(Madridpress) Nunca estaremos seguros de por qué nos gusta una novela, una película o un cuadro. Para llegar a tan importante conclusión intervienen factores que están fuera de nuestro control. Sería ridículo decir que nos gusta la paella porque es amarilla o el vino porque contiene la cantidad justa de alcohol. Hay un sabor, unas sensaciones que no podemos explicar de forma racional. Es posible que En busca del tiempo perdido nos guste porque su protagonista es sensible y capaz de extraer la esencia de las cosas con su observación detenida, pero un personaje con idénticas cualidades inserto en otra ficción puede resultarnos soso o cursi y provocarnos repugnancia.
Un factor que suele funcionar en esto de los gustos es la predisposición. Cuando la paella está cocinada por un verdadero experto, alguien de quien se habla maravillas y que recibe parabienes cada domingo, el arroz nos está gustando antes de entrar en nuestra boca. Los que somos seguidores irracionales de Woody Allen fuimos capaces de sacar virtudes a Vicky Cristina Barcelona. Cuando un artista se consagra, aparte de los inevitables detractores, tiene una parcela de éxito y reconocimiento asegurada. Esto nos lleva a paradojas tan extrañas como que La cruz de San Andrés obtuviera en su día el premio mejor dotado de las letras hispanas.
Probablemente las mejores obras de Cela, o las que mayor impacto positivo merecieron, fueron las primeras: La colmena, Pabellón de reposo, La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria. Pero el autor siguió escribiendo con criterio y originalidad, obteniendo un éxito mayor o menor según los casos, publicando en prensa, editando incluso. Hasta que en 1989 recibió el premio Nobel y todo eso estalló y se multiplicó nuevamente. Lo que escribió después del Nobel no fue necesariamente superior a lo de antes pero la repercusión mundial hizo que lo pareciera y que el autor se sintiera aún más reconocido que en sus primeros años.
Decía Muñoz Molina en uno de sus artículos para la revista Muy Interesante que un literato, “cuanto más célebre sea, más rendidamente se le entregará un auditorio: el peor chiste que haga, usado ya y manoseado en muchos otros congresos y festivales, despertará carcajadas. Somos primates sociales…” Hazte la fama y échate a dormir, según la sabiduría popular. Pero el asunto del éxito requiere alguna matización, ya que por muy grande que haya sido la primera obra de un artista, y por muy pobres que sean las siguientes, éstas requieren un esfuerzo para ser completadas a menudo más doloroso porque se ha perdido la espontaneidad. A veces el éxito es una losa poco llevadera.
Ahora leo La agenda Bermeta, una novela de intriga policial publicada en España por Ellago Ediciones, que es editorial modesta y minuciosa, artesana, que atiende más a lo publicado que a lo vendido. No llevo leídas más que unas páginas y ya pienso que este libro, de haber sido publicado, pongamos, en Estados Unidos, con acompañamiento promocional suficiente y una leyenda que venga a decir que ha sido escrito por un auténtico mago del suspense americano, habría vendido millones de ejemplares en aquel país y habría sido traducido a veinte lenguas. La predisposición tiene un poder incalculable. Se me ocurre comentárselo al editor, pero al instante desisto de mi idea. Se reiría de mí por mi ingenuidad y seguramente me preguntaría: ¿para qué quiero vender millones de ejemplares? Y no le faltaría razón.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora