son infinitas. Cada capítulo está repleto de momentos inolvidables, de frases ingeniosas, de personajes poderosos que se convierten en arquetipos, de acción y mucha reflexión, de imágenes extraordinariamente visuales. Imposible recoger todo ello en una sola página: uno debe conformarse con apuntar algunas pinceladas o bien recrearse en su lectura completa.

Uno de los fuertes de esta novela es la descripción, especialmente de los personajes. “Era un individuo que hablaba poniendo muchas comas, como en una novela de empaque.” Para presentar a una mujer fatal, de esas que paralizan a toda la clientela de un bar cuando hace su aparición, nos muestra al camarero todo solícito apartando la mesa para que se siente y escuchando su petición: “Era una persona que, de pronto, tenía una misión en la vida.”

Otra de las claves que hacen de esta novela un paradigma policial, es la presencia continua del personaje de Terry Lennox, el esposo de una millonaria que se hace amigo de Marlow a base de gimlets (“mitad ginebra, mitad lima Roses y nada más”). Pese a su suicidio, pese a que la policía da por cerrado el caso referente a su muerte y a la de su esposa, su espíritu permanece presente a lo largo de todo el relato, incluso cuando Marlow se ve envuelto en otro caso de desaparición y muerte de un célebre escritor. Desde el inicio sabemos la importancia de este personaje y la manera que tiene Chandler de hacerlo flotar en el ambiente sea cual sea la circunstancia en la que nos veamos enriquece enormemente el conjunto casi sin darnos cuenta.

También tiene un peso enorme las disertaciones del autor sobre algunos asuntos que le interesan, sin que ello suponga, y quizá esto sea lo más meritorio, una desviación de la trama porque todo ello es uno. Por ejemplo, la conversación que sostiene Marlow con el editor de Roger Wade sobre los editores y los manuscritos (“sería embarazoso perderlos antes de tener la oportunidad de rechazarlos”), o la reflexión del detective sobre los diferentes tipos de rubias que uno puede encontrarse cuando entra en el bar la mujer del escritor, o sus apreciaciones casi apocalípticas y a la vez entusiastas sobre la ciudad decadente (“me quedo con la ciudad, grande, sórdida, sucia y deshonesta”) o las invectivas dispersas sobre la corrupción de los políticos y las instituciones.

En cuanto a las frases memorables, que son muchas, anotemos un par de ellas: “Tengo mucho dinero. ¿A quién demonios le interesa ser feliz?” O esta comparación que establece Terry Lennox entre el alcohol y el amor: “El primer beso es mágico, el segundo íntimo, el tercero pura rutina. Después desnudas a la chica.”


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