Café con el Pequeño Filósofo

Contenedores y crisis

31.12.10 | 08:16. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) El día de Navidad, por la noche, los contenedores de papel del barrio estaban vacíos. Otros años no. Otros años los contenedores rebosaban papeles de regalo, envoltorios diversos, cajones de vino retorcidos, cajas de juguetes y de esas que contienen las cestas navideñas y los jamones y embutidos. Otros años, en las inmediaciones del contenedor, se iban amontonando papeles y cartones de forma que uno ya no podía acercarse y acababa dejando sus desperdicios reciclables en la acera, una forma incívica de ser cívico. El día siguiente o cuando tocara, el camión que los recoge se las veía canutas para acceder a todo ese montón de deshechos por medios mecánicos y al conductor le tocaba bajarse. Trabajo doble.

Pero este año no ha habido que tirar tanto. Los que tuvimos la suerte de deshacernos de algo, poca cosa, nos hemos encontrado el contenedor libre de restos, disponible para nosotros, y nos ha golpeado la sensación de limpieza y recogimiento, como si estuviéramos en Luxemburgo. Ni siquiera hemos tenido que esperar a que otro vecino se deshiciera de lo suyo para ejecutar nuestra maniobra. Nos ha parecido por una vez que el sistema establecido para recuperar materiales desechables está perfectamente dimensionado y funciona a las mil maravillas.

La crisis económica también tiene efectos positivos. Los negativos son más negativos que positivos los positivos, pero no está mal contemplar alguna vez estos últimos, aunque sólo sea como terapia de alivio ante tanta calamidad. A menos papel y cartón utilizados, menos materias primas esquilmadas, menos árboles talados, un respiro para el Amazonas, un soplo de aire limpio al cielo, un pequeño y temporal triunfo para los ecologistas. También menos consumo; los niños este año han recibido la mitad de juguetes, que siguen siendo muchos, porque un niño se aburría del primer juguete y lo olvidaba para siempre antes de recibir el octavo. Lo del consumo también nos afecta a los mayores, que ya no apreciábamos ni la botella de Chivas que todos los años nos caía por uno u otro lado; este año empezamos a paladear cada trago y lo pensamos dos veces antes de mezclarlo con cocacola.

Quizá cuando vuelvan tiempos mejores, si es que vuelven, cuando regrese a nuestros bolsillos la alegría y la prodigalidad, nos quede un poso de estas privaciones presentes, que en realidad no son tales sino amenaza de otras peores. Quizá hayamos aprendido algo que nos sirva para apreciar en su medida la suerte que tenemos. Pero mucho nos tememos que tres o cuatro años de crisis no sean suficientes para librarnos de tanta tontería.


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