(Madridpress) Si cuento todos los libros que tengo en mi biblioteca personal probablemente no pasan de cuatrocientos. Después de muchos años de leer, el resultado parece corto. Uno lee despacio y con atención, parando a veces para reflexionar sobre lo leído, comparándolo con otras lecturas previas, anotando las impresiones que sugiere. Algunos libros dan para varias lecturas a lo largo de los años: El jardín de las dudas, La importancia de llamarse Ernesto, Rojo y negro, El general en su laberinto, La colmena, Beber de cine, Adiós a Berlín, Hedda Gabler. En opinión personalísima, y dicho entre paréntesis, lo bueno de leer por segunda o tercera o enésima vez un mismo libro no es el ahorro económico sino las nuevas visiones que el texto ofrece, la posibilidad de captar otros detalles que se iluminan con otra luz cuando ya se conoce el final, la inmersión más completa en el mundo que recrea el autor.
Cuatrocientos parecen pocos, y tal vez lo son, pero no hay que olvidar las otras lecturas, como las revistas y periódicos, los fondos de las bibliotecas y los libros prestados. Sumando estos a los anteriores la cifra subiría considerablemente, pero es imposible precisarla. Pongamos mil, por decir una cantidad tan válida como la real. Aún así, siguen pareciendo pocos para el periodo que podríamos llamar de vida lectora adulta, algo así como una década. Y sin embargo se avecina un problema de espacio.
Esos cuatrocientos libros en propiedad ocupan casi una pared del despacho. Instalando nuevas estanterías podría albergar más, los nuevos que compraré en adelante, pero no sabría decir hasta cuántos. ¿Seiscientos? ¿Ochocientos? ¿Tal vez mil? Mil es una cantidad que así, a bote pronto, no parece excesiva para un lector entusiasta que no puede pasar un solo día sin dedicar algunas horas a la lectura. Y sin embargo habría que inventar nuevos rincones en la casa para almacenar esos mil, especialmente si se pretende que estén accesibles y con el lomo a la vista. Qué menos.
Mil libros son precisamente los que tengo dentro de mi lector electrónico, los que venían como reclamo al comprar el aparato. Desde Zola o Galdós, hasta el arte de cocinar sano o el reglamento hipotecario. Mil libros que no llegaré a leer en su totalidad porque algunos reglamentos y recetarios provocan acidez. El aparato que los contiene ocupa en mi librería lo mismo que un ejemplar de La celestina de menos de doscientas páginas. Hay que reconocer que el nuevo invento presenta sus ventajas. Según esa proporción, uno sería incapaz de leer en toda su vida el contenido de una sola balda de setenta y seis centímetros, tamaño estándar de Ikea. De esta forma el problema del espacio en las casas para los lectores se ha terminado.
El problema entonces es otro. O más que problema, la pérdida. Desde mi escritorio veo los cuatrocientos libros y encuentro algo, si no una inspiración, sí un apoyo, una referencia, la imagen que me permite pensar en una pertenencia siquiera relativa al mundo de las letras. El lomo en poli piel del libro electrónico no me dice nada. En cambio, gracias al papel, puedo levantarme y hojear las páginas de uno de ellos, buscar ese pasaje extraordinario de Un viaje frustrado en el que Pla reconoce que no sabe encender un fuego, aprender la técnica sorpresiva con que García Márquez comienza la Crónica de una muerte anunciada o revisar el peculiar uso de la puntuación de Saramago en el Ensayo sobre la ceguera, cosa que en el mencionado aparato ni es tan sencillo ni tan inmediato ni tan apetecible. También puedo comprobar cómo pasa el tiempo por el desgaste de las cubiertas, que es como mirarse al espejo y encontrar las líneas que rodean los ojos. Mil libros en un centímetro de la librería está bien, y además la posibilidad de transportarlo sin esfuerzo, de escuchar música durante la lectura y otras propias del actual mundo tecnológico. Pero el papel es otra cosa y adorna una barbaridad.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora