Café con el Pequeño Filósofo

Los hijos del Arbat

10.12.10 | 08:29. Archivado en Literatura

(Madridpress) Anatoli Ribakov escribió Los hijos del Arbat en los años sesenta pero no pudo verla publicada hasta 1987 debido a “obvios problemas con la censura”. Eran tiempos de restricciones en los que una frase mal interpretada a causa de un punto desubicado o de una entonación descuidada te podía costar tres años de destierro siberiano. No es lo mismo decir “La técnica en periodo de reconstrucción lo decide todo. Stalin…” que decir “La técnica: en periodo de reconstrucción lo decido todo Stalin.” Fue la Glasnost de Gorbachov la que permitió, junto a la liberación de presos políticos, la apertura ideológica que dio lugar a nuevos medios de comunicación y a obras literarias en las que se podía escribir que Stalin no había sido mejor que los demás.

En Los hijos del Arbat encontramos a un Stalin a ras de tierra, muy próximo a personajes ficticios que tan pronto tienen la ocasión de departir con el gran líder como viven en su propia carne las penurias de una economía en las que unas botas altas para afrontar las nieves que todo lo ocupan están al alcance de muy pocos. El estadista tiene amigos, los que lo acompañaron en sus tiempos de estudiante y primeros pasos en las juventudes comunistas, pero estos pasan a un segundo lugar y se pueden sacrificar si la causa común adquiere así algún beneficio o simplemente para no dañar la imagen inquebrantable del partido.

Valiéndose de la peripecia de algunos de los personajes encontramos un sistema judicial soviético controlado por Stalin, el pensamiento de Stalin y los miembros del partido más afectos a Stalin. Un comunista podía no ser buen comunista si un familiar había extraviado el rumbo político permitiéndose pensar por su cuenta, si ponía en duda los métodos de expresión en las escuelas o si comentaba la posibilidad de seguir una segunda vía de acción distinta de la oficial. Los interrogatorios de la autoridad competente ponen de manifiesto que la verdad no es única y objetiva sino que depende no sólo de las gafas con que se miran sino de las circunstancias políticas del momento. Un acusado de conspiración puede relatar sus movimientos y conversaciones de la última semana con total transparencia y el interrogador se encargará de interpretar los hechos conforme a sus intereses argumentando una motivación insidiosa o una dejación de los deberes básicos hacia la comunidad.

El ambiente descrito en la novela es a la vez cotidiano y precario. La escasez de dinero o de bienes es tan compañera de vida como el frío de Moscú. El producto de lujo pasa de estar mal visto a resultar insultante para quienes sólo lo ven en otros y peligroso para quien lo ostenta. Hay que hacer un buen uso de cada estancia y dar la apariencia de necesitarlas para que no te confisquen una habitación de la casa en la que vives.

De estilo conciso, Los hijos del Arbat es un relato lleno de vida en el que los personajes reales son también de ficción y se mezclan con los inventados como si estuvieran en un mismo plano. Se lee con el mismo interés por la historia y la novela que Crimen y castigo o Guerra y paz. Como las anteriores, y pese a su evidente subjetividad, ha quedado como un documento fundamental de la historia, en este caso de la mitad del mundo en el siglo veinte.


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