(Madridpress) Puso las lentejas en la olla a presión, con su chorizo, su chorro de vino, su patata, un poco de cebolla, sal y alguna hierba. Seis minutos y listo, leyó en el librito para neófitos que acompaña a la olla exprés. Muy poco tiempo de elaboración para un gran manjar. Ideal para un abogado soltero que se conforma con comer sano una vez por semana. Y esos minutos, además, sirven para echar un vistazo a internet en el nuevo teléfono móvil de última generación con tarifa plana. Las cotizaciones de bolsa al minuto, el tiempo del lugar en el que se localice el aparato, los espectáculos de la zona, el correo electrónico, el chat, la televisión si quieres, todo en la mano estés donde estés.
El abogado conocía a un tipo que no paraba de leer. Se pasaba el día enganchado a un libro, el que fuera, y si le sobraban cinco minutos entre la comida y la vuelta al trabajo aprovechaba para avanzar unas páginas. En los libros está todo, decía. El tipo en cuestión era admirado por su inquietud cultural, por la cantidad ingente de libros que habían circulado por su cabeza, porque te podía recitar los cincuenta autores franceses más importantes del diecinueve sin esfuerzo. Pero en ocasiones exasperaba al abogado. No se podía contar con él para nada, jamás proponía una actividad que no fuera sentarse a leer y si le hablabas tenías que acompañar tus palabras de una palmada en el hombro para llamar su atención. El abogado nunca había comprendido esa afición desmedida por los libros y que ahora no estuviera conectado como todo el mundo porque seguramente andaría leyendo uno de sus tochos infumables.
El abogado escuchó el silbido de la válvula de escape, miró la hora en pantalla, abrió el sistema de mensajería, busco entre los mensajes y empezó a escribir. Los nuevos teléfonos con tarifa plana de conexión a internet están produciendo el mismo efecto que en algunos producían los libros. Lo que pasa es que ya no se trata de un caso aislado, como el tipo que no paraba de leer. En lo que se refiere a los iphone, blackberry y compañía hay cientos de miles de usuarios conectados a cualquier hora y dispuestos a entablar conversación cibernética con todo aquel que le envíe un mensaje por el chat. Abducidos, pero conectados. Aislados en la habitación donde se encuentran, pero en contacto directo con cualquiera que se halle más allá de la puerta de casa, no importa si en Japón o a cincuenta metros.
La olla silbaba. Cierto olor a chorizo y condimento planeaba por la cocina. ¿Cuánto tiempo llevaba silbando? Ni idea. Había mirado el reloj pero ya no recordaba. Decidió dejarlo un poco más. Sólo un poco. Lo justo para responder al mensaje de la secretaria del departamento, que se había quedado atrapada en una carretera de montaña y esperaba el paso de la máquina quitanieves, y a Willi, viejo amigo de la universidad, que preguntaba si alguien sabía de un apartamento barato por estancias semanales para un angoleño que venía a ensayar con el grupo, y a Elena, que había conocido el otro día en una fiesta de amigos y que resultó ser colega de un despacho con el que el suyo mantenía una competencia poco amistosa. Networking, lo llaman. Y seguían entrando mensajes a cual más interesante.
El aroma a condimento se fue concentrando y la válvula de escape no dejaba de chirriar y de expulsar vapores a presión. Cuando el abogado levantó la vista del aparato le pareció que el olor que imperaba en la cocina se parecía más a una hoguera de neumáticos que a una comida hogareña. Tardó media hora en decidirse a abrir la olla por temor a una explosión. Una vez levantada la tapa, hizo falta una espátula para rascar lo pegado y darse cuenta de que esa olla no le serviría nunca más. Escribió en su sistema de mensajería con destino al ciberespacio: “Lentejas quemadas. ¿Quién me invita a comer?” Y ese día comió hamburguesas en un restaurante próximo que localizó gracias al bendito móvil, pero bien acompañado.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
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